Habitar calles y comisarías
Por Antonio Pardines
En el cine negro clásico el ambiente se desvela oscuro, reflejo del entorno social donde los límites morales se difuminan. Dicha tonalidad afecta a los propios personajes, que se envuelven en capas de cinismo y dureza que les permite transitarlos. En el polar francés, a partir de Jean-Pierre Melville y José Giovanni, podría decirse que esas sombras se trasladan al interior de los protagonistas cuya comunicación y relaciones con el entorno suele estar condenadas al fracaso porque habitan en una zanja entre ellos y los demás. Existe una paulatina ruptura entre la interioridad emocional y el exterior que, en casos, semeja total. Pero nunca deja de existir una necesidad de alguien. Un ejemplo del trabajo de campo y de la intimidad, aunque no por ello menor, lo expone Maurice Pialat en la ruptura y el conflicto que se viven en su Police (1985), en la que el inspector Mangin (Gérard Depardieu) pasa a otro nivel cuando Noria (Sophie Marceau) aparece en su vida. Solo que su vida se encuentra extremadamente ligada a su trabajo, es marginal —desde sus inicios, Pialat se interesa por los márgenes y sus moradores— y peligrosa, siempre amenazada por el entorno y por la propia interioridad de un individuo que ha tenido que encallecer sus emociones para poder continuar la eterna jornada laboral en la que ya parece haberse convertido su existencia: constantes careos con delincuentes, amenazas, burocracia, brutalidad, aislamiento, prostitución, tal vez no solo la que se supone en las calles, sino la que se da en y con uno mismo... El resultado cinematográfico salpica parte del fango caminado por los personajes, como ya sucedía con Policía Python 357 (Police Python 357, Alain Corneau, 1976) o sucederá años después en Ley 627 (L. 627, Bertrand Tavernier, 1992). Los tres son consecuencia de habitar un terreno pantanoso donde Maurice Pialat despoja a su propuesta de adornos y afectos, es decir, prescinde de partitura que pueda condicionar, emplea una fotografía realista, la de una cámara que no llame la atención, y desnuda la rutina del inspector al que da vida Depardieu abriendo el camino allí donde ya Corneau había mostrado a su policía perdido en una relación ya no con el resto de personajes, sino contra el reloj y el nihilismo: el ahora versus la nada. Pero Pialat lo sitúa en otra realidad, que se antoja más humana, sucia y real, una que será la precedente de donde Tavernier asentará a sus policías en un París ajeno a la postal. Y de ahí, al salto al vacío de Polisse (Maïwenn, 2011), solo hay un paso.

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