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Training Day (Día de entrenamiento) (2001)


En la década de 1980, un pimpín llamado Ferris lataba a clase y se creía que ya lo había hecho todo en un día, pero seguro que, años después, cuando acudía a la fiesta del veinticinco aniversario de su promoción, sabía que su bandullo cervecero era para toda la vida. Es probable que acudiese allí, sin reconocer muchos de los rostros, del mismo modo que el suyo no sería reconocido por otros tantos; así que habría que leer la etiqueta que colgaba en su chaqueta para saber que era él. Entonces ya no era ningún adolescente que creía comerse el mundo, sin saber en qué consistía eso del “mundo”. A base de trabajar de nueve a cinco, de hipotecarse y de ir al cine y después a la cadena más cercana de comida rápida se dio cuenta de que lo suyo ni siquiera había sido un acto de rebeldía; solo el capricho de un niño que creía que faltar a la escuela era infringir las normas y ser duro. Pero su capricho no implicó ni peligro ni aprendizaje, ni encontrarse a “esto” de la muerte y a “esto otro” de convertirse en asesino. Eso lo vio un día en el cine, cuando comía palomitas y observaba un día que no era el suyo; era el de Jake (Ethan Hawke) en Día de entrenamiento (Training Day, 2001), cuya experiencia también sucede en un solo día, pero ya en el siglo XXI, cuando Ethan Hawke, en su imposibilidad de ser poeta muerto, aunque hiciese sus pinitos de guionista, despierta emocionado a la vida, porque esa jornada que se inicia en la cama, al lado de su mujer, acaricia el objetivo que se había planteado cuando entró en la policía, un año y medio atrás.


Adiós, uniforme de patrulla, adiós, multas y adiós, recorrer las calles vestido de azul en busca de tiendas de rosquillas. Ahora entra en la élite, ni más ni menos que en la brigada de estupefacientes del mítico Alonzo (Denzel Washington), un tipo que desde la primera hora de la mañana presume y presume, al tiempo que intenta llevar al límite a quien parece tomar por su aprendiz. Jake acepta su rol, y va aceptando cuanto aquel le dice, porque, en ese instante del día, todavía su prioridad consiste en permanecer allí, aceptado por Alonzo, siendo un agente de narcóticos en un espacio que, quizás, tonto él, habría creído de buenos y malos o de polis y cacos. La propuesta de Antoine Fuqua, director, y David Ayer, guionista y uno de los nombres propios del policiaco hollywoodiense del primer cuarto del siglo XXI, en Training Day (Día de entrenamiento) parte del típico encuentro entre veterano y novato, pero más que de aprendizaje, que conlleva mayor tiempo, se produce un descubrimiento que cambia la vida del segundo; y como efecto dominó, también la del primero… Descubre un aspecto de su trabajo y de sí mismo que había permanecido oculto hasta ese día, pues nunca antes había llegado a un límite laboral, vital y emocional como el que tiene ante sí en su relación con un policía que parece estar de vuelta y media, cuyo comportamiento ya indica que abusa de su posición de poder y que puede ser peligroso. Ambos recorren las calles, barrios bajos sobre todo, donde las drogas y las bandas forman parte de la cotidianidad, igual que la corrupción, la violencia o ese abuso de poder que Jake observa en su nuevo compañero, que transgrede y le empuja a transgredir las leyes que han jurado cumplir y en las que él joven cree. De ahí, sus dudas y su posterior negativa a ser lo que el veterano espera que sea. Tras su discurso de ser lobo para atrapar a los lobos que amenazan el rebaño se esconde un criminal que carece del código que Fuqua sí insinúa en los pandilleros o en el trío que ha cobrado por cargarse a Jake/Hawke…

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