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José Sacristán y el hijo de la cómica

José Sacristán y el hijo de la cómica

Por Antonio Pardines


Ayer, con la sala principal del Auditorio de Galicia abarrotada, José Sacristán, de 88 años de edad, salía a escena caminando con la nostalgia y con el testimonio de una época que se apaga, como equipaje. No era físico, aunque lo fuese la maleta que portaba y posaba sobre el escenario, sino emocional y memorístico. En aquella otra maleta, la de su cabeza y su corazón, portaba un modo de entender el cine, el teatro y la vida, un modo que en él encuentra uno de sus últimos testigos; también uno de sus últimos héroes protagonistas. ¿Quién los recuerda, si ya empiezan a ser fantasmas en la memoria de quienes los disfrutamos y vacío en las generaciones que nunca sabrán que existieron? El popular actor es el nexo entre la generación de los Fernán Gómez y la suya; y también con la siguiente. Esas tres son las que alcanzan mi infancia. Pero, allí, en la sala del auditorio, los únicos niños y niñas que había habitaban en la memoria. No había cuerpos infantiles, tampoco de adolescentes ni de jóvenes, pero sí la evocación de quienes fuimos, de quienes fueron, de quien fue el niño y el joven Fernando, y la presencia real de un actor octogenario que ya no solo es un actor, pues ha alcanzado un estatus que le acerca al de quien considera su “maestro”. Ese estatus le confiere el aura y la dignidad que el público aplaudía puesto en pie, más que a la obra que concluyó tras una hora y media de una clase de saber llevar y llenar un auditorio que solo recuerdo en Rafael Alvárez “El brujo”. La sala era para él, para su solemne hacer escénico, para poner voz a los recuerdos de Fernando; y, sin llegar a expresarlos en palabras, a los suyos propios. Los asistentes a la representación de su monólogo “El hijo de la cómica”, basado en la primera parte de las memorias de Fernán Gómez “El tiempo amarillo”, caminamos en los cuarenta y tantos para arriba. Lo sé y lo supe cuando, a mi alrededor, descubrí rostros de mi juventud, pero de esta ya no había rastro en ninguno. Sin embargo, nadie podrá borrar que existió, solo el tiempo; tampoco se podrán romper los lazos generacionales que a menudo ahogan, pero que siempre sostienen aspectos de una época en otra… Los de Sacristán y Fernán Gómez forman parte de nuestros pasos iniciales porque nos llegaron como parte de nuestra propia herencia, la que nos llega sin pedir, pero que también forman nuestras identidades cambiantes, aunque siempre haya aspectos anteriores que perduren en los siguientes. El actor madrileño, al reivindicar y homenajear al autor de El tiempo de los trenes, hace lo propio consigo mismo, no por presunción, sino por nostalgia —sin olvidar la devoción a un oficio y la admiración a quienes, como Carola Fernán-Gómez, su hijo o él mismo, dedicaron sus vidas a representar ilusiones— que palpita en alguien que se sabe en un punto cercano a su viaje a ninguna parte. Ahí reside la clave emocional del monólogo, que recordando a Fernán Gómez se recuerda a sí mismo, tal vez por ello introduzca su actuación con la llegada de los “cómicos de la legua”, recordando su Carlos Galván, su personaje en El viaje a ninguna parte (1986), el único largometraje en el que fue dirigido por Fernando Fernán Gómez. Más que una supuesta gran amistad, de la que no hay rastro en “El tiempo amarillo”, la relación entre Sacristán y Fernán Gómez sería de una relación de cordialidad profesional, en la que el mayor sentiría respeto profesional por el joven y este consideraría que aquel era un maestro. Y la ausencia de este, desde 2007, posiciona a Sacristán al frente de aquel pasado que en él alcanza el presente y, desde él, a nosotros, su público. En escena no lo expresa, pero quizás nos esté diciendo que es su heredero, el representante que nos recuerda un tiempo que, simbólicamente, es él, son sus décadas que caminan desde la posguerra hasta la actualidad, y ya profesionalmente desde el desarrollismo hasta este periodo en el que Sacristán asume ese rol y ese compromiso: el de ser el último protagonista y testigo de ese ayer que ayer sentimos evocado…

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