La Cuba de Fulgencio Batista era un país que apuntaba a colonia estadounidense; donde la clase privilegiada vivía a años luz del resto del pueblo, que sufría el subdesarrollo y sus consecuentes carestía y ausencia de libertades. Ante el malestar creciente, las protestas se dejaron oír, y también la respuesta del gobierno. Poco después, estalló la revolución y los rebeldes se hicieron con el control de la isla caribeña. Lo que siguió fue un periodo de incertidumbre, de promesas e ilusiones, que acabó siendo de exclusividad castrista; no de los cubanos. Aquellas promesas revolucionarias, similares a las que se estaban realizando en otros países de Latinoamérica, Asía y Africa, se quedaron por el camino. La explotación del pueblo cubano continuó, para beneficio de otra minoría, aunque el nuevo Estado oprimiese de forma distinta al gobierno derrocado. En algunas cuestiones, la administración “revolucionaria” acertó. Instauró la educación y la sanidad pública, pero, más pronto que tarde, la...