Cazadores en el espejo
Por Antonio Pardines
En mi tierra dicen que el Sil lleva el agua y el Miño la fama. Un dicho similar me valdría para establecer una comparación entre las dos primeras películas por las que asoma el personaje de Hannibal Lecter, cuyo atractivo se me escapa tanto en la caracterización de Brian Cox como de Anthony Hopkins. En ninguno de los dos casos dicho personaje me aporta algo, no me plantea interrogantes ni me sitúa ante algo interesante, algo porque no veo en él a alguien. Pero vamos al dicho, antes de que se escape la corriente y no pueda volver sobre ella: El silencio de los corderos (The Silence of the Lambs, Jonathan Demme, 1991) lleva la fama (los aplausos y el lleno en la taquilla) y Hunter (Manhunter, Michael Mann, 1986) una psicología emocional menos impostada, menos preparada para lucir el palmito en la pantalla. Pero esto no habría podido decirlo hace unos días, porque no recordaba nada de esta primera adaptación cinematográfica de Red Dragon, la novela de Thomas Harris que leí cuando compré el ejemplar publicado por el diario El Mundo y del cual tampoco guardo el menor recuerdo.
No me sorprende, ya que la memoria es caprichosa y finita. Los libros leídos se acumulan, las películas vistas van quedando atrás y la edad nos obliga a seleccionar experiencias que retener, a olvidar mucha paja y a recuperar en dosis crecientes aquello que nos significó y que nos devuelve transformado lo que aceptamos sucedió. Por recordar, tampoco recuerdo la adaptación de Red Dragon llevada a cabo por Brett Ratner. Solo puedo recuperar la sensación de haber salido del cine con la idea de que la película había cumplido con su función de entretener. Pero al volver a ver la de Mann la sensación fue otra. El creador de la serie Corrupción en Miami (Miami Vice, 1984-1989) no solo buscaba entretener, sino que el director y guionista, productor de sus propias películas, aunque no de esta, producida por Richard N. Roth y distribuida por Dino de Laurentiis, busca crear la atmósfera que remita a las psicologías heridas de los antagonistas: el agente Will Graham (William Petersen), incapaz de olvidar su anterior encuentro con Hannibal Lecter (Brian Cox), el que le obligó a ponerse en la piel del psicópata, y el asesino conocido como Dragón Rojo (Tom Noonan). Mann, fundamental en el desarrollo del nuevo cine policiaco de los ochenta y noventa —con títulos como Ladrón (Thief, 1981) o Heat (1995)—, huye del espectáculo, prefiere exponer la psicología del detective frente a la criminal y la de este frente a su imposible y criminal huida del rechazo —aquel que siente podría desaparecer en su relación con Joan Allen—, aunque ambos supeditados a la intriga y la tensión de la lucha contra el reloj y las heridas emocionales.

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