Llevaba tres años afincado en Reino Unido, donde ya había rodado Repulsión (Repulsion, 1965) y Callejón sin salida (Cul-de-sac, 1966), dos films protagonizados respectivamente por las hermanas Catherine Deneuve y Françoise Dorleac. Eran películas psicológicas de espacios acotados y opresivos que, en apariencia, nada tenían que ver con la paródica El baile de los vampiros (The Fearless Vampire Killers/The Dance of Vampires, 1967), su siguiente producción británica, cuyo éxito le posibilitaría el salto a la fama y la popularidad que aumentaría tras el estreno de La semilla del diablo (Rosemary’s Baby, 1968). También sería su encuentro con Sharon Tate, de quien se enamoró y a quien cortejó. Pero esa es otra historia; la de una intimidad compartida por dos. No era la primera vez que el vampirismo se llevaba a la comedia; por ejemplo, Abbott y Costello ya se habían encontrado con el Drácula de Lugosi, pero Roman Polanski lo hizo más que parodiando el (sub)género. Lo hizo fijándose en los films de Terence Fisher para la Hammer y satirizándolos. La idea de Gérard Brach, su guionista habitual desde Repulsión hasta Lunas de hiel (Bitter Moon, 1992), y de Polanski era usar los tópicos del cine de vampiros para hacer uno diferente, aunque no tanto; menos aun se distanciaba del cine de su autor, al introducir en él aspectos reconocibles a lo largo de su obra cinematográfica: violencia, negrura, sexualidad, vouyerismo… En una época en la que las tramas del cine de vampiros parecían condenadas a repetirse, Polanski repite, pero lo hace entretenido e incluso con momentos de gracia e inspiración, y atrae la atención del público mayoritario. Hasta entonces, había llamado la atención de la crítica, pero no había logrado un éxito comercial de la talla de El baile de los vampiros. Todavía hoy continúa siendo uno de los títulos más emblemáticos de su filmografía y de los más citados cuando se habla de Polanski, sin ser de lo mejor (ni lo peor) de su filmografía. Su incursión en la fría y nocturna Transilvania —en realidad, se rodó en Ortisei, Italia— posee atractivo suficiente, incluso momentos brillantes, pero Polanski, como demostraría con el cine de aventuras en Piratas (Pirates, 1984), acaba por perder el pulso a lo satírico, quizá porque mire más allá cuando la sátira, ya de por sí, mira más allá de su burla y de su gracia. Lo que sí queda claro es la maestría del polaco en el uso de los espacios cinematográficos, que parecen atrapar a sus héroes recién llegados: el profesor Abronsius (Jack MacGowran), apodado por sus colegas “el chiflado”, y su medroso ayudante Alfred (Polanski), cuya ingenuidad y torpeza irían a la par del empeño de su maestro por descubrir y demostrar la existencia de los vampiros. Podría decirse que se trata de un Quijote y un Sancho cazavampiros —quizá Polanski pretendiese hacer del cine de vampiros una caricatura similar a la hecha por Cervantes respecto a los libros de caballería y lograr la cumbre del género—, pero sería mucho decir. En todo caso, ninguno de los personajes que llegan a Transilvania viven en tránsito ni intercambian personalidades como lo hacen el hidalgo y el escudero, tampoco se encuentran con más historias que la del conde y la de la familia de la posada. Al profesor no le define el idealismo que empuja al manchego, ni el ingenio de Alfred vive de la sabiduría popular. Sumiso, el aprendíz; y con afán científico el maestro, llegan a la tierra de los vampiros como parte del estudio que el segundo lleva realizando, ¿quién sabe desde cuándo?, sobre esos no muertos que gustan de los bailes, que espantan la fría y nocturna monotonía en la que moran atrapados, y de beber sangre…
jueves, 18 de abril de 2024
martes, 16 de enero de 2024
Frenético (1987)
Entre los buscadores cinematográficos de seres queridos se encuentran los protagonistas de Centauros de desierto (The Searchers, John Ford, 1956), Hardcore (Paul Schrader, 1979) o Desaparecido (Missing, Costa-Gavras, 1980), también el de La selva esmeralda (John Boorman, 1984) y el cirujano de Frenético (Frantic, Roman Polanski, 1987). Hay más, incluso un niño llamado Marco, pero ahora mismo me quedo con esos para decir que lo único que tienen en común estas historias es contar la búsqueda de alguien cercano que ha desaparecido, pues cada uno de los títulos nombrados desarrollan ideas diferentes. En el caso del film de Roman Polanski, la apariencia se acerca más a una película de Alfred Hitchcock, por ejemplo, a su segunda versión de El hombre que sabía demasiado (The Man Who Knew Too Much, 1956), que al drama que implica la pérdida. Con la complicidad en el guion de Gerard Brach —y sin acreditar, Robert Towne y Jeff Gross—, el director polaco empuja a su héroe a vivir una situación desesperada por un entorno que desconoce y por donde busca a su mujer, a quien cree que han secuestrado.
