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Anatomía de un hospital (1971)


La Sanidad es uno de derechos sociales y de los muchos problemas del día a día en el hospital neoyorquino donde el doctor Herbert Bock (George C. Scott) ejerce de jefe médico y donde también se evidencia su crisis existencial, la que le lleva a plantearse diversos métodos de suicidio. Mas, si quisiera realmente terminar con su vida, no lo tendría que pensar demasiado, ni le resultaría en exceso complicado. Le bastaría con enfermar e ingresar en ese centro hospitalario en el que las negligencias médicas y las confusiones quedan señaladas desde el inicio del film, cuando la voz de Paddy Chayefsky (en la versión original) cuenta las circunstancias y las fases que condujeron a la muerte de uno de sus pacientes, pero, sobre todo, remarca que esa muerte deja una cama libre en un centro hospitalario que no da abasto porque ni la administración ni el personal están a la altura de lo que podría considerarse un sistema sanitario ejemplar o, cuando menos, eficiente. Esa cama libre la aprovecha el doctor interino que se equivocó con el anterior paciente, pues tiene la costumbre de perseguir a todas las enfermeras y liarse con las que pueda. También se equivocarán con él, cuando dos enfermeras lo confundan con un paciente y le administren un suero que acabará con su vida. Así se inicia Anatomía de un hospital (The Hospital, 1971), una sátira sobre el precario sistema sanitario en Estados Unidos, un país que se supone desarrollado pero cuya sanidad pública parece expresar lo contrario...


Esta ácida radiografía parte del ingenio creativo y crítico de Chayefsky, a quien los títulos de crédito anuncian en grandes letras, señalando que se trata del autor y máximo responsable, lo cual no deja de ser una rareza en el cine, medio en el que suele atribuirse la autoría al director. Que se reconozca a un guionista como el máximo responsable de la película no deja de ser una rareza, incluso si se trata de escritores de prestigio. Pero Chayefsky, aparte de prestigio, tenía el poder suficiente para imponer que no se cambiasen sus guiones, salvo que el lo consintiese. Así, logró el mismo control que ejercía en el teatro con sus libretos, pues en el ámbito teatral el autor del texto es el máximo responsable de la obra; lo cual no deja de tener sentir, si uno piensa que el dramaturgo o el comediógrafo son quienes originan la posibilidad de crear. De modo que este prestigioso escritor, a quien se deben los guiones de Marty (Delbert Mann, 1951), El banquete de bodas (The Catered Affair, Richard Brooks, 1955) y, sobre todo, la magistral Network (Sidney Lumet, 1976), pensaría que si el texto era la base del teatro, también tendría serlo en el cine y que, por tanto, el guionista tendría la última palabra. Y esto se cumplió claramente en Anatomía de un hospital, en cuyos créditos iniciales el nombre de su realizador, Arthur Hiller —que ya había dirigido un texto de Chayefsky: La americanización de Emily (The Americanization of Emily, 1964)—, asoma en letras más pequeñas que las de George C. Scott, quien un año antes había rechazado su Oscar al mejor actor por su protagonista en Patton (Franklyn J. Schaffner, 1970), y Chayefsky, uno de los guionistas más reputados de su época, que también asumió en esta comedia labores de producción…

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