Nadie podría discutir con argumentos que una película como Hombres armados (Men with Guns, 1997) no sea de su director, John Sayles, ya que este también es su guionista, su editor y su productor. Lo único que escapa al control de Sayles no pertenece al proceso creativo. La distribución y la respuesta del público ya obedecen a cuestiones del mercado, del negocio, de la publicidad, de su capacidad de conectar el producto anunciado con el público al que ha de llevar a las salas; pero, a priori, al tratarse de una película ajena a Hollywood y sin actores estrella, aunque la presencia de Federico Luppi le de un plus, será para minorías… La obra cinematográfica es lo que vemos y escuchamos, también el proceso que hay detrás y que desconocemos. No tenemos constancia, menos aún con un “Así se hizo…”, que no deja de ser una sucesión de entrevistas y comentarios preparados para ayudar a promocionar las películas. De manera que el cómo se hizo un film tampoco importa demasiado, puesto que lo que se valora es aquello que vemos y oímos en la pantalla, y lo que queda fuera de campo y lo que se calla, pero en relación a la historia que tenemos delante. Por eso es importante reconocer que el doctor Humberto Fuentes (Federico Luppi) es algo más que lo que dice, es lo que calla y también lo que descubre a lo largo de su búsqueda, la que origina el viaje, y sus posteriores encuentros con los distintos personajes que le salen al camino: un huérfano (Dan Rivera González), un desertor (Damián Delgado) del ejercicio que huye de lo que ha hecho, un sacerdote (Damián Alcázar) que ha visto la ausencia de Dios y la brutalidad humana hasta el extremo de transformarle en fantasma, una mujer muda (Tania Cruz) al borde del suicidio que solo quiere dejar atrás el dolor y estar Cerca del cielo. En este aspecto, Hombres armados es un film quijotesco, en el sentido de que el viaje del doctor, un hidalgo iluso adquiere parte de su sentido en esos encuentros que permiten las historias de los otros, las que nos van desvelando un panorama de miseria y violencia. Todo viaje que merezca la pena, conlleva situarse en un paso distinto al anterior. Y el protagonista dará el paso, transitará de la ignorancia al conocimiento, de la comodidad de la distancia a la cercanía que duele porque su mundo previo era uno construido sobre la ceguera de un bienestar minoritario.
Humberto tiene pasado y ese tiempo pretérito pesa, pero, al inicio de Hombres armados, pesa más su ego, el del doctor e intelectual que asume conocer y por eso, desde su certeza, quiere ver cómo se encuentran sus alumnos, su obra, a los que se envía a lugares “complicados”, que distan de lo que el buen doctor imagina. La enfermedad más letal que allí existe no es de origen vírica, sino humano, pues es el hambre y la violencia de las armas… Humberto nada sabe de lo que sucede fuera de su burbuja, no es una cuestión de ser intelectual u hombre de campo, sino de no querer ver; incluso los turistas estadounidenses tienen una idea más aproximada de la realidad que él, cuando les dice que “eso no sucede aquí”, “que no deben creer todo lo que digan los periódicos”. En otras circunstancias, esto sería una actitud crítica, pero en su caso se trata de defender su idea de que todo va bien, con sus pequeños problemillas. El doctor parte de la ignorancia, la de quien cree saberlo todo, aunque no sepa nada, tal como le recuerda Bravo (Roberto Sosa) cuando se produce su encuentro, uno que lo cambia todo, puesto que le hace dudar si en realidad sabe. La duda es el punto de arranque ideal para iniciar cualquier recorrido, cualquier búsqueda que llevará a otras y a comprender que nadie sabe todo, que todo lo sabe nadie. Pero, más importante aún, es que conlleva interrogantes y ese descubrimiento que hará de Fuentes uno distinto, alguien que ya no dará por seguro y cómodo su mundo. Y ahí Fuentes de humaniza, porque se distancia de los personajes que no están dispuesto a aceptar y asumir su falibilidad y su imperfección. Estos poco tienen de humano, o tienen mucho y lo ocultan para no darse cuenta de que tras cualquier máscara que se pongan (de héroe, de cínico, de sabio, de éxito, de ángel, de diablesa, de tipo duro,…) no deja de ser un ser mortal, con sus heridas y miedos. Ese es el viaje, el dejar de mirarse el ombligo y preguntarse qué es de los demás, que es de aquello que me rodea y no quiero ver. ¿Cuántos de los que vivimos la comodidad queremos saber la incomodidad ajena que podría provocar un cambio en nuestro sentir y trastocar nuestras vidas?

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