El interés de Carlos Rojas por la guerra civil española (1936-1939) recorre su obra literaria, pero no sentencia, ni trata de acusar ni de señalar terrenos comunes, ni de imponer una visión reductora, sino que introduce interrogantes, dudas, monólogos interiores que le posibilitan reflexionar y profundizar en cuestiones que no tiene intención de hacer de ellas la puerta hacia una mera pose, ni progresista ni conservadora, que pueda granjearle las dos grandes bazas para las ventas: el aplauso y el rechazo visceral, dos polos opuestos en apariencia, pero que si se observan tiene numerosos puntos que los acercan y casi igualan. Como cualquier intelectual que se precie, Rojas no precisa quedar bien con su época, sino hacerle ver sus distintos reflejos en el espejo que pueden ser sus libros. No busca adeptos ni consumidores para hablar de sus buenos y de los malos de otros. No, por fortuna, Carlos Rojas no buscaba el aplauso masivo, se dirigía a lectores con la capacidad de detenerse a pensar. No era “viral” porque la mayor parte de la época que le tocó vivir no sabía de “viralidades”, aunque hubiese divos y tantos individuos como ahora en la creencia de poseer la verdad. Siempre han existido los dogmáticos, las medias verdades, las visiones sesgadas del mundo. Es inevitable, por la sencilla y compleja razón de que somos así. Mas, ¿cuál es la verdad, sino la suma de sus distintas posibilidades? Dudo que la verdad, sea cual sea, pueda reducirse; y estoy convencido que, de poder simplificarla, no convendría porque en el proceso perdería su esencia verdadera y nacería su esencia subjetiva, la de aquel que la reduce a esto o aquello para ponerla a su servicio. La verdad no puede someterse al capricho de un solo individuo o de un grupo, pues, entonces, dejaría de serlo…
Toda verdad es más compleja, contiene diferentes capas y componentes que le dan su totalidad. Rojas sabía que nunca podría alcanzar un total que nos explicase y explicase para gusto de todos. De modo que escogió reconstruir la intimidad y el examen de conciencia de distintas voces (la del último presidente de la Segunda República, la de Federico García Lorca o la del fundador de Falange) y, desde ellas, intentar comprender; puesto que el conocimiento se alcanza en la duda. Algunos de sus títulos más reconocidos, tal que Azaña o Memorias inéditas de José Antonio Primo de Rivera, son buenos ejemplos de ese intentes por la historia, en realidad por los personajes en la historia que lo cuentan en los libros de texto. Sería algo así como la intimidad de la historia, un lugar imaginario y aislado en la que los personajes piensan e intentan encontrar respuestas, incluso encontrarse a sí mismos. Pero en ¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte! Salamanca, 1936, se distancia del “alma” de los personajes. Los observa ya desde fuera, así que toma las figuras de Unamuno y de Millán Astray —y el ya popular cara a cara en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca— para volver su mirada a ese conflicto fratricida, uno de tantos que se ha dado en España y en el mundo, para hablar de dos posturas, la intelectual y la militar. Mas, lo dicho, lo hace escogiendo una apariencia literaria más común a lo que se espera de una biografía y de la crónica de un momento. En todo caso, no voy a detenerme en señalar aciertos y defectos narrativos de Rojas, que tiene ambos, porque lo que intento explicar en estas líneas no versa sobre el escritor en sí, ni sobre el libro que me sirve de excusa para pensar, sino en como se posiciona a la hora de escribir sobre esta o aquella verdad; en saber dudar y en la disposición de buscar, incluso descubriendo que las verdades que dábamos por hecho solo eran nuestra querencia de que fuesen verdad. De ahí la importancia de dejar fluir el pensamiento, en donde no hay transición, sino que las ideas, los interrogantes y las posibilidades, fluyen sin más límites que la mente de quien piensa. Y ahí, en esa interioridad no hay que confundir cultura y pensamiento. No hay duda que la cultura sea popular —ni que los distintos pueblos de la historia sobreviven y se extinguen en su conjunto; las causas daría para un libro—; de hecho, de no haber un pueblo no habría una cultura. Lo que ya es distinto son los pensamientos que se salen de la norma y que hacen evolucionar e involucionar a las distintas sociedades (y cuanto les dan sustancia), pues suelen empezar como “islas”, incluso suelen ser marginados (incluso perseguidos) hasta que acaban formando parte de lo común. Mas llegado a este punto me entra la sospecha de que el conjunto solo lo acepta y lo adapta cuando ya se lo dan servido, tal vez porque pensar no sea una característica popular —me refiero a que se pueda hacer en masa, en la que sí puede repetirse eslóganes y dogmas—, sino personal e individual, fruto de un denso juicio. De lo que concluyó que todo esto da para pensar, aunque lo único que creo saber al respecto es que esa densidad es única a cada autor. De ahí que considere la idea de la isla y la de que no hay masa que haya creado un pensamiento original, sino que ha asumido y colonizado los creados por individuos concretos.

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