Donde cielo e infierno se citan en ti
Por Antonio Pardines
«—¿Te acuerdas de Raskólnikov?
Ivanof le sonrió irónicamente.
—Era de esperar que fueras a parar a eso más pronto o más tarde. Crimen y castigo... En verdad, te vuelves senil o infantil.
—Un momento, un momento —dijo Rubachof yendo y viniendo con aire agitado—. Hasta ahora no ha habido más que palabras, pero ahora nos acercamos al meollo de la cuestión. Si recuerdo bien, el problema es saber si el estudiante Raskólnikov tiene el derecho de matar a la vieja usurera. Él es joven y bien dotado; ella, vieja y absolutamente inútil en el mundo. Pero la ecuación se desquicia. Primero las circunstancias le obligan a asesinar a otra persona; tal vez es la consecuencia imprevisible e ilógica de un acto tan simple y lógico en apariencia. En segundo lugar, la ecuación no funciona, porque Raskólnikov se da cuenta de que dos y dos no son cuatro cuando las unidades matemáticas son seres humanos...»
Arthur Koestler: El cero y el infinito (1940) (traducción de Eugenia Serrano Balanyà). DeBolsillo, Barcelona, 2013)
La acción de Crimen y castigo transcurre en un plano espacio-temporal concreto y en dos mentales: en la mente de su protagonista y en la del lector. Eso es un hito literario, al ser una de las primeras novelas —si no la primera— que logra enlazar el alma del personaje a la del lector que la piensa, a la vez que sopesa sus propias ideas respecto a lo planteado por Dostoievski, de quien sospecho que habitó conflictos emocionales similares a los de sus criaturas y también a los de su público. No me refiero a su condena a muerte, conmutada en el último momento, cuando ya se encontraba frente al pelotón de ejecución, ni al crimen cometido por el protagonista, sino a los continuos enfrentamientos que se suceden en las interioridades humanas; si quieren «almas» o como prefieran llamar a esas voces que nos acompañan desde que recordamos hasta que dejemos de hacerlo. En todo caso, se trata de la complicada relación entre lo emocional y lo racional que nos hace ser de un modo y no de otro, aunque lo disimulemos para entrar a formar parte del gran teatro llamado sociedad. Somos racionales e irracionales, y el autor de Crimen y castigo lo comprende así y así lo describe con maestría en su obra. No solo en esta novela que nos obliga a ser cómplices y lectores activos, tal vez la más nombrada de las suyas, también en las no menos magistrales Los hermanos Karamazov, El idiota —por la que siento una simpatía especial, tal vez por mi idiotez, distante a la del príncipe Mishkin— o Los demonios. No vale leer tranquilos, como un mero ejercicio de evasión de nuestras cotidianidades. También la querría para sí Raskólnikov, pero no puede escapar de su pensamiento, ni de su culpa, ni de su esperanza. Dostoievski, tal vez la contradicción hecha cuerpo y alma de escritor febril y a la vez sereno, obliga a quien lee Crimen y castigo a replantearse sus ideas y sus fantasmas morales, a procurar juzgarse antes a sí mismo que a los Raskólnikov del mundo. Más que nada porque cualquiera es uno.
Somos actos y pensamientos, pero no todos los pensamientos los convertimos en actos ni estos son siempre racionales; es decir, fruto de la razón, que se apoya en la ética y establece límites morales. Pero cuando los traspasamos sin nadie de testigo, cuando cometemos actos señalados y sancionados por la sociedad o por la ley, ¿quién nos juzga?, ¿quién nos condena o absuelve? Somos los primeros en hacerlo y también los primeros en rehuir de la responsabilidad, la cual no es más que una parte de la condición humana de la que no pocas veces nos descubrimos intentando huir sin lograrlo. No se trata de que esta nos alcance: viaja dentro de uno mismo, forma parte del equipaje que en Raskólnikov se hace más y más pesado a medida que busca liberarse del lastre. Vive atrapado en su humanidad, en su mundo de claroscuro; y es que Dostoievski es a la literatura lo que Caravaggio a la pintura: su obra trasciende la luz para alcanzar el claroscuro del alma humana. Allí pelea, batalla consigo mismo, quizás para lograr la victoria pírrica de comprender que no existen el ángel y el diablo fuera de nosotros mismos.
Imagen de cabecera: Raskólnikov y Marmeladov, obra de Michail Petrovich Klodt. Año: 1874. Dominio público.

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