sábado, 28 de febrero de 2026

Sueños de engaño (algunas paginas más)



Si todo marcha según lo esperado, lo cual raramente suele suceder, lo que le da un plus de intriga a la vida, la próxima semana habré concluido la enésima corrección del texto y publicaré “Sueños de engaño. 26 farsas e ilusiones de Billy Wilder”. Aquí os dejo las páginas que siguen a las compartidas hace unos días:


<<Las líneas anteriores las anoté con la esperanza de que me ayudasen a encontrar un inicio para este texto, pero solo me llevaron a repasar, con la palma de la mano, mi barba de cinco días y mi pelo corto, mucho, alguien me lo habia tomado tiempo atrás. En ningún caso me servían de introducción. Supuse que tampoco me valdría hablar de la araña que, sin prisa, escalaba la pared de mi cuarto, exagerando sus movimientos de alpinista, ayudada por ese resistente material de fabricación propia que empieza a verse en las esquinas de la habitación. Bonita trampa, le dije, ¿cuál es la mía?


Tras unos minutos contemplando el vaivén de sus movimientos, aparté la atención de aquel hipnótico arácnido y continué repasando la conversación de la que había sido testigo. Recordé que una de las voces había dicho: <<Soy experto en sueños de engaños. Lo soy porque he olvidado cómo se vive en la realidad, si es que existe una para todos. Como lo ignoro, he intentado crear una alternativa. Tal vez, debido a ello, me haya decantado por el cine y no por estudiar filosofía o alguna filología. Sin embargo, esto me ha llevado a un callejón sin salida cuya entrada ya está cerrada. Mi única opción es tirar el muro y ver qué hay detrás; o delante, si es que estoy al otro lado>>. Ese tirar el muro emparenta aquella voz del bar con algunos de los personajes de Wilder, que se encuentran atrapados en situaciones que se complican más y más, porque su realidad es el muro que pretenden derribar para seguir adelante y alcanzar las metas que se proponen, sin poder prever adónde les conducen sus pasos y sus golpes. Reflexionando, creí encontrar la línea a seguir para dar forma al texto, pero a los cinco minutos dudé y me planteé si yo mismo no me encontraría atrapado en una situación similar; o si, en general, no sería como los hombres y mujeres que asoman en la pantalla: reflejos y caricaturas de las medianías que somos y que deseamos dejar de ser. Y para lograrlo, engañamos, inventamos, soñamos.


Me aferro al <<nadie es perfecto>> de Izzy Diamond, el que Wilder guardaba en el cajón mientras ambos decidían la frase final de Con faldas y a lo loco (Some Like It Hot, 1959). Resulta una frase tan evidente, de las oraciones más sencillas que podrían leerse pintadas en la puerta de un aseo o escucharse en un bar. Ciertamente, no sorprende que sea de las más certeras y recordadas de la historia del cine. También es una de las más irónicas y absolutas, pues ¿quién puede discutir la validez de tres palabras que, uniendo en la misma frase negación, afirmación y atributo, vieron la luz casi sin querer? Palabras que, pronunciadas por Joe E. Brown al final de la farsa, definen a la perfección la visión que Wilder tenía del ser humano. Pero hay otra frase, expresada por Barton Keyes en Perdición (Double Indemnity, 1944), que define sus películas. Es un instante que desvela la imperteccion humana y la proyecta en espacios sin héroes ni heroinas, sin vencedores y con derrotados. Keyes le dice a Walter Neff que <<esos papeles son mucho mas que simples formularios>>. Mas que reclamaciones, «son algo vivo»>, son las vidas de los hombres y las mujeres que investiga. Esos formularios <<están llenos de dramas, de retorcimientos, de sueños de engaños>>. Son los individuos que reclaman su indemnización, su porción de cielo. La mayoría manipuladores y manipulados, hombres y mujeres corrientes a quienes el investigador descubre engañando y engañándose. Esos sueños de engaños también son los films de Wilder, en los que desnuda a sus protagonistas y los muestra en su peor y su mejor versión, pues los expone humanos; e insiste en ello, aunque lo haga en forma de comedia, drama o cine negro, pues esos sueños son la vida misma, la que cada uno sueña y vive distinta, al menos así lo creen. Tal vez lo sueñen, quizás se engañen.


