Esbozar sobre Emil Jannings Por Antonio Pardines ¿Qué decir sobre su talento? ¿Que le permitió pasar del silente al sonoro sin apenas resentirse? ¿Por dónde empezar? ¿Aquel día de 1884 en el que vio la luz en Suiza o aquella otra jornada austriaca de 1950 en la que falleció? ¿Dónde iniciar un breve esbozo sobre Emil Jannings sin caer en alabanzas a su arte en escena ni en ataques a su decisión de afiliarse al partido nazi, tal como hicieron Hugo Boss, Martin Heidegger, Herbert von Karajan o Carl Schmitt? ¿En su momento de gloria, cuya cima se puede situar en la gala de los premios Oscar de 1929, a la cual no asistió porque estaba regresando (imagino que por mar) a Europa? ¿O situarlo y sitiarlo decrépito y orondo, en plenitud de su patetismo, no en un Berlín arrasado por las bombas aliadas, sino en una pequeña localidad alpina llamada Berchtesgaden, cuando, al final de la guerra, corría con su estatuilla dorada al mejor actor del año en mano, mostrándosela a los soldados estadounidense...