Ir al contenido principal

Aparición verniana



Aparición verniana


Por Antonio Pardines


La lógica invita a que nadie crea que una tarde se me apareció Julio Verne en casa, si aún hubiera sido en la biblioteca o en una muestra de inventos. Ni yo mismo lo creía y aún pienso que tal vez fuese un sueño, pues drogas no consumo y de despierto no presumo. El de Nantes me preguntó si le conocía y así, mirándole a la cara, le dije en un mal francés «no». Entonces, hinchó el pecho y empezó a numerar títulos de sus obras. Le dije en castellano «para el carro, que ya sé quién eres».


Justamente, aquella tarde estaba empezando a ver una de las muchas adaptaciones de su obra literaria. Y así se lo hice saber, señalando con el índice hacia mi pantalla de veintiuna pulgadas. Él me miró sin saber muy bien qué pretendía indicarle, de modo que insistí en la dirección hacia aquel marco que atrapaba imágenes en color y en movimiento. Para enfatizar, como pude, con gestos y palabras sueltas, le dije: «tú, Verne, y aquel, consí consá».


Sintió curiosidad y se sentó a mi lado, después de quitarse la levita y el sombrero. Ajustó sus anteojos, los que solía ocultar para salir en la foto, y me pidió verla conmigo. En ese instante pensé en la sorpresa que se iba a llevar, pero no quería contrariar a un fantasma que seguramente habría hecho más de veinte mil leguas inframarinas para llegar hasta aquí; pues ni de mar ni de tierra venía. Así que lo dejé estar y busqué los subtítulos en francés, como muestra de hospitalidad. La película, que ya la había visto años atrás, había perdido mi interés y ahora observaba con disimulo a mi (auto)invitado. Noté que se movía en su asiento y que sus mejillas abandonaron la palidez que le caracterizaba hasta ese momento.


Recuerdo que, en apenas un segundo, se llevó las manos a la cabeza, e inmediatamente las volvió a posar sobre sus pantorrillas. Supe que sentía vergüenza, o al menos eso concluí de su negación, cuando susurró algo que logré traducir como que nada tenía que ver con él. Asentí, más para mí que para él, pues bien sabía que todas las adaptaciones que había visto de su obra, apenas tomaban la idea e iban por libre, la mayoría potenciando el espectáculo y la comicidad. Intenté suavizar el impacto, explicándole en gallego que «o cinema e a literatura pouco teñen que ver entre eles, agás que serven para contarnos historias».


Las suyas eran más didácticas, le dije en esperanto, y las de alguien como Irwin Allen en Cinco semanas en globo (Five Weeks in a Balloon, 1962) —rodada justo cien años después de la publicación de la novela—, más paródicas. Quizás no comprendiese qué era el espectáculo cinematográfico, ni que Allen se servía de su historia para entretener al respetable —me preguntó qué era tal— y burlarse con amabilidad de la caballerosidad inglesa representada en el Lord a quien da vida Cedric Hardwicke, que era sir, y en el general británico interpretado por Richard Haydn que comandan el viaje en globo con la misión de poner la Unión Jack en el Africa Occidental para evitar la esclavitud. Fue entonces cuando el espectro de Verne estalló en una carcajada. Le pregunté a santo de qué. Y me respondió en un inglés tan pésimo como el mío que le resultaba irónico pensar que esa fuese la misión, cuando bien sabía que la corona británica, junto a la holandesa y la portuguesa, habían hecho su agosto con el comercio de esclavos.


Imagen: estatua de Julio Verne, en Vigo, obra de José Molares. Fuente: wikipedia.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

El sendero de la traición (1988)

Ismos prematrimoniales Por Antonio Pardines Una de las características del cine de Costa-Gavras es el adentrarse en espacios y en situaciones que desvelan el abuso ya sea de un Estado o de un grupo de poder. Y sus películas suelen funcionar como manifiestos cinematográficos que no temen señalar desmanes y crímenes, sobre todo aquellas en las que contó en el guion con la colaboración de Jorge Semprún y de Franco Solinas, dos escritores igual de comprometidos y con quienes trabajó durante su primera época. Ya considerado uno de los grandes del «cine político», gracias a Z (1969), La confesión ( L’aveu , 1970) y Estado de sitio ( État de siège , 1972), su popularidad se disparó tras el éxito de la espléndida crónica realizada sobre el golpe de estado de los militares chilenos en 1973 y la posterior represión en Desaparecido ( Missing , 1982), cuyo guion corrió a cargo de Donald E. Stewart, que adaptaba el libro homónimo de Thomas Hauser. Más adelante, cuando regresó al cine de habla i...