domingo, 29 de marzo de 2026

Tres mujeres peligrosas (1975)


Otro cineasta popular que, como Monte Hellman, Francis Ford Coppola, Peter Bogdanovich o Martin Scorsese, pasó o empezó su aprendizaje en la factoría Corman —que se caracterizaba por los presupuestos irrisorios y mayor libertad creativa que en las grandes compañías cinematográficas— fue Jonathan Demme, a quien, Julie Corman produjo Tres mujeres peligrosas (Crazy Mama, 1975). Era su segundo largometraje como director, el primero había sido La cárcel caliente (Caged Heat, 1974), producido por Roger Corman, que en este segundo asumía labores ejecutivas. En ambos títulos, Demme concedía el protagonismo a figuras femeninas al límite, fuertes, en busca de su lugar en entornos de algún modo hostiles a ellas, tal como haría a lo largo de su filmografía en Chicas en pie de guerra (Swing Shift, 1984), Algo salvaje (Something Wild, 1986), Casada con todos (Married to the Mob, 1988), El silencio de los corderos (The Silent of the Lambs, 1991) o Beloved (1998). En Crazy Mama las fuera de la ley son tres mujeres de la misma familia, a las que se les une Bertha y tres hombres que las acompañan a lo largo del viaje desde California a Arkansas. Las mujeres Stokes deciden delinquir para recuperar lo que se les arrebató en el pasado. Esa es su justificación moral. Demme lo deja claro al abrir el film en Jerusalem, Arkansas, en 1932, un año antes de Franklyn Delano Roosevelt y su política de la New Deal. Es la época de la Gran Depresión y de la injusticia social que, representada por los agentes de la Ley que defienden los intereses de la banca, confiscan la granja familiar y abaten al padre (y marido) ante la impotencia de la mujer y de la hija. Tras este impacto y tragedia familiar, los títulos de crédito se sobreponen en imágenes que desvelan el paso del tiempo, mientras suena el éxito musical “Dream”, para ubicar la acción en 1957 (tal vez en un permutación numérica similar a la de Orwell en 1984), en el periodo Eisenhower y en los años de la primera revolución del “rock and roll”.


En tierras californianas, Melba (Cloris Leachman), la niña del pasado, ya es madre de una joven que no tiene el menor problema a la hora de mantener una relación con dos chicos a la vez. Esta relación abierta forma parte de la liberación femenina, igual que el empeño familiar por transgredir los límites que las sitúan en desventaja dentro de un entorno que, por mucho cambio de cara respecto a los años treinta, no deja de oprimirlas, de marginarlas y empujarlas a la carretera y a la delincuencia dieciséis años antes que la más elaborada y tramposa Thelma y Louise (Thelma & Louise, Ridley Scott, 1991), que no peor ni mejor; en el sentido de que no hay más opción que pensar lo que sus responsables quieren que pienses. No buscan establecer diálogo, ni ofrecen opciones, mientras que la salida romántica de las heroínas choca con la condena a la que una y otra vez regresarán las Stoker. Dicho con mayor claridad: en la película de Scott el espectador solo puede asentir y admirar; en la de Demme, ni por asomo pretende eso; busca provocar. En apariencia y mito, los cincuenta se presentan como la época dorada del Sueño Americano, en contraposición de la Gran Depresión y de los años 70, cuando, tras el desastre de Vietnam, la crisis del petróleo y el fin de la administración Nixon (el escándalo Watergate fue un mazado de realidad oculta desvelada), se apunta el fin del Sueño y la caída en el pesimismo que la administración Reagan y el Hollywood infantil de los Spielberg y Lucas intentarían espantar porque los tiempos y el sistema buscaba una salida a la sombría cotidianidad en la que se hallaba la sociedad estadounidense. Pero todo sigue girando en torno al dinero, a tenerlo o no tenerlo y quererlo —no es casual que suene constantemente el tema “Money”—, y en ese punto insiste Demme en esta propuesta que, entre rock, rebeldía y sátira, desarrolla un viaje de regreso al origen con un estilo sucio, desenfadado, incluso esperpéntico, muy de la casa Corman —Mamá sangrienta (Bloody Mama, Roger Corman, 1970), El tren de Bertha (Boxcar Bertha, Martin Scorsese, 1972) o Una mamá sin freno (Big Bad Mama, Steve Carver, 1974), entre otros títulos de la Factoría que aprovechaban el filón abierto por Arthur Penn con Bonnie & Clyde (1967)— y también visual y temáticamente emparentada con el Robert Aldrich de la época de La banda de los Grissom (The Grissom Gang, 1971) y El Emperador del norte (Emperor of the Nord, 1973), aunque Demme se decanta por un tono más caricaturesco y alocado...

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