Fragmentos de nada: mercado de poetas
Por Antonio Pardines
Me gustaría olvidar lo antes posible Vamos a comprar un poeta (publicada en 2019), y sé que la olvidaré aunque no quisiera, en cuanto acabe sus últimas páginas, las de un libro infantil, pues lo supongo escrito para niños. Pero ¿para qué tipo? ¿Para los que quieren aprender a componer chachi? —preguntaría, tal vez, Derek Zoolander, ejemplar modelo de lo inútil. Ahí ya me pierdo porque existe una diversidad que no alcanzo y, por tanto, me veo incapaz de precisar. Pero sé la sensación que me produce su lectura, la cual nace de quien lee y su relación con la literatura. En mi caso, esta marca mi impresión de que la supuesta ligereza bienintencionada de Afonso Cruz intenta guiar a sus lectores por el camino correcto, vía un humor reiterativo en el mismo chiste, cuando dudo de la corrección anclada en un solo instante y lugar. Me chirría desde prácticamente el primer momento. No niego el derecho de considerar correcto esto o aquello; más aún, lo defiendo como un principio básico de cada persona. Esta ha de crear su ética y su poesía personal, efectiva, en su relación con el mundo en el que vive y consigo misma. La narración que estoy a punto de concluir y de olvidar me suena adoctrinadora, aunque de otro modo al que el autor critica en su relato: una crítica hacia la sociedad de publicidad hasta en la sopa, de consumo desenfrenado, de estadísticas que hacen pasar por hechos, en la que el infantilismo se impone y en la que lo inútil parece ya no tener cabida porque la gente se ha olvidado de detenerse para rimar o abrir una ventana con palabras o con una tiza en la pared de un correccional como el que Roberto Benigni comparte con Tom Waits y John Lurie en Bajo el peso de la ley (Down by Law, Jim Jarmusch, 1986). O eso se presume, pero lo dudo cuando me miro y observo que estoy leyendo y que los libros siguen siendo una parte ya no solo de mí, sino de muchos otros. Cierto que la mayoría no ha abierto un libro desde su etapa escolar, pero eso entra dentro de lo corriente.
Pero de lo inútil —en relación con la producción, la especialización y el uso práctico—, de lo que sirve para la mente y las relaciones humanas, se ha venido hablando desde antes que se sintiese que el utilitarismo nacido en Estados Unidos se expandía por todo el mundo. De eso, ya hace más de un siglo, tiempo suficiente para que algunos presumiesen que las lecturas y la poesía, la capacidad de inventar y fantasear, sirven para liberar el pensamiento, aunque yo creo nos adentra en el laberinto de la imaginación, del conocimiento y la evolución-involución. Nada es tan sencillo como apunta el autor en el epílogo, en el que expone su discurso, el cual considero innecesario por redundante —la ficción expuesta con anterioridad no deja lugar a dudas— , pero, sobre todo, me resulta simplista en exceso si pienso que Cruz totaliza al universalizar sin advertir que, hasta ahora —y nada parece indicar que vaya a cambiar gracias a la cultura, que suele ser la aceptada y creada por el sistema o fuera de él, pero pronto adaptada—, son los menos quienes idean e inventan, los demás nos limitamos a transitar las sendas abiertas y seguir las indicaciones —como si se tuviera miedo a perderse, cuando esa desorientación es la que a menudo posibilita encontrarse—; menos aún si se trata de la cultura humana, pues primero habría que concretar qué engloba, si es la suma de particulares, si total o totalitaria, liberadora o castradora, y qué entendemos como tal. Los libros, al menos los mejores, se me antojan puertas de entrada para enredar el pensamiento en la maraña de caminos que se nos presentan para dar vida a las ideas, a las contradicciones, al conflicto. Ese laberinto de pasillos intrincados de saber y no saber, de la posibilidad de saber, de ignorar dónde principia y termina, quizás sea la única libertad que podamos aspirar y alcanzar: caminar su espejismo.
De la utilidad de lo inútil ya nos habló Nuccio Ordine en uno de sus libros más populares —del que Cruz toma un fragmento para dar mayor empaque a su epílogo— y, mucho antes que el profesor italiano y admirador de Giordano Bruno, también lo hizo la Escuela de Frankfurt. Y no estoy en contra de repetir lo dicho; yo mismo lo hago con asiduidad. El problema no es solo la voz infantil que el autor pretende, la que pone en boca de una adolescente de trece o catorce años —que se va definiendo, sin palabras que lo indiquen, como la heroína sensible de la función, la que comprende la utilidad de la poesía como creadora de nuevas vías y nuevas vidas—, sino la irónica que no alcanza, que queda a medio camino de gustar más al adulto infantilizado que al infante que corre el riesgo de verse fuera del texto porque este le trata ya no como el niño que pueda ser, sino como el que se imagina el autor. Entonces me digo que hay muchos libros mejores para abrir el debate, desde las sátiras de Tom Sharpe hasta Sostiene Pereira, ya no diré El principito o Las aventuras de Tom Sawyer, aunque sí quiero apuntar Momo como un precedente superior a esta obra de Cruz que entiendo que a otros guste y aporte. Su amable e indicadora sátira es el reflejo de la sociedad en la que vivimos, que considera a la persona, sea adolescente o adulto, incapaz de adentrarse en complejidades, como si solo pudiese existir en el entretenimiento y la ausencia de exigencia intelectual. Y al rebajar tal exigencia, para asegurar un consumo rápido y masticado, la obra cae en la misma inercia de la que se burla: tratar al lector como un sujeto hiper-simplificado. Y si fuera mi yo niño, de doce o trece años, quien tuviese que hablar de Vamos a comprar un poeta, ¿qué pensaría del libro? Mi respuesta la encuentro en El señor de las moscas, la recurrente, pero magistral, La isla del tesoro, Memorias dun neno labrego y los cuentos de Cunqueiro que leí entonces.
Imagen de cabecera: Quad en descomposición: Naturaleza muerta en San Xusto de Toxosoutos (Lousame), 26 de junio de 2026.

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