Ir al contenido principal

Los gemelos golpean dos veces (1988)


No hay nada original en Los gemelos golpean dos veces (Twins, 1988), incluso el juntar a dos tipos opuestos en físico como Arnold Schwarzenegger y Danny de Vito se había hecho seis décadas atrás, cuando a Hal Roach le dio por juntar a Stan Laurel y Oliver Hardy en sus comedias mudas; y si me apuro, años antes con Roscoe “Fatty” Arbuckle y Buster Keaton. Más adelante se haría con Jerry Lewis y Dean Martín; entre medias con Bing Crosby y Bob Hope o Abbott y Costello; y por citar extrañas parejas en cinematografías fuera de Hollywood: Takeshi Kitano y Beat Kiyoshi, Viruta y Capulina, Franco y Ciccio, Bud Spencer y Terence Hill, Andrés Pajares y Fernando Esteso o los hermanos Calatrava. Y rizando el rizo, Walter Matthau y Jack Lemmon en En bandeja de plata (The Cookie Fortune, Billy Wilder, 1966) y la Extraña pareja (The Odd Couple, Gene Saks, 1968), por citar dos de sus títulos comunes en los que se agudiza el contraste. En ambas, su antagonismo es más psíquico que físico. Tampoco fue novedosa la supuesta autoparodia asumida por el héroe de acción sino que todo obedecía a una estrategia comercial y profesional. Con anterioridad, otras estrellas se habían parodiado en la pantalla, sin ir más lejos Dean Martín en su papel de Dino en el film de Billy Wilder Bésame, tonto (Kiss Me, Stupid, 1964), puesto que el de Dino es un antecedente de la parodia de un actor hacia la imagen que se tiene de él. ¿Y qué importancia cinematográfica tiene todo lo dicho? Si nos ceñimos al cine, ninguna, puesto que, desde sus orígenes, las obras que pueden considerarse artísticas son las menos —solo habría que realizar un recorrido por las distintas industrias cinematográficas para corroborarlo—. Si se trata de fórmula, es una puesta en práctica totalmente milimétrica, pues comprende la importancia del marketing empresarial hollywoodiense y lo lleva a donde le dicta la lógica: a no arriesgar, a jugar sobre seguro y unir a Schwarzenegger con DeVito, que ya era un actor reconocido por sus dotes cómicas. La compañía de este permitiría al primero entrar en la comedia —género en el que ya había probado antes de ser una estrella cinematográfica—. No era difícil saber que la suma de ambos suponía un atractivo de cara la taquilla, pues aparte de sus nombres, sus cuerpos suponían una invitación a la burla y a la carcajada, lo cual está muy bien si es lo que se busca. Y ciertamente es lo que se suele buscar cuando se acude al cine a ver una comedia.


En cuanto al cambio de registro de Schwarzenegger, el buscar nuevas posibilidades para ampliar su campo de acción más allá de Conan, Terminator y depredadores, le abría la posibilidad de actuar como en otros campos y así no cansar a su público —más autoparódico resultaría en El último gran héroe (Last Action Hero, John MacTiernan, 1992), una película superior a este y un fracaso comercial—, ya que como actor se sabía más limitado que Bruce Willis, que había demostrado su vis cómica en la serie Luz de Luna, e incluso que Stallone —que se lanzó a la comedia sin un apoyo en la pantalla tan determinante como el que supuso Danny De Vito y de Reitman, detrás de las cámaras—, que serían, en 1988, las otras grandes estrellas de acción. Así de un experimento sin riesgo, tal vez sí interpretativo para Schwarzenegger, auna en una misma película físicos opuestos, Ivan Reitman logró lo que se proponía: que la cosa funcionase para reventar la taquilla y, para ello, nada mejor que contar con los reclamos de Arnold Schwarzenegger y Danny DeVito, unirlos en una gracia antagónica e inofensiva, y juegas su mejor baza: caricaturizar la presencia del dúo y ceñirse a su intención de entretener a su público. Reitman no se traiciona, continúa fiel a las comedias simples, taquilleras, gustosamente aceptables (y asumibles) dentro de la industria. Así se decantó de nuevo por el chiste fácil de digerir, el que pueda deparar el unir la inocencia y la picaresca de dos gemelos. Pero, más allá de la apariencia que suma su conjunción, ¿hacia dónde evoluciona el humor? ¿De que se ríe el público? ¿De confrontar dos apariencias y comportamientos tan distintos como el de Julius y Vincent? ¿De una presumible química? ¿Pero qué es la química cinematográfica? ¿Surge, porque está ahí, o se prepara? Julius es fruto de un experimento del gobierno estadounidense, que le dio por invertir párate de su presupuesto en crear un ser humano física, intelectual y espiritualmente superior. Los científicos se empeñaron a fondo. Eligieron seis padres y una madre, pero, después de certificar el éxito, hubo un inesperado contratiempo residual: la imperfección de lo humano en forma de otro niño, Vincent, nacido un minuto después. Esta es la excusa que dará pie a la comedia de colegas, en este caso de gemelos colegas, que no se encontraban juntos desde que salieron a la luz. Décadas después, Julius sale al mundo, en busca de su hermano y se produce el acercamiento, es decir, Julius se vincentifica y Vincent se juliusifica; en esto tampoco hay novedad, pues encontramos un ejemplo lejano en Quijote y Sancho. Fuera del acercamiento de posturas y de la primera impresión que pueda generar las diferencias físicas, la broma propuesta por Reitman se diluye en los chistes de siempre, al menos en los que se descubren en el cine hecho en Hollywood durante la década de 1980. Aún conscientes de la limitación de la gracia, los responsables de este taquillazo no dudarían en realizar otro experimento contando con los dos mismos actores en Junior (Ivan Reitman, 1994)

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...