Parches vendo, para el grande no tengo
Por Antonio Pardines
¿Saben aquel que diu...?, pregunta un humorista de los que ya no quedan. ¿Les suena el chiste del embalaje?, dice otro que intenta avivar la complicidad de su público. Aquel que parece hecho a medida para desviar la intención de querer frenar productos de fuera de Europa empleando una tirita. Pues ese mismo, en el que el humor recae en el contrasentido, pues a los gigantes asiáticos o a Amazon no les afectará la medida. Ya se encargarán de compensarlo de otro modo: presionando políticamente, subiendo la cuota de Prime o haciendo que sus cientos de abogados encuentren un vacío legal para introducir sus artículos sin que se resientan sus arcas. Otra estrategia sería abaratar costes haciéndoselos asumir al propio comprador o a un gobierno intermediario que se viese presionado por los sectores nacionales afectados. Al final, como si de una comedia absurda se tratase, todos rieron, salvo los perjudicados. La broma del parcheado, que solo será práctico con el pequeño empresario; práctico, si se trata de acabar con él. Europa da palos de ciego porque no puede darlos a quienes debería. Está pillada por las partes que antes llamaban nobles y que ahora dicen huevos u ovarios.
Por otra parte, lo de proteger el medioambiente suena raro cuando el mundo —y Europa está en él, al menos de forma física— vive en la realidad de la contaminación, la superpoblación (y los residuos que genera) que padecemos y el cambio climático. Estos son hechos que ya no se pueden negar ni frenar. Así que los parches llegan con décadas de retraso y, de parchear con lógica, habría que tomar medidas para frenar los vertidos y los residuos radiactivos que se echan sin el menor miramiento en las aguas cercanas a las costas, por ejemplo a las gallegas, o que se entierran en cápsulas a profundidades de suelos que acabarán por vomitarlas. Nosotros no veremos ese vómito, pero otros tendrán que limpiar la mierda o comerla con patatas, si es que para entonces siguen dándose, tanto los humanos como los tubérculos.
La ironía es la habilidad que nos permite retratar la esquizofrenia de la época que nos toca vivir. Por lo que en cualquier época hay ironía, porque en todas existe el contrasentido. En la nuestra andamos sobrados de ellos; por eso la ironía debería fluir a raudales, pero hoy parece confundirse con el sarcasmo o con el chiste fácil. Nadie puede negar lo irónico que resulta el contrasentido de que nos obliguen a mirar el tamaño de una caja de cartón mientras, a nuestro alrededor, el paisaje y el sentido común se desmoronan a escala local y planetaria. Y esto no es alarmismo, solo parte del chiste en el que vivimos y morimos.
Había que hacérselo mirar a las hidroeléctricas, que rompen el equilibrio natural y humano del paisaje —por aquí se da la aberración de condenar indefinidamente al Xallas, el único río en la Europa continental que caía libre en cascada al océano, solo alcanzando su meta los días de turismo o cuando las aguas del embalse están a punto de desbordar—, a las celulosas —como la que contaminó durante décadas a Pontevedra, que bien bonita y de buen olor luce ahora—, a las industrias de aluminio —como la de San Cibrao (en Lugo), en un enclave natural bello y privilegiado—, a las refinerías, a los aviones que van dejando su baba a reacción en el firmamento…
¿Y la solución son los embalajes? La pregunta me suena a chiste (apócrifo) de Gila, que llama al enemigo para decirle: «Oiga, ¿es el enemigo? Sí, lo es… Ah, vale. Yo también soy de ahí… Pues entonces, como somos paisanos, era para pediros que esperaseis un poco… Sí, solo un poco, que a vosotros os sobra… Claro, que empiece por los embalajes… que parches vendo, pero para el grande no tengo… Bueno… que así me prestáis algo de tiempo. Ya os lo pagaré… Pues no sé, en especias… ahora no puedo, que estoy algo ocupado… sí, barriendo la acera de escombros, conservantes e insecticidas… ¿Qué?… Ah… Por aquí, no… Vale… Luego llamo y seguimos batallando… Vale, adiós, enemigo. Un abrazo». Al final, la gracia está diseñada para que nos cansemos, nos callemos y aceptemos el parche y el chiste sin rechistar.

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