Sin ideas para asaltar un tren, abordemos un barco
Por Antonio Pardines
Todos nos quedamos sin ideas creativas; si no es de vivos, será de muertos. Así que tampoco se debe ser severo con alguien como Andrew V. McLaglen, hijo del gran Victor y uno de los directores recurrentes en la última parte de la filmografía de John Wayne, a quien dirigió en cinco títulos a mayor gloria de la leyenda del actor, pero que nada más aportan a su filmografía. Seguramente, el bueno de Marion, alias Duke, elevado a los altares por el nombre que le dio Raoul Walsh cuando lo dirigió en La gran jornada (The Big Trail, 1930), lo había visto en pantalones cortos, correteando por los platós donde él mismo limpiaba para el tío Ford. Sí, trabajaba con una escoba en mano, utensilio que no mucho después sustituiría por una botella las jornadas de fiesta y por un rifle en las laborales. Mas habría que preguntarle a su ilustrísima, el inimitable director de La diligencia (Stagecoach, 1939), cuándo eran unas y cuándo otras.
El muchacho de los McLaglen creció hasta alcanzar los dos metros de altura, rodeado del clan fordiano, en el que también se citaban Ward Bond y, hasta el cabreo que los distanció en 1955, Henry Fonda. El Sinatra era para otros de mejor cantar y de trajes a medida, de juergas a la luz de los neones y acompasadas por el sonido de la Voz y de las tragaperras. Su temprano contacto con el cine le permitió conocer el medio desde la infancia. Pero McLaglen no era un Leone, cuya cuna y talento se juntaron en un cuerpo y una mente voluminosas para dar forma al gran director que, para bien y para mal, transformó el western. Cierto que el hijo de Victor empezó bastante bien en su oficio, primero como ayudante y después sentado en la silla de patas largas de director. Por ejemplo, con El valle de la violencia (Shenandoah, 1965) logra un buen western al servicio de James Stewart, a quien tuvo a sus «órdenes» en otras tres ocasiones más.
Pero su cine fue perdiendo fuelle y espontaneidad. Se hizo repetitivo, incluso llegando a ser una caricatura, como sería el caso de Rescate en el Mar del Norte (ffolkes, 1979). Esta película sigue la línea heroica en la que se instala su cine, pero no deja de ser un producto estándar, cuya personalidad ni siquiera gana con la presencia de James Mason en el reparto ni con el guiño a Margaret Thatcher. Ya no se trata de credibilidad, que eso en el cine a menudo ni importa, sino de que te hagan olvidar que hay que creer lo que estás viendo. McLaglen no lo logra por diferentes motivos. El primero, porque parece un copia y pega. El segundo, porque el cuerpo de élite que pretende rescatar el barco Esther y las plataformas Ruth y Jennifer parece más adecuado para una barbacoa un domingo en el campo.
Tengamos fe y creamos que todo es posible. Sin embargo, la mía no tarda en tambalearse al comprobar que Roger Moore es tan reiterativo y limitado como su director, pues asume que su ffolkes ha de ser una imagen de su Simon Templar y su James Bond; es decir, un cliché que aspira a guay y no llega a chachi. Pero ahí está, dándolo todo por su patria británica, por la primera dama y por una botella de whisky que le ayuda a pensar y no le impide ser un civil mejor preparado que cualquier experto militar. Así es ffolkes, un tipo que va de rebelde, pero tras cuyo gorro de lana y su pose entre cínica y chulesca se esconde un auténtico creyente de la superioridad «british». Aunque también es un tanto engreído; al menos eso parece de alguien que asume elaborar un plan de secuestro de una plataforma petrolífera en alta mar y otro que lo desbarate, lo cual resulta un tanto tramposo y engañoso. Si bien es experto en el tema, también conoce los pasos dados por el teórico e iluminado de tal despropósito: pretender autoengañarse, pues ¿no conoce todos los pasos dados y a dar por el hipotético secuestrador? Pero, si poco después uno de «verdad» (Anthony Perkins) intenta secuestrar la millonaria plataforma petrolífera que la primera ministra sabe que es la joya de la corona, ¿sabrá qué hacer? Bien mirados el texto y las filmografías de McLaglen y de Roger «el santo Bond» Moore, lo cierto es que estas preguntas sobran.

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