Fragmentos de nada: usuario
Por Antonio Pardines
De pie, delante de la ventanilla del registro de la propiedad intelectual, con varios papeles cubiertos y las tasas de rigor abonadas, me sorprendió escuchar que me llamaban usuario, no persona ni tipo, ni cliente, ni gilipollas. Ni siquiera un indeterminado alguien; del estilo «tienes a alguien ahí esperando». Bien es cierto que no me lo dijeron directamente a la cara, sino que fue la manera empleada por una mujer —cuya forma de saludar me resultó agradable— para referirse a mí cuando le advirtió al amable y tranquilo encargado del registro que había algo o alguien aguardando para usarle. ¡Quiera Dios que no me vea nunca en la obligación de hacerlo! Ya bastante tengo con usarme a mí mismo y con acudir a registrar propiedades de mi dudoso intelecto, pues el muy bribón siempre está dudando y el dudar cansa lo suyo. ¿Qué no tendré que registrar más adelante? ¿Mis sentimientos? ¿Mis emociones? ¿Mis residuos corporales?
Tal vez por ello me preguntase cómo iba a ser un usuario, si no estaba usando nada ni lo iba a usar, sobre todo al recordar que la burocracia dice algo así como que «estamos aquí para prestaros servicio». Es decir, hay un préstamo, no un uso, por lo tanto voy de préstamo o soy un prestado. Así iba pensando mientras esperaba. Entonces me planteé si no sería más acorde haberme llamado «posible registrado», pues dicen que en la posibilidad está todo lo que no sea imposible, que comentan que queda en nada. Aunque me pusieran con las manos contra la pared y empezasen a cachearme, eso me concedería la particularidad y la humanidad que el término «usuario» parece negarnos en nuestros días, casi tanto como ser un número en una oficina, en la plaza de abastos o en la carnicería donde no hace ni medio siglo te llamaban por tu nombre o te gritaban ¡Al ladrón! ¡Al ladrón! Pero ahora ya no sé cómo me llamo, solo que me llaman usuario, que suena más a utilitario que a sujeto biológico, cuando no me tratan de DNI y de PIN —que ya son tantos los que tenemos que, a mí, al menos, me implica ya no saber qué número soy—, de contraseña o de ese símbolo tan de nuestros días que se inicia con un signo, que no letra hermafrodita, que alguien llamó arroba. Pues, nada, usuario (antes majete) ya solo mereces ser llamado así. Pero, por fortuna, aún puedo aferrarme a la esperanza que me genera el que sigamos siendo igual de idiotas que de costumbre. Imagínense sin la posibilidad de caer en la idiotez, ni sentirse (mal)tratados como borregos: todos aceptaríamos llamarnos usuario de turno y no lo veríamos estúpido.
La imagen fue tomada por el usuario que esto escribe un día de octubre de 2026, de paseo por A Coruña. Los dibujos de Berlanga y Azcona son obra de Siro López.

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