martes, 24 de febrero de 2026

Twister (1996)


A veces el cine me hace verme proyectado, no en la pantalla, pero sí en una situación en la que me recuerdo y me comparo en distintas épocas. Esto me sucede con una película como Twister (Jan de Bont, 1996), que ya en el momento de su estreno no me aportó nada, salvo aburrimiento. Pero fui a verla  tras Speed (Jan de Bont, 1994), que me había gustado —y no continua gustándome—. Siendo más claro, acudí al cine porque en ese instante de mi vida era otra persona, y miraba, buscaba y encontraba otras cosas, las de aquella otra mente en evolución-involución. Eso es todo, no es que fuese mejor ni peor, ni la época ni yo mismo, es que éramos otros, aun siendo los dos la misma persona. No se trata de desdoblamiento, sino de ser; y ser implica no ser, porque a cada momento nos construimos y nos destruimos para seguir siendo uno mismo. Hoy, al volver a verla solo me quedé eso, pues mi valoración de la pelicula sigue siendo si no la misma, sí una similar… Pero también me dije que la introducción estaba más que preparada, que su textura era igual de falsa que un billete de 6 euros, que estaba ahí para dotar de un fantasma emocional a la protagonista (Helen Hunt)… Hay algo de Howard Hawks en este film de acción cómica: el trabajo, la familia laboral, pero sin la camaradería que Hawks sí sabe establecer en sus películas sin necesidad introducir personajes que no parecen de gritar y de hacer aspavientos para exclamar ¡qué guay soy!, o de una partitura a lo Hans Zimmer (aunque el fondo musical sea obra de Mark Mancina) que no deja las imágenes ni a sol ni a sombra…


Lo que puedo decir sobre Twister, tras haberla visto de nuevo, es que se trata de una comedia, o que hay que verla como tal, para malamente aceptar su ridículo o su propuesta de perseguir el dedo de Dios, a quien al concederle el dedo se lo humaniza, algo que ya Miguel Ángel y Jesús se empeñaron en humanizar con algo más de calidad… ¿O lo que de Bont nos propone es para impresionarnos? Si es así, le diría <<Mira que la mayoría tenemos veinte dedos, y la que se puede armar…>> Pero mi idea de comedia se hace más plausible cuando veo aparecer a un equipo de malos, el de Cary Elwes, con sus coches vestidos de negro y su tecnología a la última. En todo caso los personajes de Hawks, que se jugaban la vida a cada segundo, no necesitaban presumir que eran súper hombres, solo eran hombres en trabajos excepcionales que les apartaba de los cotidianos de oficina o de calle, pero aceptaban que también era su rutina, su deber, por el que les pagaban. Hawks mostraba profesionales en situaciones creíbles que les apartaba de esa rutina dentro de lo espacial, de Bont no sabe aunar su grupo, sus miembros suenan a clichés y sus relaciones no logran ocultar la ausencia de ellas…


No hay encanto en forzar situaciones y emociones, la pelicula las redunda. pasa de un instante musical y, de repente, se para la música de los coches para que hablen los enamorados; tiempo después otra vez y las exclamaciones de que ellos están vivos (por su trabajo al límite), pero cuántas veces al año existe una situación así. En la mina de ¡Qué verde era mi valle! (How Green Was My Valley, John Ford, 1940) era a diario y sus mineros caminaban sucios y cabizbajos: no eran superhéroes, no decían que lo fuesen, sino personas condenas a hacer un trabajo. Por ejemplo, este film de Jan de Bont carece de épica, de nervio, que sustituye por el ruido y el espectáculo de un tornado que quiere que pase por Tiburón o Godzilla. Para el cine, la catástrofe es el gancho para introducir los efectos de última generación y la sensiblería que se hace pasar por sensibilidad y humanidad, pero la tragedia no golpea como sí se descubre en la mina fordiana o en la apartada Barranca de Hawks. Al final no es una cuestión de esta o de aquella época, sino de sus jugadores. La evolución del cine no es temporal, aunque los envoltorios cambien, pues antes también había un montón de películas vacías de hecho, lo eran su mayoría. Es, más que nada, debido a ese cambio de cineastas —incluso en los mandamases, que pasaron de ser los tiranos de los estudios a organizaciones impersonales, basadas en los datos y probabilidades—, si uno piensa que la industria siempre ha primado su producto, no la obra de arte…

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