Jekyll y Hyde filtrados por la máscara
Por Antonio Pardines
Los hermanos Farrelly obtuvieron un éxito colosal con Algo pasa con Mary (There’s Something About Mary, 1998), comedia en la que desplegaron su arsenal de situaciones más que absurdas, grotescas, y el humor que iría dejando de sorprender al público —incluso al más conformista— a medida que sumaban títulos a su filmografía. Pero en Yo, yo mismo e Irene (Me, Myself & Irene, 2000) la «chistosidad Farrelly» todavía conservaba algo de frescura y de incorrección adolescente, aunque el tema y los chistes no fuesen originales. La idea partía de la expuesta por Robert Louis Stevenson en su relato sobre el doctor Jekyll y el señor Hyde, incluso se aprecian momentos similares a los desarrollados en La máscara (The Mask, Chuck Russell, 1994), más que nada en la presencia desdoblada y gesticular de Jim Carrey, que también en aquella asumía la doble personalidad de cuyo choque se supone el humor gamberro al que aspiran los Farrelly, Bobby y Peter, en esta película. Y los chistes no dejan de jugar en la liga del infantilismo escatológico, el famoso «caca culo pedo pis». Pero hay algo más allá de la risa, prioritaria en el cine de estos dos hermanos: está su moraleja, el buen sabor que deja durante los minutos después.
Otra historia es regresar a la cotidianidad y a la rutina en la que las personas no pueden ser como Charlie, cuyo desdoblamiento de personalidad responde a su constante negativa a enfrentarse a cualquier situación que pueda lastimarle emocionalmente. Pero esa continua negación se acumula en su interior hasta que desborda en forma de Hank, el tipo que se desata sin filtro, que no reprime ni los impulsos más primarios. Charlie y Hank, el Jekyll y Hyde de los Farrelly, la nueva máscara de Carrey —quizás uno de los últimos actores que ha «vivido» del gesto y que ha comprendido la esencia del slapstick—, deberán aprender a matarse o a convivir durante su viaje. Y ese trayecto confiere a Yo, yo mismo e Irene su carácter de filme de carretera en el que el viaje funciona no como terapia o posibilidad de conocerse, sino como la vía donde se desatan los celos del bipolar, respecto a la relación a tres bandas que Irene (Renée Zellweger) mantiene con los dos yoes que le habitan.

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