Subvenciones a go go
Por Antonio Pardines
Poner nombre y rostro permite al público reconocer y sentir cercanía, lo que hoy vendrían a llamar empatía, para sentirse mejor, pero olvidamos al resto, a esos millones de casos anónimos que, a lo largo de la historia, han sufrido sus tragedias. El olvido es entendible, es humano, además, no podemos retener lo que no conocemos y lo que sí conocemos se diluye barrido por el mar del tiempo. Ramón Torres es un ejemplo entre tantas personas utilizadas y engañadas por quienes codician y no les importa el precio humano que otros han de pagar para enriquecerse. Solo les importa el dinero, lo cual tampoco es una novedad. Pero, cuando se destapan escándalos como aquel del que Ramón fue víctima, la noticia salta y alcanza todos los rincones del mundo porque se produce en un entorno tan mediático como el paralimpismo.
El periodista Carlos Ribagorda, de quien pocos habían oído hablar —tal era mi caso— y no muchos habrían leído en la revista Capital, fue quien destapó la historia. Llevaba dos años infiltrado en la selección española de baloncesto paralímpica de discapacitados intelectuales. Acababan de coronarse campeones en Sídney y Elena de Borbón y su marido de entonces aprovecharon para salir en la fotografía que sería portada en diarios deportivos de tirada nacional. Era un gran éxito, uno que valdría millones para la federación de baloncesto paralímpica, tal como ya lo habían valido otros triunfos anteriores.
Aquella selección vivía de las subvenciones estatales y de los patrocinios de entidades privadas, pero resultó que habían hecho trampa. Teniendo conocimiento del entorno, compartiendo vestuario con sus compañeros, siendo él mismo alguien sin discapacidad y pasando como tal durante aquellos dos años, ¿por qué el periodista no dio antes la noticia? Aquello no solo puso en duda el paralimpismo español, sino el internacional y, vistos los juegos pasados y recientes, del olimpismo (y otras organizaciones deportivas).
El 31 de octubre del 2000, la revista Gigantes publicaba la noticia a nivel nacional. El país se llevaba las manos a la cabeza, exclamaba sorpresa e indignación, malestar e incluso se escuchaban algunas bromas sobre la picaresca castellana que había dado páginas de oro a la narrativa del siglo XVI. Comedia, drama, farsa, espejo de la propia sociedad, la picaresca se destapó en Sídney, pero nunca dejó ni ha dejado de estar ahí, con nosotros y en nosotros, indistintamente de la nacionalidad, pues hay pícaros más allá de las fronteras de Castilla y de las otras Españas.
Siempre hay timadores, pícaros y tunantes en busca de subvenciones y de cualquier otra procedencia del dinero que meter en sus bolsillos. Los responsables de Sídney 2000, lo hicieron a costa de la ingenuidad de los dos jugadores inocentes que nada sabían del asunto que Fernando Martín Vicente (y supongo que alguien más), por entonces presidente de la Federación Española de Deportes para Discapacitados Intelectuales, se traía entre manos con la complicidad de diez jugadores sin discapacidad, algunos conocidos por haber jugado a baloncesto en ligas menores, que mantuvieron la boca cerrada y compitieron tras no haber pasado ninguna prueba que legitimase su presencia en el equipo.
Casi dos décadas después, cuando Sergio Romero Castaño estrena su documental en 2019, el asunto que había conmocionado a la opinión pública, uno más entre tantos, llevaba tiempo en el olvido y sus protagonistas de nuevo vivían en el anonimato, alguno tan crudo como el desvelado por Romero en su documental King Ray (2018), que, dicho así, en el idioma del rey Lear, podríamos pensar que se trata de una hagiografía del músico Ray Charles o de los boxeadores Ray Sugar, Leonard o Robinson.
La música, el pugilismo y la realeza quedan fuera, salvo que la primera suena en la partitura de Antonio Fernández, responsable de la banda sonora que insiste para condicionar, y la tercera asoma en la foto. Se trata de rescatar el escándalo y de sacar a la luz el presente de Ramón, uno de los dos inocentes que se quedaron sin el oro, que despertaron de un sueño para sentir como la realidad les decía que todo era mentira.
En ese presente, el exjugador habla de aquellos días mientras vamos observando su día a día, el cual cae en la marginalidad tras la muerte de su madre. Solo le queda el techo, que ya es algo si se compara con los miles de sinhogar que se cobijan bajo el cielo, bajo puentes o bajo algún soportal, y la desilusión que nunca podrá abandonarle. El documental lo rescata, pero dudo que sea un rescate más allá del instante y que Ramón continuará su devenir menguante en el silencio en el que había vivido los años posteriores al escándalo que le arrebató el metal, aunque no logró arrebatarle la sensación de haber sido paralímpico.

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