Ir al contenido principal

Música y lágrimas (1954)



Cabalgando entre sueños y aflicciones


Por Antonio Pardines



De la casa de empeños a la fama, la historia de Glenn Miller se adapta como un guante al llamado «sueño americano», también al de Hollywood. Pero ¿y al de Anthony Mann? ¿Qué tiene que ver Música y lágrimas (The Glenn Miller Story, 1953) con sus temas? En el cine de Mann se descubre su gusto por los antihéroes, por el viaje interior y exterior, por el desencanto de tipos lacónicos de los que sospechamos un pasado hiriente, ya no solo en sus westerns, sino en sus mejores producciones de serie B o en la bélica La colina de los diablos de acero (Men in War, 1957). Por eso, me resulta curioso que fuese alguien como Anthony Mann quien se encargase de narrar una historia que parece alejada de sus itinerarios fílmicos, recorridos existenciales y obsesivos que incluso asoman principales en Bahía negra (Thunder Bay, 1953) —supongo que habrá quien la llame película menor; quizás hasta que cumpla la mayoría de edad—, la cual no deja de ser otro western, aunque alejado del tiempo y de los escenarios que se le suponen al género.


Mann crea en esta biografía cinematográfica un espectáculo amable, entre sensible y apariencia emocional —en la que se sitúa el modelo estándar hollywoodiense desde los inicios de su industria—, pero no abandona sus temas, algunos asoman en la pantalla. El recorrido existencial, la obsesión como motor que lo pone en marcha, y la amistad se encuentran ahí, en la historia del músico, una en la que hay romance —un amor prístino—, perdida, dolor, superación y triunfo. Por otra parte, hay una narrativa impecable, aunque hoy pueda sonar a cursi para los parámetros del copia y pega del Hollywood (y demás industrias) actual. En la década de 1950, cuando se realiza Música y lágrimas, también había fabricación al por mayor y la manufactura que se descubre en películas como esta biopic, en la que Mann colaboraba con dos imprescindibles para su obra: el productor Aaron Rosenberg y el actor James Stewart. De dicha asociación salieron seis películas, de las que quizás las menos logradas sean esta y La última bala (Night Passage, 1957), que puso punto y final a la colaboración entre Rosenberg y Mann —que abandonó el proyecto el último día de rodaje—.


Lo mejor de Mann brilla en sus westerns, cuyo tono se aleja del conformismo hollywoodiense para adentrarse en los espacios emocionales complejos de los antihéroes a quienes dio vida el famoso actor (y otros como Robert Taylor, Walter Huston, Bárbara Stanwyck, Gary Cooper y Henry Fonda). Pero aquí el rol de Stewart es inmaculado, no presenta un conflicto que se antoje verdadero. Su Miller asoma como un artista cuya constancia, ilusión y talento le llevará a la cima, aunque al inicio se le presente desempeñando por enésima vez su instrumento en la tienda de un tipo simpático y amable con rasgos de Sig Rumman. Ya no es tanto que no me crea las biopics hollywoodienses, sino que no las siento, no me hacen sentir ni me emocionan. No me tocan bajo la piel, me aburren y me pierden. Esto también sucede con este exitoso homenaje a Miller, quien, aparte de músico, descubrimos como hombre enamorado que encuentra su equilibrio sentimental en June Allyson —quien asume un rol femenino típico en el Hollywood de la época—. Y en esta relación marital y en la que el arreglista establece con su amigo (Henry Morgan) parece asomar Mann, ¿pero es el Mann cineasta cuyos personajes son más complejos de lo que su apariencia inicial indican o un Mann que se desentiende de la psicología para dejar que sea la partitura la que luzca?


Como creador, Miller es obsesivo. Busca su voz, aunque, en su caso, sea sonido. Ahí se encuentra su caminar, su deambular y la posibilidad de que el personaje sea algo más que un estereotipo, aunque dudo que Mann lo logre en esta ocasión. Suele suceder en nuestra realidad, una primera mirada solo es superficial, pues bajo las máscaras hay más que apariencia, hay latidos, hay humanidad. Sin embargo, en Música y lágrimas el itinerario no se adentra en horizontes ni en tierras lejanas que están dentro de uno, en el interior de la mayoría de los personajes asumidos por Stewart en una relación profesional de las más fructíferas de Hollywood.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

El sendero de la traición (1988)

Ismos prematrimoniales Por Antonio Pardines Una de las características del cine de Costa-Gavras es el adentrarse en espacios y en situaciones que desvelan el abuso ya sea de un Estado o de un grupo de poder. Y sus películas suelen funcionar como manifiestos cinematográficos que no temen señalar desmanes y crímenes, sobre todo aquellas en las que contó en el guion con la colaboración de Jorge Semprún y de Franco Solinas, dos escritores igual de comprometidos y con quienes trabajó durante su primera época. Ya considerado uno de los grandes del «cine político», gracias a Z (1969), La confesión ( L’aveu , 1970) y Estado de sitio ( État de siège , 1972), su popularidad se disparó tras el éxito de la espléndida crónica realizada sobre el golpe de estado de los militares chilenos en 1973 y la posterior represión en Desaparecido ( Missing , 1982), cuyo guion corrió a cargo de Donald E. Stewart, que adaptaba el libro homónimo de Thomas Hauser. Más adelante, cuando regresó al cine de habla i...