Reduciendo distancias
Por Antonio Pardines
Un fulano va y dice aquel «Yo soy tu padre» y trasciende más allá de lo esperado. Incluso se convierte en icono pop, tan mediático que ni siquiera se piensa quién le puso esa frase en boca. ¿Fue Leigh Brackett o Lawrence Kasdan? ¿O por el tono pastel, George Lucas, Danielle Steel o Corín Tellado? En todo caso, remite a las películas y a los guiones de Lawrence Kasdan, en los que dominan los lazos humanos y también la aflicción y el conflicto que conducen a la distancia y al aislamiento que sufren personajes como ese padre o Macon (William Hurt), que debe superar su desierto para volver a sentir la compañía curativa del otro. El cine de Kasdan es, finalmente, esa necesidad de establecer comunicación y comunión con el otro; sucede incluso en Fuego en el cuerpo (Body Heat, 1981), su elogiado debut en la dirección de largometrajes, o mismamente cuando parece que hace cine de género: en los wéstern Silverado (1985) y Wyatt Earp (1994) o en la comedia alocada Te amaré hasta que te mate (I Love You to Death, 1990).
En el caso de El turista accidental (The Accidental Tourist, 1988), el protagonista calla y se distancia, aunque vaya a vivir a casa de sus hermanos, o precisamente ese es el signo que delata que quiere alejarse del resto del mundo, lo cual choca con su oficio de escritor de guías para viajeros a la fuerza, es decir, para comerciantes que deben ir de un lado para otro en soledad. Macon sufre sin expresarlo, le duele cada milímetro de su alma por la pérdida de su hijo, le golpea la decisión de Sarah (Kathleen Turner) de separarse y divorciarse. Básicamente, es ya un hombre sin lazos, sin apenas voz, sin alegría, que calla su tristeza. Solo cuando inicia su relación con Muriel (Geena Davis), la mujer que conoce en una perrera después de su divorcio y a quien inicialmente esquiva, parece recobrar vida, la que también desea su hermana Rose (Amy Wright) cuando conoce a Julian (Bill Pullman), su editor y alguien que también anhela los lazos humanos que le distancien de la soledad. Hasta entonces, Macon deambula su dolorosa y lacónica soledad por los distintos espacios de los que escribe cual autómata. Nada de lo que explica en sus guías le exige esfuerzo emocional, solo dejarse ir. La suya más bien parece una escritura hecha para escapar de la posibilidad de sentir. No es comunicación, es un mapa de supervivencia en el vacío para turistas accidentales, para solitarios como él, aislados en el propio viaje existencial.

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