viernes, 13 de mayo de 2011

Perdición (1944)


Arriesgada, magistral, moderna, oscura y sensual, Perdición (Double Indemnity) indaga en el comportamiento humano desde una perspectiva que no juzga sino que muestra los hechos que marcan el destino de sus protagonistas, que desde su inicio se sabe trágico. Sus diálogos, mordaces y concisos, y la ambición de sus personajes dotan de ambigüedad a la incontrolable y destructiva atracción que Billy Wilder introdujo mediante un excepcional arranque (que posteriormente retomaría con sorprendentes variaciones en El crepúsculo de los dioses), en el que domina el claroscuro que acompañan a un personaje del que aún no se sabe nada, pero de quien se intuye que será el centro de la narración. Este individuo, Walter Neff (Fred MacMurray), debilitado, cansado y acabado entra en las oficinas de la compañía de seguros donde trabaja. Entre las sombras sube a su despacho, y en ellas permanece mientras graba su confesión en un magnetófono que le sirvió a Wilder para trasladar la historia al principio. Mediante este recurso, inexistente en el original literario de James M.Cain, Neff asume el rol de narrador omnisciente, desde su voz en off se muestran las imágenes de los hechos que explica a Barton Kayes (Edward G.Robinson), el agudo, implacable y meticuloso investigador de la agencia. A pesar de la admiración y del afecto que siente hacia Keyes, Walter lo teme porque sabe que es al él a quien deben engañar, no a la policía ni a los directivos, sino a este hombre que advierte los engaños gracias "el enanito de su estómago". En ese instante de confesión, ya no hay vuelta atrás. Walter es consciente de ello, por eso explica su relación con Phyllis Nirdlinger (Barbara Stanwyck) y el crimen cometido por ambos. El pasado durante el cual se desarrolla la trama muestra el encuentro entre la pareja, como surge la atracción y como se va gestando su perdición a partir del plan que tiene como objeto el asesinato del marido de Phyllis y el posterior engaño a la firma de seguros para la que trabaja. Ambos personajes ven la oportunidad que cada uno necesita ver; ella sabe que Walter es el hombre que precisa para llevar a cabo su propósito de alejarse de una vida que le asquea y que no es como creía que sería, alejada de los lujos y condenada a aguantar a un hombre al que aborrece. Por ello no duda en utilizar sus encantos para controlar a Walter, un tipo que se cree irresistible, seguro de sí mismo, pero que sucumbe sin remedio ante esa femme fatale interpretada magistralmente por Barbara Stanwyck.
El crimen que planean semeja perfecto, no existen fisuras, al menos eso es lo que piensan, sin embargo su ambición, sus instintos y sus deseos se escapan a esa perfección que les permitiría salir indemnes del crimen que cometen y que Kayes investiga. A medida que la investigación avanza y de su posterior contacto con Lola, la hija de la víctima, el agente de seguros empieza a comprender de qué madera está hecha la mujer con quien se ha aliado y la imperfección de unos hechos que serán su perdición, porque ellos mismos se imposibilitan esa felicidad soñada que convierten en una pesadilla de ambición y engaño. A pesar de que Neff se presenta como un hombre honrado, en todo momento es consciente de lo que hace y por qué lo hace, aunque por unos segundos pretende alejarse del peligro que significa Phyllis, algo que sabe desde aquel primer encuentro, cuando se dejó seducir no sólo por la belleza, sino por alejarse de su monotonía, la misma que rompió cuando aceptó el desafío de asesinar para estafar a la compañía para la que trabaja, pero sobre todo por medirse con su amigo.

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