Bajo el síndrome de Orfeo
Por Antonio Pardines
Como todo cuento de hadas clásico, el narrado por Jacques Demy se inicia con el cansino y remoto «Érase una vez…». Pues sí, lo fue y todo comenzó de la pluma del cuentista Charles Perrault, autor del cuento que inspiró a Demy su Piel de asno (Peau d’âne, 1970). El cineasta logra una de sus películas más emblemáticas, creativa y, visualmente, ambiciosa, aunque Los paraguas de Cherburgo (Les parapluies de Cherbourg, 1964) quizás sea de las suyas la más aplaudida y ensalzada; valoración de la que tampoco discrepo. Pero esta logra algo distinto: consigue envolverte en una atmósfera de fantasía colorista y musical, de magia cinematográfica que el cineasta francés maneja con elegancia para llevarnos por un reino donde el rey vive en el cuerpo de Jean Marais, el protagonista de dos de las fantasías cinematográficas francesas más poéticas. Me refiero a las rodadas por Jacques Cocteau: La bella y la bestia (La Belle et la Bête, 1947) y Orfeo (Orphée, 1950), mito del cual el monarca de Piel de asno lee a su hija (Catherine Deneuve), cuando la sitúa entre el incesto y la pared.
¿Hay síndrome de Casandra, si nadie creyese su predicción de futuro: una nefasta descendencia? ¿Se trata de un capricho sexual del viejo y herido monarca, que, como Orfeo, pretende arrebatarle a la muerte la mujer amada? ¿O confusión de sentimientos por parte de la joven y bella princesa, cuya fijación por la figura paterna la podría llevar a ser una descendiente de Electra?
La búsqueda de nueva esposa podría ser un aliciente para que muchas pretendientes se presentasen en palacio o los reinos interesados empezasen a negociar acuerdos políticos que de algún modo les beneficiasen a cambio de entregar a sus principescas hijas. Pero el monarca rechaza cuanta princesa le proponen. No puede aceptarlas porque solo le valdría una princesa de cuento y esa ya la tiene en su castillo de tonos azules, de caballos y de siervos del mismo color.
Sin embargo, su asno banquero es del color habitual que se le supone a un cuadrúpedo de su familia. Lo que ya es más fantasioso es que el animal excrete monedas y piedras preciosas cuando el rey necesita liquidez y una economía sólida. De ese mismo animal será la piel que la princesa, su hija, le exija después de pedirle, como condición para aceptar la propuesta-orden, los hermosos vestidos del color del tiempo, «del buen tiempo» —si aún hubiera sido del color del tiempo que nos da y nos quita, aquel que nos lleva y nos entierra en su deriva—, de la luna y del sol. No son peticiones fruto del capricho de una joven mimada, que no es el caso, sino del consejo del hada madrina (Delphine Seyrig) para evitarle su matrimonio con el padre. La princesa es la única que cumple con los requisitos que la difunta reina (Catherine Deneuve) le hizo prometer a su marido: que no se desposase con una mujer que no la superase en belleza. Su hija la supera en hermosura —lo cual pongo en duda, porque, a mis ojos, ambas resultan bellas por igual— y por ello se convierte en el objeto de deseo del monarca, quien va aceptando y cumpliendo las peticiones que la joven le exige para evitar el casamiento. Nada parece imposible para ese padre que ya saborea en su mente la noche nupcial, mientras a ella no le queda otra que darse a la fuga, siguiendo los consejos y la magia de esa hada madrina que tiene una cuenta pendiente con el rey. La parte del príncipe rojo (Jacques Perrin) ya no es cuento para mí.

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