Surrealismo mágico
Por Antonio Pardines
Podría decir que El tiempo de los gitanos (Dom za vesanje, 1988) es una mezcla de neorrealismo —del Vittorio De Sica y Cesare Zavattini de Milagro en Milán (Miracolo a Milano, 1951) y El techo (Il tetto, 1956)—, de la literatura de Bohumil Hrabal y del cine de Fellini y de Buñuel, así como de la comedia del absurdo, del realismo mágico y del folclore gitano —no en vano, los diálogos de la película se dan en romaní—, pero es algo más. Es una película que define para siempre el estilo de Emir Kusturica y lo sitúa entre los grandes creadores de fantasías marginales que, partiendo del particular, resultan universales porque hablan de comportamientos y de sueños humanos; aunque el director serbiobosnio los deforme hasta alcanzar ese estilo suyo tan reconocible en toda su obra.
La historia de su tercer largometraje, ovacionado en Cannes como pocas veces se había visto, muestra en el plano secuencia de los créditos el ambiente y el espacio periférico por momentos surrealista, así como alguno de los personajes que habitan el mundo de Perhan (Davor Dujmovic), el adolescente protagonista, cuya familia resulta igual de caótica y atrayente que el resto del conjunto. Vive con su abuela (Ljubica Adzovic), curandera, con su hermana pequeña (Elvira Sali) y con su tío Merdzan (Husnija Hasimovic), jugador y perdedor empedernido que lo pone todo patas arriba para conseguir el dinero con el que poder seguir jugando y ganar de una vez por todas a Ahmed (Bora Todorovic), el hombre que promete a la abuela que llevará a su nieta al hospital para que le curen la pierna que le impide andar.
Ese será el viaje que también emprenderá el joven héroe de Kusturica, a quien la madre de la chica que ama rechaza de malos modos porque ni es gitano ni serbio, solo medio gitano e hijo de un soldado esloveno que estuvo destinado allí. Pues cabe recordar que la antigua Yugoslavia era un espacio de conflicto latente, a la espera de estallar sin la mano de hierro de Tito, pero también un entorno rico, de diversidad multiétnica y multinacional donde las culturas de los pueblos convivían, aunque fuese una convivencia obligada por la coyuntura política que más adelante caería, para que nuevos aspirantes a jefes desatasen sus ambiciones apoyándose en litigios del pasado —traídos al presente para lograr sus metas y sus premios—. En aquella Yugoslavia tenían cabida bosnios, croatas, eslovenos, gitanos, herzegobinos, macedonios, montenegrinos, serbios, así como las tres religiones monoteístas: cristianismo, islam y judaísmo. Pero de todos los pueblos nombrados, el único sin tierra que reclamar ni aspiraciones político-nacionales era el gitano, al que Kusturica dedica por completo su atención en esta comedia de surrealismo mágico que, a pesar de su constante humor y tono desenfadado, al borde de lo esperpéntico, destapa la precaria situación en la que viven y sueñan los miembros de este pueblo sin tierra, por lo tanto nómada y libre, porque soñar quizás sea el mayor y el único tesoro a su alcance.

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