El inicio del descenso de Richard Walker (Harrison Ford) a su infierno parisino, cual Orfeo en busca de su amada, se produce cuando Sondra (Betty Buckley) desaparece del hotel sin dejar rastro ni explicación. A partir de ahí, Walker tiene que enfrentarse a la desaparición, a las sospechas, a la condescendencia y burlas, que no le pasan desapercibidas, tanto de la policía como de la embajada, a la burocracia, a la ciudad y al idioma que desconoce, a los contrabandistas y a espías, sin más ayuda que la que encuentra en Michelle (Emmanuelle Seigner), la joven con quien ha confundido e intercambiado las maletas, en una de las cuales se encuentra el “mcguffin” que permite a Polanski dar rienda suelta a su mirada al estadounidense de clase media fuera de su habitual ubicación americana. La estancia en París del doctor Walker es cualquier cosa menos idílica, y le obliga a sacar al héroe que todo estadounidense de cine parece guardar bajo su normalidad. No es que se crea John Wayne o John McClean, otro que por rescatar a su mujer las “pasa canutas”, ni el ombligo del mundo, sino que asume que nadie más le va a ayudar, como comprueba en la embajada de su país o en la prefectura de policía; en ambos lugares solo le dan largas e insinuaciones sobre una posible infidelidad por parte de su mujer. Pero el frenesí prometido por el título no se logra, quedando un thriller que juega a ser Hitchcock siendo Polanski, pero este funciona mejor en espacios cerrados y con personajes cuya interioridad se desequilibra a medida que se sumergen en las situaciones que les atrapan; lo cual no parece el caso del doctor interpretado por Harrison Ford...
martes, 2 de enero de 2024
Lunas de hiel (1992)
La última colaboración de Gérard Brach y Roman Polanski encierra a los personajes en un barco que navega por el Mediterráneo, rumbo a Estambul (y después a Bombay), y “viaja” al pasado a través de la narración con la que Oscar (Peter Coyote) despierta el interés de Nigel (Hugh Grant) hacia Mimi (Emmanuelle Seigner), la voluptuosa y sexual mujer casada con el primero. Las fantasías que la inicialmente erótica evocación despierta en el joven inglés y su matrimonio con Fiona (Kristin Scott Thomas) son la parte más accesible de Lunas de hiel (Bitter Moon, 1992), cuyo atractivo se encuentra en la mezcolanza realizada por director polaco, a partir de la novela de Pascal Bruckner —escrita para la pantalla por el propio Polanski, Brach, John Brownjohn y Jeff Gross (este solo acreditado como colaborador)—, en su capacidad de reunir en un solo film <<corrupcion moral, violencia, vouyerismo, comedia negra, claustrofobia escalonada y, como Frenético, un divertido componente de sátira cultural sobre el norteamericano desplazado>>. (1) Las relaciones matrimoniales que Polanski muestra en el interior del navío contrastan entre sí. La del matrimonio inglés es convencional, apagada, quizá forzada; mientras que la del estadounidense y la joven francesa refleja el paso de la atracción a la destrucción, al sadomasoquismo, a la venganza y a la imposibilidad del “sinvivir” que les une. Esta pareja hace posible la doble temporalidad —presente y pasado— de una narración que presta su atención a esos dos matrimonios; uno ya destruido, no por la conducta sexual narrada, sino por el tener que forzar las fantasías para mantener la relación a flote, el caer en la indiferencia y el silencio, el no tener nada que decirse; el otro todavía en la posibilidad de construirse o destruirse, de amarse o caer en la apatía en la que ya parecen estar en un crucero que navega por algún punto del Mediterráneo.
