La imposibilidad de caer en el ayer
Por Antonio Pardines
Visitando la exposición A derradeira leición do mestre pienso en Castelao, en el dolor que existe en la pintura dedicada a su amigo Alexandre Bóveda —uno de los miles de asesinados por el bando sublevado, pero no olvido que también en el otro lado corrió la sangre de no menos inocentes— y en su mundo de ayer, en el antes y el después inmediatos a aquel 1936 en el que el rianxeiro se negaba a la negativa republicana de aprobar la autonomía gallega. Claro que mi mente se dispersa y me conduce a varias conclusiones, que no lo son porque me sitúan en la duda de qué conozco de su época. Solo tengo acceso a la idea que me hago, pero consciente de la diferencia insalvable entre el ideal y las múltiples realidades del instante. Cualquier momento es la suma de las conocidas y desconocidas, de las aceptadas y las rechazadas.
Arribistas los hubo, los hay y los habrá mientras la especie aguante, también dictadores; incluso cada uno de nosotros portamos uno. Aunque no queremos reconocerlo porque, de hacerlo, rompería el encanto de señalar a otros su afán totalitario. Incluso las minorías y las mayorías lo son, al no reconocer que, fuera de sus dogmas y ombligos, hay más mundo y numerosas cuestiones que se les escapan, o que no quieren ver porque pondrían en peligro el encantamiento grupal: su «buenismo». Para quienes encuentran similitudes entre el hoy y la década de 1930, quizás se olviden de varias cuestiones que diferencian ambos períodos. La primera, que son distintos y también los protagonistas difieren.
Vivimos en la sociedad del algoritmo y del espectáculo, en la era posatómica que borró la última ilusión de inocencia y de ingenuidad revolucionaria. Por ejemplo, en España no hay una fuerza anarquista del tamaño y del peso social de la CNT-FAI de entonces, y la clase obrera ya es de otro estilo, tirando a media: con sus vacaciones, sus bajas laborales, sus horarios, su seguridad social, sus salidas hedonistas y sus fiestas retro. El ocio, internet y la ciencia son los nuevos dioses que sumar al Zeus de siempre: deidad de poder y dinero. Tampoco existe una República ateneísta y burguesa que, no queriendo descontentar a nadie —salvo a los anarquistas que, como a Durruti, perseguía y enviaba a Fernando Poo—, gustaba a pocos y molestaba a muchos, a ambos lados del espectro político en el que popularmente se divide y agrupa la diversidad que les daba forma y no pocas tensiones. No disgustó por radical ni por democrática, sino por timorata, dubitativa y selectiva: uno de sus errores fue la ley electoral que facilitaba la victoria a las coaliciones. Pero, en 1933, cuando los socialistas —ya enfrentados en facciones internas: Besteiro (moderada), Prieto (centrista/socialdemócrata), Largo Caballero (radical, aunque don Francisco hubiese sido el único de los tres líderes en apoyar la dictadura de Primo de Rivera)— decidieron no presentarse con los republicanos de Azaña —y los anarquistas optaron por hacer su campaña a pro de su lógica de no votar— jugó en contra de ambos grupos.
Nos olvidamos de que nuestra idea del pasado solo es la que nos hacemos de un tiempo que no vivimos, el cual interpretamos según el aumento o disminución de la polarización, del humor generalizado y el espectro ideológico del ahora. Es decir: juzgamos el pasado desde el presente. Por otra parte, a las fuerzas en juego no les interesa un cambio de escenario —ni rebelión ni revolución—, puesto que se acabaría el espectáculo y, como cantó Queen, el show debe continuar. Solo se buscan pequeños cambios, los justos para cuadrarlos dentro de sus intereses, que hoy vienen marcados más que nunca por el mercado global, por un mundo en el que la clase política, a diferencia del ayer en el que se iniciaba la propaganda, la ha perfeccionado de manera superlativa y ha encontrado un filón en el espectáculo mediático. El mundo transformado en escenario donde ya todo puede ser verdad y al tiempo mentira, donde las vidas parecen formar parte del atrezo, lo cual nos sitúa en un instante en el que se ha perfeccionado el presumir de ser héroes y salvadores en lucha contra el mal. Depende, únicamente, de lo bien que narren su relato.
Por todo eso, y más —la insurrección anarco-obrera del Alto Llobregat, la matanza de Casas Viejas (Cádiz), la guerra interna que dividió a los socialistas en tres bandos irreconciliables, la explosiva reacción de los mineros de Asturias (y la no menos contundente represión ordenada por el ministro republicano lerrouxista Diego Hidalgo y Durán), la proliferación de pistoleros de ambos extremos, el reclutamiento de tropas rifeñas, el sueño libertario o el miedo de Reino Unido a Stalin y su estalinismo—, lo que suceda mañana nunca podrá ser como el ayer de la década de 1930. Podremos caer, pero las zancadillas que nos pongamos ya serán otras. Y esa caída solo será un pasado más al que otros juzgarán en su presente. Y lo valorarán sin tener en cuenta que lo están midiendo sin más conocimiento que el de las fuentes a las que tengan acceso: una parte mínima de las que les lleguen —eso es lo que sucede ahora y es probable que suceda después—. Pero no profundizarán en ellas. Lo harán, quizás, un milímetro más allá de la superficie de uno o dos libros y el par de películas donde suele quedarse la mayoría de la gente —tal vez ya convertida en masa maleable y en arma arrojadiza—, y desde la imposibilidad de sentir bajo la piel de un Castelao condenado al exilio, de los asesinados Bóveda o Ánxel Casal, o, ya en el otro lado, de los también paseados Muñoz Seca o Maeztu, o un Fernández Flórez ocultándose y temblando de terror en varios pisos de Madrid, subjetividad que les genere el tiempo en el que viven y duermen creyéndose los más despiertos.
Imagen de cabecera tomada el 5 de septiembre de 2026, en el interior del Edificio Castelao, Museo de Pontevedra, de la exposición A derradeira leición do mestre (del 25 de junio al 27 de septiembre de 2026).

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