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Los viajes de Sullivan (1941)


La denuncia social que fluye a través de las imágenes de 
Los viajes de Sullivan (Sullivan's Travels) provoca que, por momentos, el título más reputado de 
Preston Sturges abandone su tono cómico inicial y se adentre en el realismo dramático que acompaña al personaje principal cuando entra en contacto con un mundo que le es ajeno, donde descubre el amor, el dolor y la desesperanza. La idea de esta odisea parte de la fallida proyección de Oh brother, where art thou (título que los hermanos Coen tomaron para uno de sus films), en la que Sullivan (Joel McCrea), director de éxito, pretende mostrar la situación que viven las clases menos favorecidas de la nación en un momento de depresión económica. Pero los ejecutivos de los estudios pretenden quitar esa idea de la cabeza de su director estrella y, para conseguirlo, argumentan que no puede dirigir un film de esas características porque desconoce un mundo que, a pesar de su cercanía, le resulta tan desconocido como lejano. La conversación que Sullivan mantiene con los productores le permite comprender que para alcanzar su objetivo debe abandonar una vida llena de comodidades, y recorrer, sin ayuda y sin dinero, un país diferente al que ha creado en la ficción. Los ejecutivos, ante la posibilidad de perder a su joven talento, insisten en que no debe emprender la experiencia (enfrentamiento entre los intereses de quienes ponen el dinero y los intereses del creador que pone el talento). Finalmente, aceptan, siempre y cuando Sullivan permita que un vehículo de apoyo vele por su salud y seguridad. El director, descontento con esa pequeña condición, se escapa a las primeras de cambio, pero regresa. Tras negociar con sus niñeras emprende el viaje definitivo, acompañado por una chica que le ofrece su ayuda (Veronica Lake). Sullivan va descubriendo la cruda realidad a medida que su viaje le lleva a situaciones en las que tendrá que compartir cama con un número incontable de personas, sufrir el ataque de chinches, alimentarse con el menú que sirven en los albergues (comida que no satisface su paladar) o sufrir el intercambio no deseado de sus botas (en su lugar aparecen unas totalmente rotas). Ante esas y otras adversidades, no desiste, se aferra a su idea inicial y continúa su desventura (siempre acompañado por la joven, que se ha enamorado de él). Pero, Sullivan es humano, tiene un límite, y ese momento llega, no aguanta más. Ha tenido suficiente, así pues, decide abandonar el experimento, pero antes pretende repartir unos cuantos billetes entre los más necesitados (aquellos con quienes ha convivido durante los últimos días). Su buena acción se convierte en un drama tras ser atacado por un mendigo que pretende robarle. La miseria genera violencia, porque es un método más para poder sobrevivir, también que la conciencia humana deje de primar sobre instintos primarios básicos que obligan a individuos, en condiciones favorables, honrados, a cometer actos viles. Solo alguien con el estómago lleno puede presumir de valores morales sin verse empujado a comprobar el valor real de lo que dice. Los viajes de Sullivan contiene una fuerte carga social, posee momentos realmente dramáticos y es la obra maestra de Preston Sturges, un excelente director y guionista (uno de los primeros que se empeñó en dirigir sus argumentos) que aprovechó su magnífico guión y su excelente puesta en escena para presentarnos dos películas distintas: un drama de denuncia que refleja una visión social devastadora y una comedia que advierte que en tiempos difíciles la risa puede ser el único rayo de esperanza para los desamparados.

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