Mundos encontrados y fantaseados
Por Antonio Pardines
Me resulta complicado pensar perder un mundo que nunca se ha poseído, más sencillo es fantasear que se ha encontrado uno que dista del conocido. Respecto a estos mundos de fantasía hay unos cuantos en cine y literatura, quizás siendo el más popular de los cinematográficos el de King Kong (1933), que inicialmente iba a ser una película documental. Pero hubo más viajes a lugares remotos para los viajeros, a espacios «perdidos» antes y después del pisado por Merian S. Cooper y Ernest B. Schoedsack en la isla de la Calavera donde el gran gorila se enfrentaba a algún gigantesco prehistórico por la supremacía del lugar.
Otro de esos mundos, de los más populares en su momento junto al de Viaje al centro de la Tierra (Journey to the Center of the Earth, Henry Levin, 1959), La máquina del tiempo (The Time Machine, George Pal, 1960) y La isla misteriosa (Misterious Island, Cyril Endfield, 1961), fue la Amazonia que sirve de escenario para la adaptación que Irwin Allen llevó a cabo de la novela del autor de Sherlock Holmes —una aventura literaria que ya había sido adaptada por Harry O. Hoyt en el film silente El mundo perdido (The Lost World, 1925)—. Y podría llamar la atención de ese desplazamiento de la City del detective que, a dos pasos del centro londinense, vivía en un mundo más perdido si cabe que aquel gorila enamorado que subiría al Empire State Building, uno de los picos más elevados de la jungla de asfalto. Holmes habitaba en el de la razón y la lógica deductiva, donde lo emocional no tenía cabida y así le fue cuando se encontró con Billy Wilder y su vida privada salió a la luz.
El título original de la película de Allen es claro respecto a que hay un nombre popular que aprovechar para llamar la atención. Así que ningún encabezado mejor que el genitivo sajón, Sir Arthur Conan Doyle’s The Lost World, para que se vea bien grande de dónde procede la aventura propuesta por el productor, director y coguionista, la cual escribió junto a Charles Bennett. Allen ya había producido y dirigido el documental The Animal World (1956), cuyo título ya deja claro el tema, pero no solo se limita a mostrarnos la fauna viva, sino también parte de la extinta: los dinosaurios. Y gracias a la técnica de stopmotion, estas criaturas prehistóricas asoman en este su cuarto largometraje para poner en peligro a los expedicionarios.
Allen tenía claro que esos espacios imposibles, pero factibles en la fantasía y en el cine, gustaban, que eran (y siguen siendo) atrayentes para gran parte del público, como lo sería en su momento acompañar al grupo de El mundo perdido (1960) en su superación de obstáculos. Hay un erudito (Claude Rains), un lord (Michael Rennie), que calla, una mujer moderna (Jill St. John) que se sabe de igual valía que cualquiera de los hombres, el emérito de las camas (Fernando Lamas), quien tiene una cuenta pendiente, la joven y hermosa nativa (Vitina Marcus), maquillada, peinada y depilada de salón estético, tal como Raquel Welch en Hace un millón de años (One Million Years B. C., Don Chaffey, 1966) y más clichés como también lo sería Costa (Jay Novello), no llegan a aburrir ni a divertir porque Allen logra que no se tomen ni en serio ni en broma. Es un equilibrio un tanto extraño y difícil de lograr, algo que Spielberg desequilibra para entretener en la trilogía inicial de Indiana Jones o en Parque Jurásico (Jurassic Park, 1993), pero que invierte hacia el aburrimiento en su Mundo Perdido (Jurassic Park: The Lost World, 1997), que fue una de las dos proyecciones que no logré acabar en una sala comercial, pues ya cuando el dinosaurio quiere imitar a Kong me dije que yo iba a imitar a quien se fue a por tabaco.
Lo dicho no obedece a ningún tipo de nostalgia, pues ¿cómo iba a sentirla si no soy nostálgico ni viví aquella época de dinosaurios y de Allen? Obedece a una manera de mirar y que descubre que hubo malas películas (y literatura) ayer, y las hay igual de pésimas hoy; de modo que no va de preferir lo «viejo» a lo «nuevo», sino que concluir que Allen no aburre en el abuso de la tecnología, ni cae en homenajes ni guiños cinéfilos, sino que se decanta por ir al grano, a los personajes planos que no se toman demasiado en serio y a las situaciones que sabemos como serán, sin que por ello dejen de dar el resultado esperado (en su momento de estreno).

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