Ir al contenido principal

La semilla del diablo (1968)

La intención artística de Roman Polanski queda apuntada en el cine metafórico que asume desde su primer largometraje, El cuchillo en el agua (Noz w wodzie, 1962), en el que asoman temas y gustos, simbolismos y atmósferas malsanas —que van enrareciéndose en sucesivas tramas y películas. Continuaría desarrollando sus temas y gustos en siguientes producciones, así, la soledad y la alienación en las sociedades desarrolladas asumen protagonismo en su trilogía del apartamento, donde los espacios cerrados y las atmósferas plomizas son presencias que cobran importancia amenazadora. En los tres films la estética que el cineasta de origen polaco elige, o crea para su trilogía, es desasosegada, suicida, tan densa que casi puede sentirse sobre los protagonistas. Sus apartamentos son mundos claustrofóbicos, donde Polanski no busca ni pretende realismo. Escapa de él, quizás porque los personajes o inquilinos viven negándose la realidad y afirmando la que crean en sus mentes. La negación de la realidad lleva a la afirmación de la realidad, y viceversa, y Rosemary (Mia Farrow) se descubre primero afirmativa y luego con necesidad de negar para explicarse u explicar su situación. Se descubre agobiada entre ambos polos, aunque, a decir verdad, se encuentra al borde del desequilibrio hacia donde todos y todo parecen llevarla después de llegar a su nuevo apartamento, más amplio y lujoso que el anterior, también más amenazante. Ella quiere una casa más grande, más cara y bonita, aunque no sabría explicar para qué o qué le proporciona que ya no tuviese. Quizá su embarazo, que la confunde más si cabe, o tanto como la confundirá la accidental ceguera del actor a quien Gail (John Cassavetes), su marido, sustituye en una representación.



La sospecha de que algo no marcha aumenta con la muerte del amigo que cae en coma el mismo día que deben encontrarse, el amigo cuyas palabras habían avivado la duda en ella. Esa sospecha está en su mente, donde crece igual que el sentimiento de culpa, que nace de su educación católica, represora y patriarcal, que Polanski introduce en el sueño de la protagonista. A Rosemary tampoco le ayuda ser mujer en un entorno social que igual es culpable de empujar al suicidio a la joven vecina, la que se lanza desde la ventana de un séptimo piso; dirán que por depresión o por ser ex-drogadicta. Los vecinos, el entrometido matrimonio Castevet que habían acogido a la joven suicida, se vuelcan ahora en atenciones hacia Rosemary. Minnie (Ruth Roman) y Roman (Sidney Blackmer) son atentos, demasiado, siempre preocupados e insistentes con una mujer que se deja llevar, aunque no desee ir. A partir de ese instante parece que la víctima de La semilla del diablo (Rosemary’s Baby, 1968) no puede realizar ningún movimiento sin ser observada o controlada. Ha perdido cualquier posibilidad de libertad: vive en el encierro donde la retienen sin que pueda elegir. El matrimonio continúa insistiendo el qué hacer de la futura madre, a dónde ir o cómo debe actuar; actitud similar a la del dr. Sapirstein (Ralph Bellamy), el prestigioso ginecólogo que la atiende por recomendación de los Castevet. ¿Y qué decir de Gail, quien mediante su gran arte del engaño, la vigila y dice protegerla de sí misma? También él le indica el camino que todos han elegido para ella y ella ha de aceptar sin plantarse cuál es su lugar o qué hay de maravilloso o terrorífico en su vida de esposa, ama de casa y madre. ¿Entonces? Vive en su pesadilla, la de ser prisionera en y del lugar donde la atrapan. Se trata de una edificación que no tiene paredes de piedra o ladrillos, aunque sí muros de imposibilidad y desesperación, muros que han construido sin su participación, más bien negándosela, quizá sí con su consentimiento involuntario, pero, le guste o disguste, es su edificio, su cárcel, que le impide ser mínimamente libre o dueña de sí misma, de sus elecciones y decisiones.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...