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Caso 137 (2025)



Espejismos y videocámaras


Por Antonio Pardines



¿Hay bolígrafo más incómodo que uno de cuatro colores? Sí, el de seis o el de ocho. Pero ese bolígrafo tan de la década de 1980, que volvió a ponerse de moda ya entrado el siglo XXI, es con el que la inspectora protagonista de Caso 137 (Dossier 137, 2025) apunta lo que le cuentan los testigos de la manifestación y de la carga policial producidas el 8 diciembre de 2018 en las calles de París, las mismas en las que los comuneros o los del 68 demostraron su disconformidad con el sistema. Pero se dice que los tiempos han cambiado y a Stéphanie Bertrand (Léa Drucker) le han encargado la investigación de los policías antidisturbios que agredieron al joven cuya madre expresa que le hirieron de gravedad sin que mediase amenaza por su parte. Este es el punto de arranque para que Dominik Moll realice otra película sobre policías, aunque desde una perspectiva distinta a la exhibida en su exitosa La noche del 12 (La nuit du 12, 2022), pero tampoco esta resulta novedosa. El cineasta se vale de un montaje que, durante la primera parte del filme, combina la sucesión de imágenes de entrevistas a testigos y sospechosos, las imágenes de cámaras callejeras y de teléfonos móviles y los momentos más íntimos, que aumentan hacia la segunda mitad de la película. Ahí, se equilibran la investigación a la que la agente se entrega, su vida familiar y sus instantes de duda para que Caso 137 funcione como un producto bien llevado, que no exige más allá de lo expuesto. Solo hay que dejarse llevar por lo que se expone, pues lo da todo hecho, desde la crítica al abuso de la fuerza hasta la certeza de la imperfección del sistema que ya la chica del hotel conoce —cuando dice que los agresores con placa siempre quedan impunes—, pero no la mujer policía. En todo caso, se supone que ambas coinciden en lo obvio, que su sistema social, político y legal es el mejor que hay, aunque la palabra de un agente tenga mayor peso jurídico que la de un ciudadano de a pie.


En no pocas películas —por ejemplo: Serpico (Sidney Lumet, 1973), Distrito 38: corrupción total (Sidney Lumet, 1989), Detroit (Kathryn Bigelow, 2017) o la miniserie Antidisturbios (Rodrigo Sorogoyen, 2020)— y en la vida real, las fuerzas del orden público no dejan de ser sospechosas de emplear la brutalidad y de traspasar los límites establecidos por las leyes en los países democráticos. Pero también se agradece su presencia, aunque se haga en silencio. Es la paradoja que discuten la policía y su hijo, cuando este le pregunta por qué todo el mundo odia a la policía; aunque no se trata tanto de que la gente la odie como que la tema porque inconscientemente representa en el imaginario popular la represión que, visible o invisible, ligera o agresiva, existe dentro de cualquier orden. En las dictaduras, el abuso policial es otro golpear, impune, pues tienen la mano libre para tirar la primera piedra sin que medie provocación. En ese tipo de estado siempre están dispuestas a golpear con total impunidad, aun es más, resulta una premisa que se les exige, de la que ni dudan ni ocultan. Pero Francia, uno de los supuestos paraísos democráticos, no puede permitir que sus agentes vayan por ahí pateando y lanzando pelotas de goma a las caras de los manifestantes, pues si bien los hay agresivos, también los hay con una conciencia social exenta de bestialidad.


La víctima de Caso 137 es uno de esos jóvenes que no incendia automóviles ni contenedores, ni revienta escaparates o las caras de no manifestantes que se cruzan en su camino, ni lanza piedras a la policía, es un muchacho comprometido y cívico, que trabaja tanto como cualquiera hasta que recibe ese pelotazo brutal que le deja sesenta días de baja laboral y le acarrea una ficha policial y el consiguiente despido. Y eso es lo que descubre la inspectora; que el joven no provocó ni actuó en modo alguno para que fuese agredido de tal forma. Todo cuanto va descubriendo apunta a un empeño de fuerza desmedido por parte de una brigada antidisturbios, la cual investiga mientras los sospechosos se cierran en la declaración de que solo respondieron a una amenaza que sintieron ponía su integridad física en peligro.


Pero Caso 137 me suena a más de lo mismo, en todo momento sigue las pautas establecidas ya no solo en este tipo de cine policiaco, sino en el estilo del cine social francés de las últimas décadas —mayor naturalismo en los espacios, ausencia de ornamentos y alejando cualquier tipo de espectacularidad de las imágenes—. Esto le confiere una marca reconocible, opuesta a la que se atribuye al hecho en Hollywood, marca que quizás persiga una etiqueta de «qualité». Mas la diferencia no es de fondo —que en ambos tipos suele ser superficial—, sino de forma, en el uso del montaje, del fondo musical (o de su ausencia), de la tecnología que parece insertarse en el francés sin tanta alegría prefabricada como la hollywoodiense.


Vivimos en un mundo atrapado en las cámaras de los teléfonos móviles, de los comercios, de los hoteles, de los colegios, de los bancos, de las calles... Ya no hay espacio libre del ojo de quien las controle, pero ese mismo control puede dictaminar su validez o cerrar los párpados y dejarlas correr. Así que después de cincuenta años del mayo del 68 entra un factor nuevo en juego: la grabación en directo de los hechos callejeros —quizás dentro de otro medio siglo, se apruebe su uso legal y abusivo en los baños y los hogares—. De esta manera, el encuentro de los chalecos amarillos —que se dicen herederos de aquellos universitarios— y de la policía —que ya compra sus cascos en tiendas de centro comercial— pasa de ser una protesta social a una batalla campal de la que solo hay un abuso, lo cual no deja de ser sorprendente por el civismo y caballerosidad tanto de unos como de otros. Y digo una sola agresión punible, porque Dominik Moll y su protagonista no saben de más, solo la de ese muchacho que fue agredido por pasar por el lugar que no debía en el peor momento: justo después de que otros manifestantes arrojasen piedras al pelotón que avanzaba enmascarado. ¿Por qué? ¿Por qué son superhéroes o porque comprenden que las cámaras los vigilan y su rostro libre delataría sus identidades?

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