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Partículas al viento



Partículas al viento


Por Antonio Pardines



El título de la novela de Yasunari Kawabata no antepone dos contrarios, sino que une dos complementarios: algo puede ser bello y triste a la vez, es decir, se puede disfrutar de la tristeza o encontrar en esta una puerta a la belleza. A veces, ambas se funden para crear un instante emocional único. Entonces, el paso del tiempo se antoja distinto, quizás melancólico, tal vez creativo, como si quien lo vive quisiera retener los momentos que se saben perdidos. Somos efímeros, sentimos, creamos y nos emocionamos en la efimeridad. El deseo y el saber no hacen más que agudizar la idea de lo bello y la sensación de tristeza que no son externas, sino que nacen dentro, de la suma y resta emocional que nos hace ser. Lo bello, referido por el premio Nobel japonés —concedido en 1968— en el título, no se encuentra al observar y emocionarse con una obra de arte, sino que está en la propia vida, en su ritmo, en su constante lucha entre la creación y la destrucción, entre lo encontrado y lo perdido. Esa pérdida remite a lo triste, a la melancolía de lo perdido, aquello que el tiempo individual transformará de experiencia vital a idea especial: el ideal que construye a partir de lo que algún día fue real. En cierto modo, a medio camino del pensamiento de lo que pudo ser y de la realidad de lo que es, se sitúa una encrucijada emocional donde las ideas aludidas en el título son inseparables, ya no por la conjunción copulativa que los une, sino porque se comprende o, al menos, se intuye que la vida y la pérdida también lo son, aunque exista el reencuentro.


Somos como partículas en el viento, no sabemos dónde nos posará el siguiente instante, aunque sepamos dónde nos dejó el anterior y pensemos en qué nos deparó y en qué nos quitó. Todo momento da y quita, esa contrariedad viaja con cualquiera, en cualquier época y lugar. En Japón, aunque el tiempo físico sea idéntico al occidental, el emocional parece viajar a otro ritmo, tal como puede intuirse de esta historia de vidas insatisfechas, de nostalgia y efimeridad, de la búsqueda de amor, de emancipación: la que implica sobrevivir en un mundo en el que la mujer se encuentra en una situación secundaria.


En Lo bello y lo triste (1965) (1) esas vidas en sombra despuntan hacia la luz en sus dos protagonistas femeninas: una artista y su alumna, dos mujeres en edades distintas, sin hombres en sus vidas, con sus deseos, con sus historias propias y, por tanto, con ideas existenciales diferentes. Son Keiko y Otoko, las amantes de Kawabata, a las que el autor mira con la sensibilidad para nada sensiblera que imagino hereda la pintora de su ficción. En el presente de la novela, Otoko es una artista de renombre, pero en el pasado fue la inspiración de Oki, tanto para su vida sexual como para su obra literaria más exitosa, La chica de dieciséis años, una novela autobiográfica en la que el escritor exponía su relación pasional con una muchacha de dieciséis años. Aquella adolescente era Otoko, la joven que perdió a su hija tras el parto, la chica abandonada que, solo con el apoyo de su madre, hubo de luchar para salir adelante. Ahora, veinticuatro años después de aquel idilio entre un hombre casado y una apenas niña, sus destinos vuelven a rozarse, sobre todo por la nostalgia que el novelista siente cuando viaja a Kioto. Quiere verla, piensa en ella ya transformada en personaje de su universo mental, tal vez no la pueda apartar de su mente porque comprende que su vida se reduce a la insatisfacción y a mirar atrás: a rescatar las cenizas que flotan en su egoísmo e idealización. ¿Cómo habría sido junto a Otoko? ¿Seguirá pensando en él? ¿De qué le valió narrarlo todo en aquel libro, su mayor éxito, el que le dio a conocer? ¿Escribir sobre la vida de otros es lícito, desde una perspectiva moral y ética?


Nota:


(1) Yasunari Kawabata: Lo bello y lo triste (traducción de Nélida M. de Machain). Austral, Barcelona, 2011.

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