Bailes, marcialidad, soledad y camaradería, ¿qué nos queda de aquella cacería?
Por Antonio Pardines
Un libro honesto no es aquel que presume serlo, ni el que dice basarse en la realidad, que es aquello que nos llega por los sentidos, los cuales, según aquel griego de anchas espaldas, eran engañosos. Un libro honesto, me digo, es simplemente el que nace del escritor y no toma por idiotas a los lectores, por eso les exige, porque sabe que su exigencia es muestra de respeto a la inteligencia del lector. Ese autor sería algo así como la suma del consciente, del inconsciente y del subconsciente, así como de las máscaras y de la desnudez que se oponen. Pues eso es lo que hallo en Sándor Márai y El último encuentro (1), una novela que dice tanto como invita a pensar en los silencios y en los espacios vacíos. A partir del capítulo 10, el viejo general se erige prácticamente en la única voz que se escucha, pero el silencio de Konrád no solo otorga, sino que permite reflexionar ya no sobre la validez del discurso de su antiguo amigo, sino en su negativa a expresarse. Ese capítulo marca un antes y un después, ya que hasta entonces el autor húngaro prepara el terreno, hace un recorrido por los tiempos que separan el ayer del hoy, el Imperio Austrohúngaro del presente de la Segunda Guerra Mundial en el que se produce el reencuentro después de cuarenta y un años de distancia, tiempo suficiente para que un mundo desapareciese y varios más cayesen bajo el peso y el paso de la historia.
Ellos han resistido, pero no sin heridas. En realidad, son cicatrices abiertas, son fantasmas de su propio huir. Han sido años para sufrir, para pensar, para no poder olvidar, para aferrarse a un último encuentro durante el cual mirarse y tal vez reconocer que la amistad, igual que cualquier tipo de amor, también duele, porque la vida no es un continuo de alegría ni felicidad. No, el tiempo, las circunstancias, sus orígenes y sus propias naturalezas les han conducido al presente de un salón en las sombras, iluminado por velas que se consumen como la propia existencia. Ambos lo saben, lo aceptan, porque ahí se encuentran cuatro décadas de culpas silenciadas. Son ocho lustros de distancia física en los que el general ha pensado las numerosas posibilidades que les distanciaron aquel día de caza, cuando unos segundos bastaron para transformar y separar tres mundos: el de Konrád, Krisztina y el del hijo del oficial imperial, ese general que se erige en portavoz de la duda y la certeza. Se interrogó y se planteó mil cuestiones, concluyendo que solo importan las dos preguntas que le hará a su viejo amigo al final de su último encuentro, cita vital para la cual han sobrevivido. Ahora el general conocerá la verdad, no la realidad, que esta ya la sabe compuesta de hechos y detalles. No, la verdad es algo más, tal vez la suma de pasiones, emociones, pensamientos, acciones y omisiones que se esconden dentro, fuera, delante y detrás de la evidencia, en la naturaleza, en el tiempo, en los silencios, en los gestos y en el claroscuro de los sujetos.
Nota:
Sándor Márai: El último encuentro (1942) (traducción de Judit Xantus Szarvas). DeBolsillo, Barcelona, 2024.

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