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Sangre en la luna (1948)


Reconocer el estilo de un estudio de Hollywood de los años 30, 40 y primeros de los 50 (siglo XX) no resultaba difícil, solo hacia falta mirar los nombres que asomaban en los créditos para tener alguna pista de la estética y del tipo de película se vería a continuación. Los de Sangre en la luna (Blood on the Moon, 1950) reúnen varios de los que dieron lustre y personalidad a la RKO Radio Pictures, desde su director Robert Wise hasta su operador Nicholas Musuraca, pasando por el compositor Roy Webb, el decorador Albert R. D’Agostino y el editor Samuel E. Beetley. A la suma de estos habría que añadirles la presencia de dos de las jóvenes estrellas de la casa: Barbara Bel Geddes, que da vida a Amy Lufton, una joven aguerrida que se implica directamente en la lucha que enfrenta a su padre (Tom Tully) con Tale Riding (Robert Preston), y Robert Mitchum, quien ya había empezado a despuntar como antihéroe en dos espléndidos films RKO, Encrucijada de odios (Crossfire, Edward Dmytryk, 1947) y Retorno al pasado (Out of the Past, Jacques Tourneaur, 1947); y, ya “prestado” a otros estudios, en Perseguido (Pursued, Raoul Walsh, 1947), que fue una producción Warner de la que guardo un magnífico recuerdo. Otro aliciente que delata que Sangre en la luna es un film RKO es su tono oscuro, más cercano al cine negro de la casa que al del western, que, en apariencia, es el género cinematográfico en el que se inscribe esta típica lucha entre dos bandos, situándose en medio la historia de amor y de redención, la que reconcilie al (anti)héroe consigo mismo. Y ahí se nota la mano de Musuraca, en el uso del claroscuro que hace de la película de Wise un western “noir” en el que la corrupción —que desvela el abuso del agente para asuntos indios (Frank Faylen)— y la codicia asoman la cabeza para marcar el devenir del conflicto al que se apunta Jim Garry, el personaje de Mitchum, quien encarna al forastero que llega al lugar de la disputa. Jim asoma como una típica figura del western: la del pistolero errante y anónimo que, tras su ambigüedad inicial, acaba posicionándose y empleando su colt al servicio de quienes los responsables del film nos señalan como “buenos”; aunque en Sangre en la luna, Wise esboza que se trata de algo más complejo que dividir el mundo entre buenos y malos. De ahí, la presencia del personaje de Walter Brennan, un granjero que, inicialmente, se alía con Riling porque cree que los objetivos de este son justos. Algo así como la tierra para quien la trabaje. Mas queda claro que no se trata de una lucha por la tierra, sino por el poder y el dinero —como toda corrupción y toda disputa entre un poseedor y el aspirante que codicia poseer—. Lufton no deja de ser un terrateniente, el ganado es suyo, los pastos también, y lucha por su supervivencia, por no perder cuanto ha logrado, no por un reparto justo de la tierra o por el bienestar de otros. A ninguno de los contendientes les mueve la idea de justicia, de ahí que no haya buenos ni malos reales, solo codiciosos como Riling, que no deja de ser fruto del “todo es posible en América”, o ilusos trabajadores como el personaje de Brennan, cuyo despertar a la desilusión se produce con la muerte de su hijo…

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