De guerra hasta las cejas
Por Antonio Pardines
La narración de Michael Herr que da forma a Despachos de guerra (Dispatches, 1977) carece de cinismo. El reportero no pierde su compasión, ni la oculta, tampoco alardea de ella. Ni esconde el dolor ni la locura, tampoco la admiración hacia quienes se convierten en sus compañeros ni el sentimiento hacia los jóvenes soldados condenados a perder su inocencia, a convertirse en cadáveres, en heridos, en supervivientes, en víctimas y en asesinos, en viejos prematuros que viven a una distancia que el corresponsal comprende que nunca llegará a cruzar realmente. Esa necesidad de abrirse, de mirarse a sí mismo y al entorno, le permite no caer en el cinismo del corresponsal que presume estar de vuelta de todo, aquel que asume tener muchos «huevos». Pero Herr sabe que nadie lo está, salvo un enajenado, un muerto en vida o quien emplea dicha presunción como una máscara que le proteja o le permita alardear. Herr no lo hace, sabe que no hay nada de lo que presumir.
En una de las páginas de Despachos de guerra, nos dice que las historias de guerra no tratan más que de gente y eso es lo que mejor define este relato sobre su experiencia en Vietnam, que se sitúa entre lo biográfico, la reflexión y la alucinación, aunque la historia de la literatura lo asuma periodístico. Pero su distancia de un relato supuestamente objetivo, con fechas, datos y explicaciones técnicas e históricas, no merma la historia, sino que le concede mayor fuerza y una honestidad fuera de lo común. Por eso es una excelente fuente (de primera mano) para conocer la realidad de los soldados estadounidenses y de la marcha de la guerra, porque no se limita a telegrafiar esta o aquella batalla, este o aquel ataque, aunque hable de ellos. Lo que Herr hace es detallar su vivencia, lo que sintió, lo que pensó y piensa ya lejos del país de batalla. Su humanismo se equilibra con su intención de contar la verdad que observa. Y lo hace sin la necesidad panfletaria que empuja al Grossman de la Segunda Guerra Mundial, sin el apuro de un Chaves Nogales, que sabe que su mundo se desmorona, y sin la presunción de un Hemingway en la Guerra Civil Española. Pero es de la estirpe de estos y de la de Curzio Malaparte, Ernie Pyle y otros reporteros que vivieron la guerra en la cercanía, incluso en las trincheras y en el fango. Lo que les llevó a ella difiere. Incluso a algunos no les llevo, sino que les cayó encima.
A alguien como Chaves Nogales, la guerra parecía perseguirlo: primero lo echó de su país, España, y más adelante, de Francia. Por su parte, Grossman vivió la invasión alemana de su país y en primera línea la defensa y el cobtraataque. Estuvo en Stalingrado como uno más. Luchó, sobrevivió y, siguiendo al ejército soviético, llegó al corazón de Alemania. Y tiempo antes de entrar en Berlín, descubrió las cámaras de Treblinka. En unas coordenadas más occidentales, Malaparte era testigo del mismo conflicto, pero lo hizo como una especie de infiltrado en territorio alemán; de tal experiencia nació Kaputt, mientras que Herr decidió abandonar Estados Unidos y viajar a Vietnam, donde muchos compatriotas suyos habían sido enviados. Estaban allí obligados, por el contrario, él decidió ir para cubrir el conflicto. Por ello, los soldados le consideraban un loco, a él y a quienes como él decidían acercarse hasta la guerra para saber de ella y hacer saber de ella a quienes estaban en casa… Pero lo que Herr se encontró no lo habría imaginado antes de sentir y experimentar la guerra. No trata de explicarla, ¿quién puede? Tampoco profundiza en los motivos que le llevaron hasta el Sudeste Asiático. Quizás no supiese determinar cuáles fueron o no pudiese hacerlo. En un momento dado del texto, desvela la siguiente verdad: «No había día que no me preguntase alguien qué hacía yo allí. A veces, un soldado espacialmente listo u otro corresponsal llegaba incluso a preguntarme qué estaba haciendo yo “allí realmente”, como si pudiese decir algo honrado al respecto que no fuese “Bla bla bla bla informar de la guerra” o “Bla bla bla bla escribir un libro”. Quizás aceptásemos las mutuas historias de por que estábamos allí sin preguntarnos más: los soldados que “tenían” que estar allí, los “fantasmas” y civiles cuya de corporativa los había llevado allí, los corresponsales a quienes arrastraba la curiosidad o la ambición». (1)
Lo que Herr transmite en Despachos de guerra es la herida, la alucinación y la locura de estar viviendo dentro del lodazal, junto a los soldados e incluso, a veces, obligado a tomar un arma y disparar. Su año en Vietnam, 1967-1968, le confirma la sospecha de que los soldados estadounidenses están allí para sobrevivir, ya que la posibilidad de una victoria le resulta poco menos que una fantasía. Ya nadie cree en la versión oficial. Herr lo sabe desde su primer contacto con un entorno que se le hará familiar y en el que acabará tocando fondo. Su estancia en la guerra le exige, también le depara relaciones que surgen de un reconocimiento entre iguales, igualdad que nace de estar viviendo un momento que solo ellos viven. Cierto que podía irse, no así los soldados, que solo podían soñar con recibir una bala que les hiciese la herida del millón o que se cumpliese su plazo para poder largarse. Herr narra ajeno a la fotografía, a la pose del reportero heroico. Comprende que no hay heroicidad, esa es la que le conceden las portadas y la propaganda. Sobre el terreno hay una realidad que vive y esa es la que narra, una realidad que resulta mortal, paranoica, alucinada, adictiva, llena de fantasmas que lo persiguen allí y también cuando esté lejos, cuando se encuentre cara a cara con la desorientación y el desengaño, cuando asoman las drogas como una vía de escape de la cotidianidad en la que viven, si se puede llamar cotidiano a una vivencia que años después intentaría transmitir a Francis Ford Coppola y a Stanley Kubrick para los rodajes de Apocalypse Now (1979) y La chaqueta metálica (Full Metal Jacket, 1987). Pero, en ocasiones, y tal vez esta sea una de ellas, la droga no es una sustancia, sino una sensación adrenalítica como pueda serlo la guerra con todo cuanto conlleva, desde el miedo a la muerte al alivio de saberse vivo.
Notas:
(1) Michael Herr: Despachos de guerra (traducción de J. M. Alvárez Flórez y Ángela Pérez). Editorial Anagrama, Barcelona, 1980, 2024.

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