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Sueños de engaño (algunas líneas más)

Espero que mañana o pasado, Sueños de engaño. 26 farsas (e) ilusiones de Billy Wilder ya esté listo, por fin, que ya va siendo hora de dejarlo ir. Pero mientras, aquí dejo las líneas que siguen a las anteriores que compartí unos días atrás:


<<Salvo en quienes recaen sus simpatías, Wilder no tiene piedad de los hombres ni de las mujeres que muestra en pantalla brillando por un instante que les aleja de su patetismo, o directamente los presenta sin brillo. Basta recordar al escritor de Días sin huella o a la diva enajenada que desciende la escalera que solo para ella conduce a la gloria, a la invención de una nueva mentira que, asumida verdadera, le permita continuar viviendo en esa falsa ilusión que también abrazan otros de sus personajes. El cineasta sabe que viven en un mundo de luces y sombras, claroscuros que no son externos, que son propiamente humanos. Son tanto del operador de En bandeja de plata (The Fortune Cookie, 1966) como de aquellos que, como su cuñado, quieren dinero o alcanzar el éxito. Para lograrlo, desatan su picaresca, sus embustes, sus artificios, su cinismo, aunque solo logren flotar sobre una piscina de sueños alcanzados, ya inalcanzables.

  Aunque “nadie es perfecto”, algunas películas suyas, no pocas, brillan esplendorosas en su negrura y en su ironía punzante, en su humor corrosivo, en su visión del patetismo humano, del cual Wilder se burla con y sin piedad, aunque lo disimule con chistes y diálogos chispeantes. La acidez y las malas pulgas de este autor, sustantivo que alude el sujeto que hace algo, en su caso cine que entretiene y que no deja títere con cabeza, asoman en la práctica totalidad de su obra cinematográfica. También en las películas que escribió para otros realizadores, cuando todavía no era el guionista que se empeñó en dirigir porque dirigir podía ser divertido. Además, pensaba que el salto a la dirección evitaría que sus historias y sus personajes sufrieran recortes o cambios indeseados; lo cual tampoco era del todo cierto, de ahí que, a partir de El gran carnaval, produjese sus películas. Con ello, iba camino de asegurarse el montaje final, al que pocos en Hollywood tenían acceso, solo los privilegiados, los más taquilleros y los jefazos, que eran quienes tenían el poder de dar y quitar las llaves de los aseos.

  Wilder realizó su primer largometraje en 1933, poco después de arribar a Francia, adonde llegó huyendo del nazismo que se estaba adueñando de Alemania y amenazaba con hacerlo en otros lugares de habla alemana. En esa primera película ya asoma el engaño como recurso de sus personajes y resulta un film atractivo en su perspectiva urbana. Pero Curvas pelígrosas (Mauvaise graine, 1933) apenas tuvo transcendencia en su carrera posterior. Desde aquel primer intento, hasta que volvió a ponerse detrás de una cámara, sucedieron cosas, muchas, tantas que habría que hacer un alto y un curso de historia para hacerse una idea. Mas dejaré la historia para otros, y ahora me centraré, aunque no mucho, en su idea de Hollywood, a donde, probablemente, habría ido de cualquier manera. La ambición de quien trabajase en el cine <<era ir a Hollywood>>, le dijo al crítico Michel Ciment durante una de sus conversaciones. Con apenas lo puesto, con su condición de exiliado y su desconocimiento del inglés a cuestas, sobrevivió a su fugaz paso por la Columbia y por la Fox. Finalmente, recaló en Paramount Pictures y allí permaneció cerca de dieciocho años.

  —Debido a su origen y su formación europea, tal vez por su carácter, por su temperamento explosivo y burlesco, Wilder necesitaba un contrapunto...

  —Y los encontró en Brackett y en Diamond —dijo el estudiante, sin dejar concluir a la joven.

  —Sí —afirmó ella, algo molesta—, fueron los mejores para él. Quiero decir, sus “media naranja” perfectas.

  En el departamento de guionistas de Paramount, Manny Woolf, por entonces el jefe de aquella sección, precipitó el encuentro de Wilder y Brackett, su primera pareja habitual en la escritura de películas. La segunda, Diamond, llegaría hacia finales de la década de 1950, pero este encuentro es otra historia, de cuando Wilder ya era un reputado y exitoso cineasta que producía sus propias películas. Con Brackett escribió los guiones que los auparon entre los guionistas más cotizados. Fueron éxitos que les brindaron una posición de fuerza, a la hora de insistir y pedir que le permitieran debutar en la dirección (por segunda vez, y ya en solitario). Además, lo hizo con éxito, acierto y picardía. Su maestría para disfrazar temas y personajes corrientes, atrapados en su humanidad, asoma con gracia en El mayor y la menor (The Major and the Minor, 1942), su segundo film, su primer largometraje estadounidense y su primera gran farsa, repleta de engaños, de confusión de identidad, de mascaradas, de hipocresía, ingenuidad, deseo y blablablá...>>

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