La guerra de Godard
Por Antonio Pardines
A Susan Sontag le gustaba mucho Jean-Luc Godard, incluso tanto como para situarlo en la cima del cine. Ella misma intentó emularlo cuando coqueteó con la dirección de películas. En 1968, escribió un ensayo en el que decía que <<en los últimos años la obra de Godard ha sido discutida con más vehemencia que la de cualquier otro cineasta contemporáneo. Aunque existen suficientes razones para catalogarlo como el mejor director, aparte de Bresson, que trabaja activamente en la cinematografía actual, todavía es común que las personas inteligentes se sientan irritadas y frustradas por sus películas, incluso hasta el punto de encontrarlas insoportables.>> (1) Sé de la importancia que se le da a Jean-Luc Godard en el cine, que muchos lo idolatran, otros lo admiran, tal como hacía Sontag, y tantos ya lo desconocen. ¿O la escritora lo idolatraba?, como parece indicar que lo catalogue como el mejor director en una época en la que los había muy buenos: Tarkovski, Bergman, Fellini, Kurosawa, Oshima, Pasolini, Parajadnov, Rocha, Cassavetes… Puedo entender lo segundo, incluso lo tercero, puesto que cada época y generación tiene sus referentes, sus modelos; aunque lo primero me parece tontería, que eso es la idolatría. Después está la cuestión de gustos, la de que se pueden discutir, pero no rebatir, puesto que en dicha cuestión no entran las teorías ni los conceptos, sino las emociones y los sentimientos. A priori, el gusto es subjetivo, aunque por el camino y a posteriori se pueda condicionar e incluso adulterar.
¿Godard cultura elevada? ¿Respecto a quién y para quién? Por ejemplo, ¿a la altura de un Unamuno o un Kierkegaard? ¿De un Eco o un Argullol? ¿De Pessoa? ¿De Rossellini? El italiano fue un cineasta que rompe con el cine de la época y se plantea (y nos plantea) en sus películas para desvelar lo humano. No siento ni interpreto a Godard como alta cultura, sino como la estampa de un producto que asume ser el no va más de los intelectuales modernos, un vanguardista que olvida que la vanguardia es el paso más cercano a envejecer prematuramente. A su discurso, que quiere ser forzosamente y formalmente rupturista y político en sus primeros años, le falta humanidad, le falta honestidad y le sobra presunción. Me quedo con «rebeldes» como Marcuse o, en cine, directores menos exhibicionistas, Wilder o Ford, o más honestos y comprometidos en su ruptura formal: Pasolini. Claro que todo lo dicho, y la sensación que me generan películas —la de que no habla, sino para presumir para quienes asumen ser intelectuales, más qué es serlo—, resulta de mi interpretación, es decir otros tienen la suya y, para muchos, la mía es errónea.
Por lo general, Godard no me gusta, aunque no por ello dejo de valorar su intento de hacer el cine que quería, el mismo cine que, tras ver tantas de sus películas, me lleva a la conclusión de que no es para mí —aunque a esta conclusión ya había llegado tiempo atrás—. Entonces, ¿por qué seguir viendo sus películas? ¿Por masoquismo intelectual? ¿O porque pretendo ser ecuánime en mi juicio, cuando sé que la ecuanimidad es un cuento chino, y no dejarme llevar por la primera impresión ni por mis prejuicios, que los tengo, como cualquiera? Los carabineros (Les carabiners, 1963) me confirman por enésima vez que no se establece comunicación entre lo que Godard expone, y como lo expone, y mi interpretación de lo que cuenta. No es un cuentacuentos, es un contador de sí mismo, de su discurso, que incluso no es suyo.
Considerar que alguien es el mejor o el peor ya le resta interés a la consideración, porque olvida. No se clasifica porque se haga un estudio, sino que se estudia porque ya se ha clasificado por el gusto de quien clasifica; en este caso el de la escritora estadounidense en su ensayo sobre Godard. Sin embargo, sus ideas no dejan de ser eso: un ensayo, y este siempre es subjetivo, ya que, a lo largo del texto, desarrolla unas ideas propias que intentan establecer una universalidad, aun siendo una perspectiva entre tantas posibles. Godard no fue el mejor ni dejó de serlo. Fue un cineasta que quiso ser el mito que él mismo ayudó a construir, para vivir de él y «vivir» en él después de muerto. Su cine ha quedado ahí, como también nos queda el de Chaplin, Ford, Wilder, Renoir o Rossellini. Pero al contrario que en el de estos y de otros, dudo que alguien haya llorado o reído, incluso sentido emociones, viendo una de sus películas. Son fetiches pero tras eso qué hay. ¿Un ejercicio intelectual? ¿Un acto de rebeldía? ¿Una provocación perfectamente diseñada? Por ejemplo, la rebeldía que se supone a Ana Karina y a sus compañeros en Banda aparte, cuando corretean por el Louvre, es tontería, es una pose que queda muy bien en un sala de arte y ensayo de los sesenta o en un vídeo de YouTube que busque destacar por el prestigio del director, pero resulta un ejercicio de onanismo estético. Puede dar placer, pero no cambia nada, no se rebela contra nada. Por otra parte, Godard que se apropió la etiqueta de intelectual, tampoco es un intelectual exigente, menos aún generoso, porque no invita a un debate ni siquiera entre pares, aunque quizás no sintiese tenerlos. En cierta medida, solo buscaba que se hablase de él, bien o mal, pero que estuviese en el candelero, que se dijese que Godard había destruido el cine para crear el cine.
Godard inicia la película introduciendo una cita de Borges —aunque a quien adapta es a Beniamino Joppolo, que falleció el mismo año del rodaje—, que le justifica el uso del cliché para hablar de la guerra, de cómo se produce y por qué tipos como Ulises (Marino Masé) y Miguel Ángel (Patrice Morillet), que no son un rey en embustes ni un artista en el renacer, se dejan convencer para ir al frente; incluso sus parejas, también de nombres a la altura de la pomposidad de Godard, Cleopatra (Catherine Ribeiro) y Venus (Geneviève Galéa), parecen muy contentas e interesadas en que vayan para que así les traigan cosas que arrebaten al enemigo, cosas como un bikini. Pero nada de lo expuesto por Godard en Los carabineros me invita a la reflexión. Cierto que no pretende que su pareja alcance el humano patetismo ni la picaresca de Gassman y Sordi en La Gran Guerra (La Grande Guerra, Mario Monicelli, 1958); ni su propuesta pretende ser una narración habitual, sino que sepas que estás ante una construcción y no en un cuento, pero no logra transmitir que antibelicismo se sienta más allá de la pose intelectual (que huye de lo emocional). Lo dicho, no me siento partícipe en lo que veo y me digo que es un «sentencias», que tiene que ser lo que él asuma y punto. Intuyo que quiere que se le admire ya no solo por su modo de hacer películas, de tomar de los géneros y crear un espacio discursivo propio que los rompa, sino por qué dice en ellas. Pero, visto de cerca, ¿qué aporta esta película a la crítica antibelicista y antimilitarista? Más que nada —me digo—, Godard siempre busca impresionar, en cierto sentido, es heredero de los impresionistas (para los impresionables). Quiere emplear los tópicos para hacer algo nuevo, pero su discurso no lo es. Solo es suyo, y ni invita ni molesta. No sé en su momento, cuando Sontag le dedicó su ensayo, pero ahora carece de esa <<capacidad juvenil de ofender>> que le atribuía la escritora. No provoca, se olvida…
(1) Susan Sontag: Estilos radicales (traducción de Eduardo Goligorsky). Penguin Randon House, Barcelona, 2007.

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