Nigel y Fiona forman una pareja convencional, probablemente conformista y a punto de distanciarse; quizá para evitar la ruptura definitiva naveguen hacia Bombay, en busca de algo exótico que les devuelva la chispa perdida. Casualmente, se encuentran con Mimi, que llora desconsolada y de quien nada saben, salvo que es atractiva y, por algún motivo, está triste. Ella está casada con un hombre maduro que ha perdido la movilidad en sus extremidades inferiores. Se trata de Oscar, quien hace de Nigel el confidente de su experiencia al narrarle con todo tipo de detalle su egoísmo y su tórrida, pasional y destructiva relación con Mimi. Que sea verdad o mentira, o que resulte cercana o distante a la realidad que hubiesen compartido, poco parece importar al esnob que escucha sorprendiéndose, sintiendo más y más curiosidad y desabriéndose atrapado entre la atracción y la morbosidad. Polanski crea el espacio y la atmósfera propicias para jugar con los personajes y con el público, con el tiempo narrativo, combinando presente y pasado, y también introduciendo el tiempo del deseo, por lo tanto un instante subjetivo, más que subjuntivo, tanto por tratarse (en parte) de una narración en primera persona y por la subjetividad de los oyentes. También la del público y la crítica, que acogieron con disparidad de opinión esta propuesta de Polanski. Hubo voces que calificaron de pornográfica, pero solo es un cuento oscuro sobre el matrimonio que basa su relación exclusivamente en la atracción y el deseo sexual, el cual acaba por perder la fogosidad inicial que había llevado a una cima sensorial y placentera a Mimi y a Oscar, el aspirante a escritor afincado en París porque eso es lo único que podrá tener en común con Hemingway, Miller y Scott Fitzgerald. Polanski emplea el humor negro y se sumerge en la pasión autodestructiva de un matrimonio que ha basado su relación en el sexo y en la humillación-sometimiento que les ha conducido al límite que Oscar adorna en su narración a Nigel, a quien más que perturbar aviva sus fantasías con una mujer que no es Fiona, sino la mujer retratada por el narrador… ¿Todo se reduce a algo tan simple como una lección moral a todos los Nigel que quieren mantener relaciones sexuales extramaritales, engañado a la mujer con la que se han casado, a la que ya parecen no desear, pero a la que no quieren perder porque el matrimonio les confiere una falsa seguridad y legitimidad? ¿Quien sabe? No soy Polanski ni ninguno de sus guionistas, solo alguien que duda que el cineasta polaco sea un moralista y esta película una lección moral…
(1) Christopher Sandford: Roman Polanski. Biografía (traducción de Rocío Valero). T&B Editores, Madrid, 2009.
martes, 12 de octubre de 2021
Piratas (1986)
jueves, 14 de enero de 2021
La muerte y la doncella (1994)
La obra teatral más famosa del escritor chileno, de origen argentino, Ariel Dorfman se estrenó en Londres y, poco después, hizo lo propio en Broadway. Allí, bajo la dirección de Mike Nichols, obtuvo un gran éxito y, como sucede con todos los grandes éxitos escénicos, no le faltaron pretendientes que quisieron llevarla a la pantalla. Pero fue Roman Polanski quien se hizo con la adaptación de una pieza dramática que encaja a la perfección en su universo psicológico y claustrofóbico, donde abundan personajes atrapados en entornos de donde prácticamente es imposible escapar, porque no se trata de un espacio físico. En el mundo cinematográfico del autor de El quimérico inquilino (The Tenant, 1977) viven personas aisladas, alienadas, asustadas, también existen apariencias y monstruosidades que se esconden entre las sombras que las protegen. Son monstruosas, pero no son monstruos, son seres humanos que destruyen, dominan y humillan a semejantes porque se creen con el poder y la inmunidad para hacerlo.
Paulina Lorca (Sigourney Weaver) sabe lo que es sentir la humillación, el dolor, la tortura y el horror que, en el presente, todavía le asalta sin aviso, pues siempre será una víctima de aquel terror institucionalizado que nunca podrá olvidar. Desde entonces, ha vivido entre la vigilia y la pesadilla que cada cierto tiempo revive sin ser capaz de olvidar. En ese momento, recuerda el olor y la voz de su agresor, la del hombre sin rostro en quién individualiza las torturas recibidas, las violaciones, los golpes, la humillación. En el concierto en el que se abre La muerte y la doncella (Death and the Maiden, 1994), Paulina sufre y no olvida, nunca podrá, aunque escuchar esa composición musical parece indicar que empieza a superar los temores que viven en ella. Pero en esa primera y breve secuencia todavía ignoramos esto. Las imágenes saltan del auditorio, donde ella y Gerardo (Stuart Wilson) —su marido y el hombre a quien no delató en aquel pasado maldito— escuchan la pieza de Schubert La muerte y la doncella, a una noche de tormenta en la solitaria costa de un país sudamericano que intenta reconstruir su democracia, después de la dictadura.
