miércoles, 11 de febrero de 2026

Los gemelos golpean dos veces (1988)


No hay nada original en Los gemelos golpean dos veces (Twins, 1988), incluso el juntar a dos tipos opuestos en físico como Arnold Schwarzenegger y Danny de Vito se había hecho seis décadas atrás, cuando a Hal Roach le dio por juntar a Stan Laurel y Oliver Hardy en sus comedias mudas; y si me apuro, años antes con Roscoe “Fatty” Arbuckle y Buster Keaton. Más adelante se haría con Jerry Lewis y Dean Martín; entre medias con Bing Crosby y Bob Hope o Abbott y Costello; y por citar extrañas parejas en cinematografías fuera de Hollywood: Takeshi Kitano y Beat Kiyoshi, Viruta y Capulina, Franco y Ciccio, Bud Spencer y Terence Hill, Andrés Pajares y Fernando Esteso o los hermanos Calatrava. Y rizando el rizo, Walter Matthau y Jack Lemmon en En bandeja de plata (The Cookie Fortune, Billy Wilder, 1966) y la Extraña pareja (The Odd Couple, Gene Saks, 1968), por citar dos de sus títulos comunes en los que se agudiza el contraste. En ambas, su antagonismo es más psíquico que físico. Tampoco fue novedosa la supuesta autoparodia asumida por el héroe de acción sino que todo obedecía a una estrategia comercial y profesional. Con anterioridad, otras estrellas se habían parodiado en la pantalla, sin ir más lejos Dean Martín en su papel de Dino en el film de Billy Wilder Bésame, tonto (Kiss Me, Stupid, 1964), puesto que el de Dino es un antecedente de la parodia de un actor hacia la imagen que se tiene de él. ¿Y qué importancia cinematográfica tiene todo lo dicho? Si nos ceñimos al cine, ninguna. Si se trata de fórmula, es una puesta en práctica totalmente milimétrica, pues comprende la importancia del marketing empresarial hollywoodiense y lo lleva a donde le dicta la lógica: a no arriesgar, a jugar sobre seguro y unir a Schwarzenegger con DeVito, que ya era un actor reconocido por sus dotes cómicas. La compañía de este permitiría al primero entrar en la comedia —género en el que ya había probado antes de ser una estrella cinematográfica—. No era difícil saber que la suma de ambos suponía un atractivo de cara la taquilla, pues aparte de sus nombres, sus cuerpos suponían una invitación a la burla y a la carcajada, lo cual está muy bien si es lo que se busca. Y ciertamente es lo que se suele buscar cuando se acude al cine a ver una comedia.


En cuanto al cambio de registro de Schwarzenegger, el buscar nuevas posibilidades para ampliar su campo de acción más allá de Conan, Terminator y depredadores, le abría la posibilidad de actuar como en otros campos y así no cansar a su público —más autoparódico resultaría en El último gran héroe (Last Action Hero, John MacTiernan, 1992), una película superior a este y un fracaso comercial—, ya que como actor se sabía más limitado que Bruce Willis, que había demostrado su vis cómica en la serie Luz de Luna, e incluso que Stallone —que se lanzó a la comedia sin un apoyo en la pantalla tan determinante como el que supuso Danny De Vito—, que serían, en 1988, las otras grandes estrellas de acción. Así de un experimento sin riesgo, tal vez sí interpretativo para Schwarzenegger, auna en una misma película físicos opuestos, Ivan Reitman logró lo que se proponía: que la cosa funcionase para reventar la taquilla y, para ello, nada mejor que contar con los reclamos de Arnold Schwarzenegger y Danny DeVito, unirlos en una gracia antagónica e inofensiva, y juegas su mejor baza: caricaturizar la presencia del dúo y ceñirse a su intención de entretener a su público. Reitman no se traiciona, continúa fiel a las comedias simples, taquilleras, gustosamente aceptables (y asumibles) dentro de la industria. Así se decantó de nuevo por el chiste fácil de digerir, el que pueda deparar el unir la inocencia y la picaresca de dos gemelos. Pero, más allá de la apariencia que suma su conjunción, ¿hacia dónde evoluciona el humor? ¿De que se ríe el público? ¿De confrontar dos apariencias y comportamientos tan distintos como el de Julius y Vincent? ¿De una presumible química? ¿Pero qué es la química cinematográfica? ¿Surge, porque está ahí, o se prepara? Julius es fruto de un experimento del gobierno estadounidense, que le dio por invertir párate de su presupuesto en crear un ser humano física, intelectual y espiritualmente superior. Los científicos se empeñaron a fondo. Eligieron seis padres y una madre, pero, después de certificar el éxito, hubo un inesperado contratiempo residual: la imperfección de lo humano en forma de otro niño, Vincent, nacido un minuto después. Esta es la excusa que dará pie a la comedia de colegas, en este caso de gemelos colegas, que no se encontraban juntos desde que salieron a la luz. Décadas después, Julius sale al mundo, en busca de su hermano y se produce el acercamiento, es decir, Julius se vincentifica y Vincent se juliusifica; en esto tampoco hay novedad, pues encontramos un ejemplo lejano en Quijote y Sancho. Fuera del acercamiento de posturas y de la primera impresión que pueda generar las diferencias físicas, la broma propuesta por Reitman se diluye en los chistes de siempre, al menos en los que se descubren en el cine hecho en Hollywood durante la década de 1980. Aún conscientes de la limitación de la gracia, los responsables de este taquillazo no dudarían en realizar otro experimento contando con los dos mismos actores en Junior (Ivan Reitman, 1994)

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