¿Qué es Kolimá?
Por Antonio Pardines
Las normas y los valores cambian, el ser humano se transforma. Las condiciones de los campos, esas islas fuera del mundo aún en él, matan la interioridad que se creía conocer. Ahora, nada tiene sentido, salvo sobrevivir a la jornada. Mañana llegará o no, apenas importa tras dieciséis horas de trabajos forzados en las minas de oro a cielo abierto o en la taiga que nunca podrán vencer. Pensaban que después de la prisión, de las torturas físicas y psicológicas durante la instrucción de sus casos inventados, ya nada peor podría abatirlos. Se equivocaron: el tren donde les hacinaban como reses se adentraba en la fría y blanca extensión que les conducía a Vladivostok y de ahí, en barco, a Magadán, la antesala de Kolymá.
La región de Kolymá es un espacio físico, pero también existe como el lugar emocional del que no se regresa, pues, de sobrevivirlo, ya son otros. Independientemente de quién, Kolymá penetra en las entrañas y ya nunca las abandona. Inexistente para quienes cierran los ojos y confían en la propaganda oficial y en que no serán ellos los próximos en caer en el gulag, Kolymá existe bajo la piel de sus víctimas, que son conscientes de que nunca lograrán exorcizarlo. Eso lo comprende perfectamente el protagonista de Todo fluye, la última novela de Vasili Grossman, que regresa siendo un extraño de aquel que había sido antes de verse atrapado en la terrorífica lógica del sistema estalinista.
Nadie huye de Kolymá y pocos lo sobreviven. ¿Quién puede explicarlo? ¿Alexander Solzhenitsyn en su Archipiélago Gulag? ¿Evguenia Ginzburg en El vértigo? ¿Anna Lárina en Lo que no puede olvidar? La suma de todas sus narraciones, unidas a las demás, solo nos muestran la punta del iceberg, pero nos permiten intuir cuánto hay debajo.
«Debes ingresar en la cárcel sin dejar que te agite la vida cómoda que dejas atrás. En el umbral tienes que decirte a ti mismo: la vida ha terminado, un poco pronto, pero no hay nada que hacer. Nunca más volveré a la libertad. Estoy condenado a desaparecer, ahora o un poco más tarde, pero más tarde será más penoso, es mejor que sea antes. Ya no tengo bienes. Mis familiares han muerto para mí y yo para ellos. A partir de hoy, mi cuerpo me resulta inútil, es un cuerpo ajeno. Mi espíritu y mi conciencia son lo único que aprecio y que me importa.
¡Ante un detenido así, la instrucción sumarial se tambalea!
¡Solo triunfará aquel que haya renunciado a todo!
¿Pero cómo hacer de tu cuerpo una piedra?»
Pero ¿y en Kolymá? ¿También funciona esta postura vital expuesta por Solzhenitsyn en Archipiélago Gulag?
Varlam Shalámov sobrevivió veinte años en el Gulag, lo cual suena a algo así como a imposible. Pero lo hizo y pudo contar Kolymá. Relató su experiencia en el infierno estalinista, pero no lo hizo ni como el autor de Un día en la vida de Iván Denísovich ni como Ginzburg, que relató sus vivencias y su padecimiento personales en su libro El vértigo. Sin ningún género de dudas, las memorias de la escritora son de los grandes testimonios de aquel monstruo creado por Stalin a lo largo y ancho de su Imperio. Cierto que Koba el Terrible tenía predilección por Siberia —tal como ya habían hecho los zares con corona, los señores imperiales que condenaron a muerte a Dostoievski y así hicieron posible sus Memorias de la casa de los muertos—, en concreto, por esa región llamada Kolymá.
Ginzburg cuenta que los condenados llegaban a Vladivostok tras largas temporadas en cárceles en el «Continente» donde se los mermaba física y psicológicamente, y allí los despojados, la mayoría inocentes de cualquiera de los crímenes de los que se les acusaba, eran transportados a Magadán, la ciudad que se construyó como la antesala del infierno blanco en el que se congelaban los vivos y los muertos. Ginzburg recuerda que «La particularidad de nuestro infierno consistía en que su puerta no estaba coronada por la inscripción del infierno del Dante: «Dejad vuestra esperanza, los que entráis». Al contrario: nosotros teníamos esperanza. No nos enviaban a las cámaras de gas ni a la horca. Junto a los trabajos que conducían, prácticamente, a la muerte, teníamos también otros con los cuales era posible sobrevivir. Es verdad que nuestras probabilidades de vivir eran bastante menos numerosas que las de morir. Pero existían, al menos. Aunque evanescente, vacilante como una pequeña llama en el viento, la esperanza estaba en nosotros. Pero cuando existe la esperanza, existe también el terror».
Y ese terror es la principal cerca de la prisión a la que Shalámov nos acercó en sus Relatos de Kolymá, escritos tras la muerte de Stalin, ¿cuándo si no? Pero lo hizo distanciándose de la memoria literaria al uso. Consciente de que su propia experiencia era insuficiente para desvelar cuánto significó Kolymá, su opción escogida, tal vez la mejor posible para alcanzar una verdad más amplia, fue el relato coral que daba cabida a su experiencia y a las que observó. Y así creó tantos que su obra no excedía, sino que abarcaba numerosas posibilidades y personajes. Quiso dar voz a quienes conoció, vio padecer y morir, a cualquier espectro de Kolymá, un lugar donde la lógica distaba de la conocida fuera, una lógica brutal y despiadada, en ciertos aspectos similar a las que regían en los campos nazis y en los de los jemeres rojos. Igual que en estos, el trabajo tampoco liberaba.
«Por eso, si hablamos de los campos, no vale la pena polemizar con Dostoyevski sobre las ventajas del «trabajo» comparado con la vida ociosa en las cárceles, o sobre las virtudes del «aire libre». Los tiempos de Dostoyevski fueron otros, y los trabajos forzados de entonces no habían alcanzado las altas cimas de las que aquí hemos hablado. Sobre ese tema es muy difícil hacerse una idea cierta de antemano, pues todo lo que se refiere a este mundo es demasiado inusitado e increíble, y el pobre cerebro humano sencillamente es incapaz de concebir en imágenes concretas la vida de aquellas tierras...» Y ahí, Shalámov da una explicación de qué es Kolymá: el lugar que el pobre cerebro humano es incapaz de imaginar, aunque fuese un espacio más allá del geográfico. El autor de estos relatos que se recogen en seis volúmenes era consciente de que todos, vivos y muertos del lugar, eran víctimas y verdugos, inocentes de culpabilidad y culpables de inocencia, pero también el resto de habitantes del Estado que lo había creado.

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