El inicio de La muerte y la doncella ubica la acción en un país de Sudamérica tras la caída de una dictadura militar y no es difícil buscar en la realidad histórica para saber que lo que se verá durante el metraje encuentra sus referentes en totalitarismos reales. El horror padecido por Paulina no lo infligió un monstruo, sino individuos que ella cree escuchar en el doctor Miranda (Ben Kingsley), casado y con dos hijos, a quien atribuye la monstruosidad de la que fue víctima. La monstruosidad que ella señala en Miranda no es de forma, no se puede ver a simple vista; existe en el fondo del torturador, se exterioriza en su capacidad para infligir dolor y en su incapacidad de sentir compasión, que ella cree reconocer en quien humillará y someterá para que confiese su crimen. Aunque parezca que asume los métodos de sus victimarios, así se lo dice su marido, Paulina no es una torturadora. Ella siente y por eso actúa de ese modo, quiere escapar de su miedo, más que vengarse. Por contra, quien fue su torturador, sea o no Miranda —queda la duda de su inocencia o culpabilidad—, no sintió remordimientos, pues, en su monstruosidad, no contempla a sus víctimas como iguales, de hecho, no duda en torturarlas porque, para quien humilla, no son merecedoras de igualarse, tiene poder sobre ellas, y en todo momento es consciente del significado de sus actos y aberraciones, si no, ¿por qué ocultarse? Paulina fue víctima de un individuo, de varios, de una dictadura, de sus guardianes en la sombra, pero sobrevivió. Ahora es una más de las que todavía revive aquel momento de encierro, cuando fue golpeada y violada por carceleros que solo pretendían reducirla al estado de humillación en el que hacer cuanto quisieran. Pero esa noche, en la que se desarrolla la película y su venganza, Paulina vive para reclamar que nadie ha pagado por los crímenes cometidos por los escuadrones de la muerte de un totalitarismo que para ella nunca podrá ser historia, pues forma y formará parte de la realidad sufrida.
sábado, 9 de enero de 2021
La venus de las pieles (2013)
martes, 29 de diciembre de 2020
La semilla del diablo (1968)
La intención artística de Roman Polanski queda apuntada en el cine metafórico que asume desde su primer largometraje, El cuchillo en el agua (Noz w wodzie, 1962), en el que asoman temas y gustos, simbolismos y atmósferas malsanas —que van enrareciéndose en sucesivas tramas y películas. Continuaría desarrollando sus temas y gustos en siguientes producciones, así, la soledad y la alienación en las sociedades desarrolladas asumen protagonismo en su trilogía del apartamento, donde los espacios cerrados y las atmósferas plomizas son presencias que cobran importancia amenazadora. En los tres films la estética que el cineasta de origen polaco elige, o crea para su trilogía, es desasosegada, suicida, tan densa que casi puede sentirse sobre los protagonistas. Sus apartamentos son mundos claustrofóbicos, donde Polanski no busca ni pretende realismo. Escapa de él, quizás porque los personajes o inquilinos viven negándose la realidad y afirmando la que crean en sus mentes. La negación de la realidad lleva a la afirmación de la realidad, y viceversa, y Rosemary (Mia Farrow) se descubre primero afirmativa y luego con necesidad de negar para explicarse u explicar su situación. Se descubre agobiada entre ambos polos, aunque, a decir verdad, se encuentra al borde del desequilibrio hacia donde todos y todo parecen llevarla después de llegar a su nuevo apartamento, más amplio y lujoso que el anterior, también más amenazante. Ella quiere una casa más grande, más cara y bonita, aunque no sabría explicar para qué o qué le proporciona que ya no tuviese. Quizá su embarazo, que la confunde más si cabe, o tanto como la confundirá la accidental ceguera del actor a quien Gail (John Cassavetes), su marido, sustituye en una representación.
































