Peones grises
Por Antonio Pardines
Al igual que John le Carré, autor cuya novela adapta el guion de Paul Dehn para Llamada para un muerto(The Deadly Affair, 1966), Sidney Lumet siempre priorizó la psicología de los personajes y del espacio que habitan —la atmósfera que los envuelve y les afecta, reflejo externo de las emociones y de los sentimientos, de miedos y tensiones— por encima de la acción. Y en buena medida esto se debe a su interés por lo humano del sistema: los tribunales, la policía, la escuela, la familia o, en esta película, el ámbito del espionaje. Así me explico que sus películas mantengan la vigencia y la fuerza que tuvieron el día de su estreno, independientemente de que fuesen o no éxitos de taquilla.
Llamada para un muerto es un ejemplo claro de esa predilección, más si cabe si se realiza una comparación —ya sé que alguien podría decir que son odiosas— con cualquier título de la saga 007 de su época, que son películas más pop, coloristas y alegres, también más conservadoras y atractivas para un público que prefiere los cachivaches, los fuegos artificiales y los héroes antes que adentrarse en la complejidad y en el conflicto humanos. En Lumet no existe el héroe ni la heroína tópicos, lo cual no quiere decir que sus personajes no realicen algún acto que pueda considerarse heroico, aunque se trata de heroicidades grises, como el propio trabajo de espía, de jurado o de policía de asuntos internos. ¿O acaso no lo es la postura de Henry Fonda como miembro de un jurado o la de Serpico luchando por un sistema limpio que nunca dejará de ensuciarse?
Algo similar sucede con Charles Dobbs, a quien da vida James Mason, en un papel que le va como anillo al dedo: ambiguo, desilusionado, cansado, atrapado entre su trabajo y su deriva matrimonial, la cual parece distanciarle de Ann (Harriet Andersson). Su trabajo implica más que la supuesta defensa del modo de vida británico, más que el proteger a su país; en realidad implica formar parte de un juego al que no le interesan las personas. Estas no importan, solo importa el juego de espías, el ganar la guerra fría o, cuando menos, mantenerla sobre el tablero.
Dobbs es una de esas vidas grises que tanto abundan en el cine de Lumet, lo cual no significa que no sean brillantes en su labor, sino que son conflictivas —viven en conflicto—, sangrantes y existen en un precario equilibrio entre el dentro y el fuera, es decir, entre su interioridad y el mundo del que forman parte y del que no pocas veces desconfían. Y ahí, en el ámbito al que Dobbs pertenece, la desconfianza es parte del día a día laboral, de ahí que deba encargarse de investigar a presuntos traidores como Samuel Fennan (Robert Fleming), el suicida y presunto doble agente porque treinta años atrás, en su juventud estudiantil, había sido comunista. En todo caso, el agente no deja de ser un peón más de los muchos que cuentan quienes mueven las piezas y que no dudan en sacrificarlas cuando lo precisa el juego. No es nada personal, porque esa vida de espías tiende a crear distancias emocionales con quienes se tiene cerca, con aquellas personas como Ann, que se ve obligada a una vida paralela que la acerca al amigo de Dobbs (Maximilian Schell), y aquella otra, Elsa Fennan (Simone Signoret), que ha sufrido la pérdida de su marido.

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