Cada país tiene sus guerras y resulta lógico que su literatura y su cine hablen de ellas. Incluso, se hace necesario volver la vista atrás transcurridos los años desde entonces, cuado se trata de realizar un ejercicio terapéutico que exorcice fantasmas y ayude a cicatrizar las heridas que todavía sangran o corren el peligro de reabrirse. La primera secuencia de Quo Vadis, Aida? (2020), con su música de fondo y los rostros tristes en un primer plano, parece que quiere condicionar los sentidos de quien la ve y escucha, es decir, intenta situarte, que no sensibilizarte, antes de que se desvele el dolor y el horror que Jasmila Zbanić aventura en la siguiente escena de su película, un dolor y un horror que se comprende fruto de la guerra, un conflicto que conlleva la posibilidad del genocidio. Pero dicho conflicto no solo es el presente, sino parte del pasado, ya desde el siglo XV, cuando Serbia y Bosnia fueron anexionadas al imperio Otomano, que iniciaba su expansión hacia occidente tras la caída de Constantinopla; y puede que del futuro de los Balcanes, en concreto de Bosnia, donde dos mundos, el cristiano y el musulmán, el serbio y el bosnio se alejan y acercan desde siglos atrás. En Un puente sobre el Drina, Ivo Andrić novela ese desencuentro y encuentro entre serbios y bosnios, entre cristianos e islámicos, al ser Bosnia un paso entre dos mundos que se rechazan aunque inevitablemente se atraen y formen parte de un origen similar, de influencias eslavas y greco-hebraicas.
No existe la guerra justa, pero todas tienen en común que son sucias y criminales. Claro que hay aquellas que se dicen que “son necesarias” o de liberación, como se apuntó la II Guerra Mundial, aunque se velen sus aspectos sucios o hubiesen sido conflictos evitables tiempo antes de que estallasen. Pero si estallaron, ¿cómo habrían podido ser evitables? Hay preguntas que no encuentran una respuesta sencilla, incluso es probable que no tenga ninguna o todos sus contendientes tenga una que quieren imponer. ¿Es posible el diálogo? ¿Cómo se llega a un conflicto armado? Es incuestionable que este llega de un tiempo anterior, a menudo más distante de lo que se pueda ver a simple vista. Lo seguro es que la guerra es el extremo armado de contiendas anteriores sin resolver. No nacen de un generación espontánea. Mas una vez en lucha, ¿quién gana? En los conflictos armados solo cambia los rostros e incluso quien un día fue víctima puede ser verdugo. Todos podemos ser lo uno y lo otro; lo llevamos dentro. Pero Quo Vadis, Aida? no habla de interioridades, aunque trate del sufrimiento, del miedo, de la irracionalidad y de la imposibilidad humanas en un instante límite, cuando toda una ciudad bosnia vive el terror que implica la llegada de las tropas serbias en julio de 1995. Son civiles, mujeres, hombres, niños, son personas que abandonan sus hogares en busca de refugiado en el campo de los cascos azules de la ONU, pero miles quedan fuera. No hay espacio para ellos, ¿quién decide quién entra o queda fuera? Pero la pregunta es qué hace la ONU ahí, si la matanza continúa, como se observa en la ejecución del alcalde. ¿Es solo una apariencia internacional? ¿Una imagen de la política mundial? ¿Una que limpia conciencias en el “primer mundo”?
La población abandona Srebrenica empujadas por el miedo. El éxodo es masivo, ¿quién se quedaría sabiendo que no está a salvo? La amenaza del crimen, el campo de refugiados, la negociación, la impotencia de los oficiales de los cascos azules, la carestía de medicinas y alimentos, suman la realidad hiriente de quienes huyen en busca de refugio, pero la mayoría no puede acceder a él porque los cascos azules cumplen órdenes. Esa realidad hiriente es la que ya no parece afectar al mundo, salvo en la foto, a quien la conoce en la distancia del hogar, después se olvida y la mayoría de las personas continúan con su bienestar. Sin embargo, hay una minoría que se compadece, que se implica, que ayuda más allá de la pose. Alguien así serían los voluntarios de Un día perfecto (Fernando Léon de Aranoa, 2015), que dejan sus hogares y viajan a los vacantes para prestar su ayuda. Algo similar hace Aida (Jasna Djuricic), pero con la diferencia que ella es de allí e intenta ser un puente de diálogo, más sin éxito. Ella conocía un pasado en el que la cotidianidad no era el terror: ahora ejerce de traductora de los cascos azules y debe negociar para que dejen entrar a su familia en el refugio donde poco después entra un grupo de soldados serbios para comprobar que allí no hay soldados bosnios. Ha llegado la hora de la victoria serbia, cuyo objetivo es ocupar el espacio bosnio. Por eso el general les dice en la negociación que tienen dos opciones: sobrevivir o desparecer. La primera implica aceptar las condiciones que impone y la segunda se abre a otras dos posibilidades: morir o irse. Los serbios han “ganado” y ahora quieren su premio y sus represalias…

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