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La bestia de la guerra (1988)


Aunque las películas de las que parece beber Kevin Reynolds para La bestia de la guerra (The Beats, 1988) sean Orgullo de estirpe (The Horsemen, John Frankenheimer, 1971) y Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979) —de Frankenheimer, el orgullo de quien no se aferra a nada material, pero enraíza en cuanto hay bajo su cielo, el aire que respira, la tierra que pisa; de Coppola, la alucinación y el descenso al infierno bélico—, la presencia de Don Harvey, interpretando dos personajes similares, en los repartos de su film y de Corazones de hierro (Casualties of War, Brian de Palma, 1989), une sin pretenderlo los dos conflictos bélicos que significaron las mayores derrotas de los dos grandes imperios que se impusieron en el siglo XX. A la Unión Soviética le sucedió en Afganistán algo similar a lo que Estados Unidos en Vietnam (y también en el propio Afganistán), que no solo luchaba contra unos aldeanos sin instrucción militar, y peor armados, sino contra una cultura diferente a la suya, una que los invasores desconocían y que, además, consideraban inferior. Ya no se trataba de ideologías enfrentadas, ni de que el gobierno de Kabul apoyase a los soviéticos, de igual modo que el de Saigón hacía lo propio con los estadounidenses. Era una cuestión de entender la guerra, el terreno y el sacrificio al que sus enemigos estaban dispuestos a llegar. Para unos era una cuestión personal, histórica, hogareña; para otros, se reducía a una económica. Vietnamitas y afganos estaban dispuestos a morir, mientras que los soviéticos y los estadounidenses morían por mandato militar y político, pero no estaban dispuestos al todo o nada asumido por sus rivales. Tampoco sus países lo estaban, ya que no podían continuar sosteniendo el gasto y la presión consecuentes a unas guerras que no parecían tener fin. En aquellos años ochenta, aunque la invasión soviética de Afganistán se inicia en 1979, con Breznev en el poder, los soldados del Ejército Rojo no solo se enfrentaban a una guerra de guerrillas en un terreno claramente hostil y desconocido; ni ellos actuaban solo para represaliar a los rebeldes. Aunque bien mirado, más que rebelarse, se negaban al nuevo orden que se les imponía desde fuera…


En una represalia se inicia La bestia de la guerra, situando la acción en 1981, cuando la URSS ya vive su agonía como Imperio, la que deparó su fin. Exhalaba sus últimos suspiros y la lucha contra los afganos era una hemorragia más que no sabían ni podían taponar. En Rambo III (Peter MacDonald, 1988), mucho peor film que este de Kevin Reynolds, que no tuvo suerte en la taquilla, los héroes son los talibanes a quienes John Rambo ayuda, también les estaría ayudando el gobierno estadounidense, con armas y asesores como el coronel Trautman; pero en La bestia de la guerra no hay rastro ni de ayuda ni de héroes estadounidenses. Hay hombres en guerra, la veteranía y el sadismo del capitán (George Dzundza), el conflicto de Koverchenko (Jasón Patric), personaje cuyas gafas pasan por el símbolo visible que hacen evidente su intención intelectual, es decir, la racionalidad en la irracionalidad de la guerra, y el orgullo, la venganza y la tradición de Taj (Steven Bauer), un “pariente lejano” del personaje de Omar Shariff en el film de Frankenheimer. Los primeros minutos establecen esas características, así como ubica la acción en una aldea donde los tanques soviéticos castigan sin piedad. Se trata de una acción sanguinaria y una vez cumplida, se retiran. Pero uno de los blindados se pierde y deambula sobre las arenas del valle que se transforma en una trampa sin salida, pues allí, el cazador se convierte en presa. Mas el enemigo no solo está detrás, se encuentra en ellos… Mas, desde la perspectiva psicológica que dominaba hasta entonces, el planteamiento de Reynolds se viene abajo en su parte final, cuanto hace que la figura del conflicto entre dos mundos se decante por uno de ellos y la película se transforme en buenos contra malos. ¿Es el precio industrial a pagar o un gesto hacia el público mayoritario, para que tenga un héroe al que aferrarse?

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