Soñar de día
Por Antonio Pardines
La novela de Joseph Kessel se convierte en manos de Luis Buñuel en sueño pesadillesco, al tiempo opresor y liberador, de un burgués rebelde. En todo caso, Buñuel sueña en busca de Buñuel, una búsqueda que existe en todas sus películas, incluso en las llamadas alimenticias rodadas en sus primeros tiempos mexicanos. El cine de Buñuel es la ambigüedad y la provocación que implica ir un paso más hacia donde nadie va, es decir, trasciende la realidad aparente. De ahí que siempre haya fantasías, misterio, obsesiones, transgresión y verdades en sus películas, las de un creador humano, al tiempo mundano y soñador, un artista encantado de ser y saberse complejo, que no oculta sus filias ni sus fobias, que proyecta su mundo propio en la pantalla.
Habrá quien llame extraño a ese mundo buñuelesco, quien lo rechace, quien no lo reconozca porque se pierde en él, pero a estas alturas del relato, no cabe duda de que Buñuel es un creador fuera de lo común, que cargó con ese universo suyo a cuestas, ya fuese en España, México o Francia, aunque adapte a la pantalla a otros autores. Su mundo nace dentro de él, de una postura que se refleja fuera de él, en sus películas, que cobran formas al límite entre la realidad y la fantasía.
En Belle de jour (1966) no se trata de la frigidez de Séverine (Catherine Deneuve) o del fetichismo del autor, el que pueda percibirse de las imágenes, sino de dar cuerpo cinematográfico a la idea de vivir atrapada en una existencia anodina, protectora, insípida, pero sobre todo castradora en la que la liberación debe darse en las sombras, en lo oculto. Lo cual tampoco alcanza a liberar, solo a dejar salir aquello que el resto del día no puede darse. Para ella, ese horario de dos a cinco la saca del mundo de virtud y pureza que la asfixia. Sueña liberarse, sueña ser humillada, ya no por ser maltratada, sino por ser tratada.
El sexo puede ser represor o liberador, también solo sexo, pero, para la protagonista de Buñuel, es algo más: el paso hacia otro mundo donde también sus moradores están atrapados. Solo el personaje de Michel Piccoli parece vivir entre ambos mundos sin ataduras, liberado de los usos de clase, de su máscara y de sus prejuicios. Es un impuro, por eso aspira a conquistar la pureza que observa en Séverine, una pureza de la que ella quiere huir porque no es un estado natural propio, sino fruto de la adoración que Pierre (Jean Sorel), su marido, siente hacia ella y por un pasado marcado por la religiosidad y quizás por los abusos.
El matrimonio duerme en habitaciones separadas, pero la distancia no se encuentra en la pared que separa sus camas, sino en las mentes en las que viven atrapados, pues ambos encuentran restringido el paso hacia el otro en sus pensamientos. Él idealiza a Séverine, lo que la posiciona en una ubicación inalcanzable, fría, de deidad a la que adorar en la distancia, pero no a la que amar en la carnalidad cercana. Por su parte, la heroína de Buñuel da un paso hacia la clandestinidad que Viridiana (1961) no podía dar, de modo que aquella tuvo que acabar abriéndole las puertas de su casa. Séverine la encuentra fuera, en la casa de citas de Anaïs (Geneviève Page), que funciona como un microcosmos donde los hombres desatan sus fantasías sexuales y sus instintos más ocultos, aquellos que, de puertas afuera, les avergonzarían, puesto que no son bien vistos por la sociedad burguesa. Curioso, contradictorio, represor, tal vez pensase Buñuel, pues son los mismos que existen dentro de esa sociedad incapaz de no mentirse para mostrar un rostro que encaje con su tiránico y falso discurso moral. Y ahí, en esa casa donde las máscaras se desenmascaran, Buñuel hace de Belle de jour su ventana a la decrepitud burguesa, atrapada como en El ángel exterminador (1962) en su propia fantasía, en su pesadilla llena de fantasmas. Vista así, toda la película es ese sueño buñuelesco para nada idílico. Es subversivo, absurdo, obsesivo, liberador porque se niega a soñar que otros le sueñen.

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