Esbozar sobre Emil Jannings
Por Antonio Pardines
¿Qué decir sobre su talento? ¿Que le permitió pasar del silente al sonoro sin apenas resentirse? ¿Por dónde empezar? ¿Aquel día de 1884 en el que vio la luz en Suiza o aquella otra jornada austriaca de 1950 en la que falleció? ¿Dónde iniciar un breve esbozo sobre Emil Jannings sin caer en alabanzas a su arte en escena ni en ataques a su decisión de afiliarse al partido nazi, tal como hicieron Hugo Boss, Martin Heidegger, Herbert von Karajan o Carl Schmitt? ¿En su momento de gloria, cuya cima se puede situar en la gala de los premios Oscar de 1929, a la cual no asistió porque estaba regresando (imagino que por mar) a Europa? ¿O situarlo y sitiarlo decrépito y orondo, en plenitud de su patetismo, no en un Berlín arrasado por las bombas aliadas, sino en una pequeña localidad alpina llamada Berchtesgaden, cuando, al final de la guerra, corría con su estatuilla dorada al mejor actor del año en mano, mostrándosela a los soldados estadounidenses como si fuese su salvoconducto?
De poco le valió aquel galardón, pues fue juzgado y condenado a no volver a ejercer su profesión. Así se apagaba la estrella de uno de los actores más carismáticos de la Alemania de entreguerras, del Hollywood de los primeros años del sonoro y de la posterior UFA ya nacionalsocialista —la controlada por el jerifalte propagandista nazi Joseph Goebbels—, pues Jannings abrazó la ideología del que presentía vencedor, la que dominó el país germano desde 1933 hasta prácticamente el final de la guerra, en 1945.
Jannings había trabajado para algunos de los grandes cineastas de su tiempo: Ernst Lubitsch, que le dirigió en Alemania y en Hollywood, Paul Leni, Ewald André Dupont, Murnau o Josef von Sternberg. Tartufo, Fausto o El último hombre son tres magistrales interpretaciones a las órdenes de Murnau que bien podrían definir la propia existencia de Jannings: hipócrita, vender el alma al diablo y descubrirse sin nada.
Pero, quizás, la imagen más recordada dentro de la pantalla sea su famoso profesor en El Ángel Azul (Der blaue Engel, 1930) de Sternberg, quien adaptaba la novela El profesor Unrat, de Heinrich Mann, cuyos libros serían quemados junto a muchos otros públicamente poco después; pero solo fue un gesto de propaganda interior, ya que la mayoría de los volúmenes fueron vendidos a otros países en una operación económica silenciada y muy lucrativa para las arcas nazis.
Dos años antes de compartir escenas en ese largometraje con Marlene Dietrich, cuyo posicionamiento moral puede considerarse el anverso de Jannings, el actor había protagonizado La última orden (The Last Command, 1928), título por el cual, junto a El destino de la carne (The Way of All Flesh, Victor Fleming, 1927), le dieron el primer Oscar de la historia a la mejor (doble) actuación masculina, el que creía que le salvaría de la depuración. Tal vez entonces descubriese que un objeto, por mucho brillo que los fanáticos le concedan, no era un antídoto ni le hacía inmune.

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