<<No hay construcciones fortuitas, separadas del medio humano en que han crecido y de sus necesidades, deseos e ideas, así como no hay líneas arbitrarias ni formas sin motivo en arquitectura. Pero el origen y la vida de cada construcción grande, hermosa y útil, tanto como su relación con la aglomeración en medio de la cual ha sido levantada, llevan con frecuencia implícitos ciertos dramas e historias complicados y misteriosos>>. (1) En su novela Un puente sobre el Drina, Ivo Andrić traza una línea temporal, histórica y humana que no es recta, pues, como todo devenir es sinuoso, a menudo subterráneo y enrevesado. Digamos que es algo así que como un río cuyas aguas pueden fluir suaves o salvajes, dependiendo de la crecida, pero se trata de un río del que apenas sabemos más de lo nos muestra al paso por nuestra localidad. La historia de cualquier pueblo y lugar es similar al curso de esa corriente fluvial. De ella solo recordamos las etapas más relucientes, aquellas que se nos muestran en dos o diez líneas en los libros de texto o las que se convierten en parte de la leyenda de lugar, del folclore que, igual que la historia, olvida, tergiversa y fantasea, con lo que esto supone. Siguiendo esa línea histórica trazada por el autor de origen bosnio, nacido en Dolac, cuando formaba parte del Imperio Austrohúngaro, que fue el que llegó a los Balcanes en el XIX para sustituir al Otomano, Andrić inicia su novela introduciendo la leyenda, antes de pasar a novelar la construcción del puente, estructura física y a la vez simbólica, puesto que no solo permite el tránsito, el comercio o implica la unión entre dos puntos, sino también entre dos mundo y sus ideas, las cuales suelen chocar porque toda idea humana, tan formada en dogma, quiere prevalecer sobre cualquier otra…
El puente, nos dice el escritor, fue ordenado construir por un visir turco de origen bosnio. Esto sucede a inicios del siglo XVI y las paginas fluyen como ese río que a menudo desborda; fluye desde entonces hasta comienzos del XX, cuatro siglos en los que se descubre que todo cambia, un mismo río nunca lleva la misma agua, y nada lo hace, aquí sucede lo mismo que observar el gatopardo cuando vive la reunificación de Italia. La línea trazada por serbios y bosnios, la que si bien en la novela concluye en la Gran Guerra, continua en la realidad histórica hasta nuestros días. Esa línea pasa por la dictadura de Tito, que fallece en 1980, por la caída del comunismo, que había mantenido a raya, con mano dura, las diferencias y esas heridas del pasado que sangran en el presente de la guerra de los Balcanes (1991-1999), una guerra cuyo origen puede situarse mucho antes de su estallido físico. Sin ir más lejos, podría situarse en ese primer momento en el que Andrić desarrolla la construcción del puente que le sirve de excusa para hablar de dos mundos tan cercanos como lejanos, donde todo cambia y nada lo hace, pues no se trata de la apariencia ni de la forma de las cosas, sino de aquello que ya se siente endémico y que continúa sobreviviendo al paso de los años y de los siglos, puesto que sigue latente y, a veces, se exterioriza y desborda como un rio en crecida inesperada o un volcán submarino que entra en erupción. Es la exteriorización de sentimientos e intereses de cien años atrás, que continúen cien años después y deparan que resurja un conflicto que no trata de ajustar cuentas, sino de someter al más débil o de liberarse del fuerte…
Algo así sería el caso del fluir histórico serbio-bosnio desde que ambas corrientes entraron a formar parte del imperio Otomano tras la batalla de 1381. Desde aquel final del siglo XIV, cuando se inicia el expansionismo turco y se trata de islamizar los Balcanes —hasta entonces formaban parte del área de influencia de Bizancio—. Sin embargo, los serbios mantuvieron su religión Ortodoxa, puesto que su Iglesia era fuerte y estaba organizada, lo que permitió la supervivencia de su cristianismo. Todo lo contrario que los bosnios, que, debido a su desorganización eclesiástica y al aceptar su nobleza los privilegios dados por el sultán a quienes se convirtiesen, hicieron un tránsito más rápido y real que el serbio. Ese momento marca una inflexión que en Un puente sobre el Drina ya se observa desde sus primeras páginas la presencia de esas dos religiones que más que convivir en paz o vivir en guerra a lo largo de los siglos, se ven obligados a ser en un mismo espacio donde su conflicto no deja de sangrar. Lo de los croatas es otra historia, ya que asume germanidad y esto les llevó a aliarse con Hitler durante la Segunda Guerra Mundial. Momento en el que el agredido eran los serbios y ahí si quedó uno resquemor que explotó en la década de 1990. En Un puente sobre el Drina, ya se novela, con brillantez, ese desencuentro y encuentro entre serbios y bosnios, entre cristianos e islámicos, entre occidente y oriente, al ser Bosnia un paso entre ideas y sentires que se rechazan aunque inevitablemente se atraigan tal vez porque parten de un origen similar, pues ambos lados del río reciben influencias eslavas, greco-romanas, incluso hebraicas…
(1) Ivo Andrić: Un puente sobre el Drina (traducción de Luis del Castillo). Debolsillo, Barcelona, 2009.

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