¿Se podría decir algo así como que Distrito Apache (Fort Apache the Bronx, 1981) fue el último suspiro del policiaco de los 70? ¿Aquel que se inició en los 60 con títulos como Bonny y Clyde (Bonnie and Clyde, Arthur Penn, 1967) y A quemarropa (Point Blank, John Boorman, 1967)? Lo dudo porque por ahí andaba la más sombría e intimista El príncipe de la ciudad (Prince of the City, Sidney Lumet, 1981), pero lo daré por válido que estas dos producciones cierran el ciclo, pues esa es la impresión que me produce sobre todo esta película dirigida por Daniel Petrie y protagonizada por Paul Newman, una película que parece agotar la fórmula de transitar por la amargura de los 70. No por cansada, sino por un cambio en el paradigma. Soy plenamente consciente de que el cine nació con la ilusión de capturar la realidad (los hermanos Lumière), pero su verdadero nacimiento se produjo cuando se decantó por ser espectáculo de feria, es decir, un negocio que siempre ha priorizado el cine fórmula —el plagio y la imitación fueron fundamentales en su desarrollo—, el producto que mejor funcione, aquel que venda más entradas. En todas las épocas hay excepciones: las buenas películas son las menos. Otra cuestiones como afecta un cambio sociopolítico que, como todo cambio de este tipo, acaba por influir a todo el entorno. El cine no puede escapar a esto, porque, como invención y uso humano, no puede escapar de su tiempo.
En Distrito Apache, Newman da vida a Murphy, un agente de policía maduro y desencantado, quizás por ello no se lleve bien con la autoridad, pero de cuya integridad no hay duda. Aunque decir que fue el último policíaco “setentero” es mucho mal decir, sobre todo si pienso en la transición que supuso Fuego en el cuerpo (Body Heat, Lawrence Kasdan 1981) hacia el “neo-noir” o cuando ahora me vienen a la mente que las posteriores el Manhattan Sur (The Year of the Dragon, 1985), de Michael Cimino, y Distrito 34: Corrupción total (Q & A, 1990), otra espléndida y contundente incursión de Sidney Lumet en el policíaco. Mas lo dejaré así, porque la de Cimino y la de Lumet son islas en el océano de la década de los ochenta (aunque una de ellas sea de 1990), cuando el panorama cambiaba para dar mayor protagonismo a la evasión que definitivamente desterrase de la pantalla el pesimismo de la década anterior. Coincidió con la era Reagan, la que festejaba el “americanismo” y se lanzaba a por todas. “Ya estaba bien de llorar por las esquinas”, pensaría el presidente que, habiendo sido actor, conocería de la A a la Z el mundo del espectáculo y de la actuación. Sobre todo, del espectáculo mediático, el de manejar el discurso en el que se decía A para no decir que se hacía B.
Ese sensacionalismo ya se apuntaba en la década anterior, en cine queda claro en Network (1977), de nuevo Lumet, un cineasta que no rehuía los temas complejos y los exponía sin adornos en films tan potentes como esta sátira sobre la trastienda televisiva. En todo caso, ese afán por crear espectáculo, para evitar el pesimismo pos Vietnam y Watergate, llega a Hollywood de la mano de Tiburón (Jaws, Steven Spielberg, 1975) y dos años después se confirma con el éxito de Star Wars (George Lucas, 1977). Estaba clara la línea a seguir, el cine debía recuperar su capacidad espectáculo, aunque tras la imagen no quedase nada que decir ni que interrogar. Películas como La puerta del cielo (The Heaven Gate, Michael Cimino, 1980) habían demostrado que no era rentable el cine de “autor”, que era mejor volver al cine “fórmula” que dejar un presupuesto en manos de tipos que querían ser nuevos Erich von Stroheim u Orson Welles. Había que controlar la desmesura de los artistas y aligerar los temas. Y esa fórmula también llegó al policíaco de la mano de cineastas como Walter Hill. Su Límite 48 horas (48 Hrs. 1982) o Richard Donner en Arma letal (Lethal Weapon, 1985), que se distancian de esta película de Petrie, escrita por Heywood Gould. El guionista se inició como guionista en la serie policiaca N. Y. P. D. (1967-1969), que enlaza de lleno con la popular serie policiaca Canción triste de Hill Street (Hill Street Blues, 1981-1987), cuyo primer episodio se emitió el 15 de enero de 1981, que pretendía detallar el oficio de policía y su cotidianidad. Eso mismo es lo que pretende ofrecer Distrito Apache, estrenada un mes después de la serie creada por Steven Bochco y Michael Kozoll, aunque la perspectiva del policíaco “realista” se nota aquí agotada, ya carece del empaque y de la amargura de Los nuevos centuriones (The New Centurions, Richard Fleischer, 1972), y también cae en la repetición de la fórmula. Aun así, tiene sus momentos y sus personajes que semejan humanos, no de diseño; por ejemplo el de Edward Asner, que da vida al policía administrativo, el nuevo jefe de una comisaría caótica en medio del caos a la que quiere poner orden. La visión expuesta por Petrie es la del policía como último recurso de dignidad; a la puerta de la comisaría se reúnen ancianos, madres y niños. Es el único lugar donde pueden sentir seguridad. Las calles son espacios para la violencia, las drogas, la miseria, son las vías que recorren Newman y Corello (Ken Wahl), su joven compañero, son espacios que necesitan ángeles de la guarda, aunque también haya diablos como Morgan (Danny Aiello), de quien me pregunto si ya sea demonio antes de tantos años de transitar por el infierno. La pareja protagonista ayuda a una niña de 14 años o salvan la vida de un suicida… De ahí que se comprenda que son algo más que guardianes del orden. Son personas que habitan en la herida y han de servir de tirita que tapone momentáneamente la hemorragia, lo cual no es solución, solo un parche condenado a despegarse y que la sangre precipite de nuevo…

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