Fragmentos de nada: apropiación de conciencias
Por Antonio Pardines
Sin conciencia propia, la Inteligencia Artificial es la suma de pensamientos y datos ya expuestos por algunos humanos a lo largo de la historia. Digo algunos porque son una minoría los que dejan una originalidad que pasa a formar parte de los logros de la especie —sin olvidar que también suelen ser unos pocos quienes empujan al resto a malograrla—. Por lo que una charla con el procesador de datos no puede pasar del límite de lo conocido, aunque este conocimiento sea ignorado por las personas que consultan sin más curiosidad que obtener los datos que les reafirmen o les saquen de dudas concretas; es decir, aquellas que son en la inmediatez y no obligan a mayor esfuerzo que la consulta. De ahí que la conversación entre los dos extremos de la (in)comunicación que se está dando acerquen el espejismo de establecerse entre dos interlocutores. Lo cual no deja de ser un reflejo o una alucinación virtual entre una mente orgánica y emocional y la recopilación a velocidad luz del pensamiento humano relacionado con el tema de consulta. Esto nos sitúa frente a un escenario novedoso, aunque no tanto si uno piensa que antes se acudía al oráculo, al chamán, al sacerdote o al listo del pueblo. Pero la nueva realidad nos sitúa en una variación hasta ahora imposible.
La vida ya no es sueño, ahora puede decirse que es representación y redundancia de datos y comportamientos. El telón se abre para ponernos delante del individuo conversando con la validación de sí mismo, lo cual no implica conflicto ni aprendizaje. No exige, acomoda, incluso aliena más si cabe. Es el estancamiento en el conformismo disfrazado de revolución. Tal vez a las puertas del ostracismo de quienes éramos y del nacimiento de quienes seremos a partir de ahora; en realidad, el cambio se inicia a partir de que los medios de propagación de información y desinformación crecieron hasta el extremo de dominar el credo del planeta, con anterioridad en manos de las grandes religiones. La nueva «inteligencia» no es conservadora por ideología, sino por su programación. No piensa lo que dice, lo procesa, no lo siente, no presenta conflicto emocional al decir o callar. Su existencia es un programa, mientras que la de su interlocutor se presume de cuerpo y alma. No es que nuestra especie se sostenga por ser una inteligencia orgánica, es que somos sumas y restas de nuestras dudas y emociones, de miedos, de querencias y de ausencias. Somos finitos y, probablemente, menos inteligentes y espirituales de lo que presumimos y presuponemos. Pero una Artificial no puede saber qué es eso, porque ni siquiera los humanos pueden definirse con precisión. Solo nos corresponde vivirnos.
Cierto que la Inteligencia Artificial es un procesador mejorado, con una capacidad de búsqueda y repetición asombrosa, nunca vista con anterioridad a su aparición, quizás por ello su impacto haya sido mayor que otras apariciones, aunque solo podremos saber su verdadero impacto a posteriori; si para entonces existe alguien capaz de realizar un estudio crítico sobre el tema. Pero hoy, si uno busca su reflejo en la respuesta fácil puede encontrarse con que él mismo la lleva de serie, pues lo que está haciendo al preguntar a una máquina es, aparte de acomodarse, demostrarse que, por ahora, lo pensado, lo aprendido, lo desaprendido y lo inventado por nuestra especie continúan siendo parte de la propia imperfección humana y, como tal, resulta si no paradójico, sí una broma fruto de nuestra aspiración a dejar de tener miedo. La paradoja humana es endémica. Si se piensan los inventos humanos como parte de la cuestión-condición que se inició mucho antes del ordenador, de la bombilla, de la máquina de vapor, de la imprenta, de la rueda, de los cementerios o de este procesador de altos vuelos, se confirma que vivimos en una paradoja irresoluble para la especie, pero, al tiempo, también resulta una fascinante, porque es nuestro motor: el que nos empuja a inventar y tropezar, y a seguir inventando, incluso más miedos, nuevos cuentos y viejos relatos, aquellos que nos descubren que somos el motor de nuestros sueños y pesadillas; y que el resto de la maquinaria está en manos de muy pocos. Y ahí, buscando, me asalta la duda de si las ovejas sueñan con androides.
Imagen tomada en Santiago, el 9 de agosto de 2026.

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