La imposibilidad de borrar el dolor
Por Antonio Pardines
Llamamos accidente a aquello que, sin esperarlo, nos sucede y nos descoloca. Algunos son leves y pasajeros, otros de gravedad que sacude nuestras existencias hasta el extremo de situarnos en lo que podría parecer otra vida. No nos explicamos por qué, aunque exista una explicación lógica para que se haya producido y para el golpe emocional que implica la sacudida y la pérdida que los más graves conllevan. Pero, una vez que nos sobreviene, ¿cómo encontrar sentido a lo que sigue, sobre todo si se trata de aceptar que has sobrevivido a un accidente físico, mortal para tus seres queridos? De un instante a otro, sin sospecharlo, sin pensar que la posibilidad accidental y que la muerte nos acompañan desde siempre, la protagonista de Tres colores: Azul (Trois couleurs: Bleu, 1993) se despierta en un hospital donde le informan de que ha sufrido un siniestro en el que su marido y su hija han muerto. Su cuerpo se recupera, pero su mente vive en un estado de dolor emocional —que pesa y la acompaña hasta que se transforme en bruma en la memoria— y de desorientación que le hacen desear ser otra, tal vez para liberarse del duelo inherente a la pérdida, no solo de sus seres queridos, sino de aquella parte de sí misma que muere con ellos. ¿Por qué ha sobrevivido?, podría ser una de las preguntas que asalten a la heroína de Krzysztof Kieślowski y de su coguionista habitual Krzysztof Piesiewicz, de cuya asociación nace un cine de Kieslowski más íntimo y abstracto, por lo tanto más espiritual, aunque no en el sentido religioso.
El azul que domina la fotografía de Slawomir Idziak resalta esa sensación de ver el mundo más allá de lo físico, se establece una mirada emocional, de la aflicción a la liberación. Pero la respuesta inmediata bien podría no ser racional, sino la emocional de huir de los lugares compartidos, aquellos que le recuerdan a los fallecidos. Sin embargo, los fantasmas nos acompañan, la huida es improbable, cuando no imposible, porque el pasado no es un tiempo físico, es un lugar que se representa y reencuentra en la memoria. Fuera de ella, el nuevo mundo, el que hay que aprehender en sus colores y sus composiciones, en sus sabores y sus sinsabores. No se puede borrar el dolor, sin borrar la vida. Y ante ella y en ella se encuentra Julie (Juliette Binoche), frente a un horizonte que no se despejará de nuevos dolores, pero tampoco la privará de nuevas satisfacciones o de volver a enamorarse de la vida y de cuanto de agridulce significa. Delante, no hay más promesa que la de la posibilidad, y detrás, imágenes que se difuminan pero que nunca desaparecen, sino que forman parte suya, igual que esa partitura inconclusa de su marido —aunque, fuera de la pantalla, la música es obra del compositor polaco Zbigniew Preisner—, la que le saca del escondrijo donde, por mucho que se oculte, no logra olvidar ni deja de encontrarse una y otra vez consigo misma, con sus distintos yoes y sus fantasmas, que forman un todo en sí: ella.

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