Como una moto
Por Antonio Pardines
Varios autores de distintas nacionalidades hablaron de un tema coincidente desde perspectivas personales. Fueron testigos del final de Europa, del derrumbe no solo físico, sino también moral que se produjo en aquella época que deparó la guerra y la posguerra. Aunque sería mejor usar el plural para referirse al momento posterior, pues las situaciones de cada rincón europeo obedecían a la escasez, cierto, a los ajustes de cuentas, indudablemente, pero también a las particularidades de cada lugar. Aquellos autores nos hablaron en sus libros de los años previos, tal como hizo Stefan Zweig en El mundo de ayer, y de los inmediatamente posteriores; por ejemplo, Louis Ferdinand Céline en su trilogía del Norte, compuesta por De un castillo a otro, Norte y Rigodón. Y hubo quien describió el momento bélico mismo prácticamente en directo: Curzio Malaparte en Kaputt, Vasili Grossman en sus Escritos de guerra —su espléndida Vida y destino es posterior a la guerra—, o Manuel Chaves Nogales, que escribió a su llegada a Inglaterra La caída de Francia, en la que pormenoriza las causas de la debacle francesa.
Lo dicho, muchos autores fueron testigos y víctimas de aquellos años, algunos como Zweig o Chaves Nogales no los sobrevivieron, otros pudieron ver los escombros y cómo se construía otro mundo, otra Europa, la que levantaba muros e insistía en sus miedos, en sus odios, en su no reconocer una cultura que había germinado de semillas comunes. Céline escribe desde el otro lado, está de vuelta, como una moto, desesperado, exasperado y ese sinvivir, su malestar y su tendencia suicida, quedan emocionalmente expuestos a flor de piel en De un castillo a otro, donde no cuenta, aunque hable, sino que expresa su malestar existencial y la expoliación de bienes, el encarcelamiento y las injusticias a las que fue sometido por simpatizar con Vichy, cuando tantos más culpables y más implicados en la caída de Francia salieron de rositas. Céline grita, exclama, se interroga, se daría de golpes contra la pared, de no estar escribiendo. Denuncia, porque a él siempre lo han encasillado y señalado de malvado, el médico y escritor colaboracionista, cuando la mayor parte de Francia lo era, ya fuese por ideas o por miedo… ¿Y cuántos de sus perseguidores, de quienes aprovecharon la ocasión para desatar la siempre protegida y grupal ira de los justos, conocían sus crímenes? ¿Escribir Viaje al final de la noche sin pelos en la lengua? ¿Simpatizar con los nazis? ¿Vender los planos de la Línea Maginot? Esto último incluso sonaría a chiste a sus carceleros y a quienes lo interrogaban sobre el tema. Pero algo había que hacer: encontrar culpables a quienes señalar y así calmar conciencias, pues no se debe olvidar que los simpatizantes nazis en Francia no eran ni dos ni tres, como ya se sabía desde antes de la guerra. Y es que como bien dijo aquel: «quien esté libre de toda culpa, que tire la primera piedra». Y claro que hubo quienes las lanzaron, porque precisamente eran tan culpables como los apedreados, quizás lo eran de otros pecados, pero era una forma de ocultar los propios… Para Céline, culpable de muchas cosas, incluso de ser como era, y a quien se puede acusar de otras tantas, aunque no de hipócrita, vida y obra se juntan para lograr algo muy difícil, que la forma y el fondo sean lo mismo. Ética y estética se hacen uno.
Imagen de cabecera: San Xusto (municipio de Lousame, A Coruña), 20 de junio de 2026.

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