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Hampones (1997)


Los años 70 (siglo XX) fue una época que significó para la sociedad estadounidense un despertar al pesimismo que trajo consigo el fin Sueño Americano —el que después volvería a potenciarse— y los frutos de la lucha por los Derechos Civiles mantenida durante los 50 y 60. La segregación racial parecía llegar a su fin o, al menos, se reducían las distancias todavía existentes. En el cine esta situación se dejó notar. Fue la época del blaxpoitation, un cine de acción que estaba sobre todo hecho por y para la comunidad negra, que así obtenía sus héroes (interpretados por Richard Roundtree o Fred Williamson), sus heroínas (a las que dieron vida Pam Grier o Tamara Dobson) y sus entornos urbanos representados en la gran pantalla; pues, desde los orígenes de Hollywood, habían vivido una situación de ninguneo o de ser tratados como meras comparsas cinematográficas en películas como Lo que el viento se llevó (Gone to the Wind, Victor Fleming, 1939). Pero aquel momento puntual de los 70 se difuminó con la llegada de Ronald Reagan al poder. ¿Qué fue una coincidencia? ¿Qué la fórmula se había agotado? ¿O que la industria cinematográfica asumía un nuevo paradigma en su modo de producción? En los ochenta hubo títulos como El color púrpura (The Color Purple, Steven Spielberg, 1985), las películas con Eddie Murphy o el Danny Glover de Arma letal (Lethal Weapon, Richard Donner, 1987), pero fue a partir del éxito de Tiempos de gloria (Glory, Edward Zwick, 1989) y el fin de la era Reagan cuando se vivió un antes y un después en el cine hollywoodiense que generalizó el consumo de estrellas negras y su protagonismo en grandes producciones destinadas a todos los públicos…


Lo que había sido una excepción en los sesenta con Sidney Poitier, una de las grandes estrellas cinematográficas de la época, aunque su posición dentro de la industria era una excepción, Harry Belafonte o, en menor medida, Woody Stroode, cuando John Ford le dio el protagonismo de El sargento negro (Seargent Rutledge, 1960), se convirtió en hábito a partir de los Denzel Washington, que había ganado el Oscar al actor de reparto por su personaje en el film de Zwick; Morgan Freeman, cuya carrera profesional ya superaba las dos décadas cuando enlazó dos títulos fundamentales en los 90 —Cadena perpetua (The Shawshank Redemption, Frank Darabont, 1994) y Seven (David Fincher, 1995)—; Wesley Snipes, que se había convertido en uno de los héroes de acción capaz de competir con Sylvester Stallone; Whoopi Goldberg, que había sido galardonada con el Oscar a la mejor actriz de reparto por Ghost (Jerry Zucker, 1990) y reventado la taquilla con Sister Act (Emile Ardolino, 1992); Will Smith, que había alcanzado el éxito como cantante y en la serie El príncipe de Bel-Air; Eddie Murphy, que ya era una estrella mediática por entonces; e incluso Lawrence Fishburne, cuyos roles secundarios se pueden rastrear en grandes como Apocalypse Now (1979) o La ley de la calle (Rumble Fish, 1983), ambas dirigidas por Francis Ford Coppola. Los nombrados y muchos más se convirtieron en estrellas habituales para todos los públicos; y fue entonces cuando, de algún modo, empezó a reivindicarse la importancia de la minoría negra en la historia estadounidense. Por ejemplo la biografía de Malcolm X (1992) dirigida por Spike Lee, un director que nunca ha dejado de hacer cine al tiempo racial y universal. El cine comercial empezó a potenciar esa recuperación, no por generosidad ni por saldar una deuda, tampoco por altruismo, sino por el negocio en sí, pues Washington, Smith, los hermanos Wayans, Jamie Foxx, Halle Berry y otros eran reclamo para la taquilla, lo que ampliaba el repertorio y las posibilidades de las productoras…


Había que rescatar personajes del pasado para desvelar y demostrar que habían estado ahí, formando parte de la historia estadounidense. Pero ese rescate resulta un tanto complicado en un país sin apenas historia, es decir, que se trate de un país joven. Esto conlleva que se busque en lugares tan ambiguos como la criminalidad en la que brillaron los Al Capone, Lucky Luciano o Dillinger, personajes que pasaron de gánster a mito gracias, en buena medida, al cine y el imaginario popular. Pues ahí, en esa criminalidad encuentra Bill Duke su personaje para Hampones (Hoodlum, 1997), una película de la que no me interesa hablar porque solo diría más de lo mismo; que, en sí, es lo que me aporta el film. Sin embargo, desde eso otro aspecto, el del cambio y la reivindicación es un ejemplo que muestra esa intención de señalar que también la comunidad negra estaba ahí, desde el origen de la nación, aunque la historia oficial pareciese empeñada en negarlo. Por eso el “Bumpy” Johnson interpelado por Fishburne, un delincuente de Harlem que medra a la sombra de “la reina” (Cicely Tyson), se muestra como el héroe de la lucha racial, aunque se pretenda dotarlo de una capa de conflicto. Mas resulta que, por mucho que Bill Duke insista en ese aspecto (aunque sin expresarlo abiertamente), el modelo que le inspira carecía de un discurso sociopolítico y de una “lucha” civil por la igualdad de Derechos como la de asumidas por Malcolm X, Martín Luther King —ambos muy distintos, pero que encuentran una influencia común en el jamaicano Marcus Garvey— o mismamente del escritor James Baldwin. La de “Bampy” no sería la integración ni la igualdad, sino la búsqueda de dinero; lo cual también es muy estadounidense…

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