En todas sus obras, salvo en El héroe solitario (The Spirit of St. Louis, 1957), desvela aspectos individuales y sociales, comportamientos y moral variables, farsas, hipocresías e ilusiones que surgen de ambiciones que, pequeñas o grandes, deparan fracasos o éxitos momentáneos, victorias pírricas; en el caso del directivo de Uno, dos, tres (One, Two, Three, 1961), la botella de cola inesperada. Sus comedias divierten destapando el deseo y la crisis que la vecina de La tentación vive arriba (The Seven Year Itch, 1955) despierta en el Rodríguez de abajo, la doble fidelidad del matrimonio de Bésame, tonto (Kiss Me, Stupid, 1964) o el adelante a la vida de la luminosa dependienta y del gris ejecutivo durante su breve y colorista idilio italiano en Avanti! (1972).


La mirada de Wilder es certera, irónica, hiriente, a veces insensible, otras, todo lo contrario, pero casi siempre desnuda la imperfección de inolvidables medianías: el generoso oficinista (y arribista) de El apartamento (The Apartment, 1960) o los ambiciosos periodistas de El gran carnaval (The Ace in the Hole, 1951) y de Primera plana (The Front Page, 1974). A ninguno le cuesta engañar, mentir o dejarse engañar. Saben que todo vale en sus fantasías, en sus caminos hacia el éxito o hacia el fracaso. En su necesidad de escapar, aunque no puedan hacerlo de sí mismos, la mentira forma parte de ellos, de Wilder, de ti, de mí; y todos nos consolamos y escudamos tras ese <<nadie es perfecto>> que igual sirve para un roto que para un descosido. Ni siquiera el famoso detective de La vida privada de Sherlock Holmes (The Private Life of Sherlock Holmes, 1970) resulta infalible, ni ajeno a caprichos y situaciones que escapan a su control, aunque roce la perfección lógica que Watson mitifica en sus publicaciones. Ningún personaje escapa a la ilógica, ni al absurdo, tampoco a las intenciones de quien mueve los hilos y sella sus destinos y los sueños de engaño: búsqueda y anhelo de bienestar, placer, beneficio, amor, sexo, dinero, fantasía. Huyen de la "cadena perpetua" a vivir la cotidianidad que desmiente la promesa del sueño americano. Obtienen resultados agridulces o simplemente inútiles. Salvo cuando le sale la vena más “romántica”, no hay triunfadores, ya no hablemos de héroes, aunque el cabo de Cinco tumbas al Cairo (Five Graves to Cairo, 1943) se convierta en uno a la fuerza, empujado por la necesidad del momento, y venza con sus artimañas al Rommel interpretado por un imponente Erich von Stroheim. Según Wilder, Stroheim iba diez años por delante. Mas tal afirmación contrarió al responsable de Avaricia (Greed, Stroheim, 1926), que le aseguró que eran veinte. Tampoco vamos a discutir por una década de diferencia; mejor ser caraduras como la pareja de travestidos de Con faldas y a lo loco, que escapan de los mafiosos y abrazan un final feliz: su sueño al lado de sus respectivas medias naranjas. Y digo sueño porque el cineasta no cierra las puertas a las imperfecciones ni a futuros fracasos en la realidad que sigue. ¿Quién sabe? Pero hasta ahí llega la historia cinematográfica.


Queda claro, o así me lo parece, que sus personajes son falibles, cercanos, reconocibles. No están a salvo de la lucidez ni de la chispa del genio que disecciona al individuo y al espacio que ocupan para mostrar sus entrañas morales e inmorales. Lo hace con suma gracia, tal vez sin la elegancia de Ernst Lubitsch o de Michael Leisen, pero con igual o superior maestria, a la par de la de Preston Sturges, el director de comedia más exitoso del Hollywood de la primera mitad de la década de 1940.


Wilder pobló sus películas de soñadores ingenuos y fantasiosos como Sabrina, Ariane, Pamela Piggott o la pareja de Irma la Dulce (Irma la Douce, 1963), de calculadores y letales como los amantes de Perdición, de autodestructivos como el escritor alcohólico de Días sin huella (The Lost Weekend, 1945) o de la inolvidable y espectral Norma Desmond. Pero todos tienen en común que mienten y se mienten, como sucede con quienes acompañan a Norma en su ocaso, con los prisioneros del Stalag 17 o con los farsantes que se citan en el tribunal de Testigo de cargo (Witness for the Prosecution, 1957). En definitiva, estoy tentado a repetirme y decir que son fruto de ambiciones, fantasías, miedos, deseos, pasiones,... también de la supervivencia en la mediocridad y del encierro que transciende el plano físico, del cual pretenden escapar para abrazar esos sueños, quizás americanos o quizás universales, que no son más que terrenales y mundanos. Y por pequeñas o grandes que sean las porciones que creen les corresponde, para conseguirlas no dudan en transgredir límites, en mentir, engañar, falsear.>>


Antonio Pardines: “Sueños de engaño. 26 farsas (e) ilusiones de Billy Wilder”.

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